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domingo, 29 de enero de 2017

La felicidad, percepción o realidad

Cuando oímos o leemos la palabra felicidad, normalmente nuestra mente vuelve al pasado, evocando aquel amanecer de nuestros pocos años después de una noche entera de diversión, o se nos viene a la mente ese aroma a césped recién cortado, o ese olor que emana de la tierra ante el primer chaparrón del otoño, o ese suspiro ante el guiso que bordaba  nuestra madre o abuela.
                                                                  


Se puede confundir con la satisfacción o la fortuna, con la ternura o con la sensación que se tiene por el deber cumplido.
La felicidad es un estado, no un sentimiento.
Otros, los más viejos, la asociamos a la alegría con que nuestros nietos acuden a nuestros brazos cuando nos ven después de una larga temporada, y a esos besos que nos llegan al alma y nos inundan de ternura.
                                                                 


También recordamos como felices, el día de nuestra boda, el nacimiento de nuestros hijos, el día en que nos sentimos grandes cuando hicimos aquella buena acción que nadie esperaba.
                                                                      


Todo esto que es verdad, nos lleva a plantearnos si nos reconocemos en el instante en que somos felices en nuestro presente, en nuestro día a día; o si no nos pasa, al estar distraídos con la lucha por la vida,  que evaluamos estos momentos cuando ya son ayer y es tarde para disfrutarlos.
También nos suele ocurrir, que creamos que cuando te toca “La Primiva”, o te suben de escalafón en el trabajo y te aumentan el sueldo, alcanzamos la felicidad. Pero no, estos suelen ser según los psicólogos medios “higiénicos”, que no van mucho más allá de hacernos subir el ansia a nuevas expectativas, ya sean económicas o de poder.
                                                                   


Cuando llegas a cierta edad, los demás te suelen decir: ”Hombre, tú con todo lo que has vivido y disfrutado, habrás sido muy feliz”.
Tener muchas cosas, haber viajado mucho y comido en infinidad de restaurantes, frecuentar gente guapa o inteligente, ¿Te ha hecho, nos ha hecho, me hace feliz?
No. Sinceramente no.
                                                                    


Los momentos de felicidad cuesta reconocerlos si no estás preparado; sólo si eres capaz, en el momento, o cuando ya es tarde y nos invaden los buenos recuerdos. La realidad es que fueron, y son tan pocos.
Es un instante, y para cuando quieres disfrutarlos, ya han pasado y sólo te queda el regusto y la media sonrisa con los ojos brillantes.
                                                                    


Por todo esto digo, que hay que estar preparado para disfrutarlos cuando vienen, que todas las riquezas y los honores de este mundo no sirven, no  compensan un instante de felicidad.
Siempre digo, y he escuchado a muchos decir lo mismo, que se disfruta más dando que recibiendo.

¡Sed felices!

domingo, 22 de enero de 2017

Desmesura

Desproporcionado, excesivo; esto es lo que nos traen los fríos vientos, las nieves de este desmesurado tiempo de invierno, y no me refiero a la época estacional del calendario, o no solo. Son las noticias y los ecos, es la tormenta de lo que está pasando ahora en este envalentonado tsunami de acontecimientos.
                                                                


Desmesura, en esta nueva etapa del dorado payaso de la escena política en EEUU, que viene a nivelar la balanza occidental con el que ya teníamos en esta Europa desconcertada, con ese otro heredero de la más rancia URSS, ese antiguo agente del KGB, ese otro héroe de las clases incultas y perdedoras que no conocen la historia, que no saben de las consecuencias que otros actores populistas de otros tiempos, que desconocen  por estar centrados en su suerte, nos trajeron tantas miserias y desgracias a este irredento  mundo.
                                                                 


Los muertos no hablan de lo que les pasó. Son mudos, aunque actores principales de lo que le ocurrió a los humanos en el siglo pasado. ¿Es posible que volvamos a tropezar en la misma piedra? ¿No fue desmesurado para el siglo XX y para escarmiento de los tiempos venideros, que existieran Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Videla, Pol-Pot, Mao, Gaddafi, Castro, Chaves-Maduro, Saddam Hussein, y todos los sangrientos líderes africanos y orientales? ¿Vamos a repetir la historia?
                                                                    

De esta rancia Europa donde nació la democracia, deben salir voces que clamen que otra vida es posible, que hemos ganado mucho, que no podemos perder el paso ni entretenernos en llamar a las cosas por su nombre, que la evidencia de lo vivido hace insoportable volver a caer en los males del pasado.
                                                                      


Sí. Necesitamos liderazgo, líderes valientes sin miedo a llamar a las cosas por su nombre. A enfrentarse al maniqueísmo de las nuevas-viejas ideas que ni son remedio para nuestras desdichas, ni van a arreglar nada que no sea revalidar a los ya poderosamente ricos, a ese 20% que manipula, y mueve al resto como muñecos de terracota en un tablero de ajedrez malévolamente trucado para su beneficio.
                                                                     


La unión en la diversidad nos hace fuerte como personas; abrirnos a otras culturas, a otras formas de ver y entender las relaciones nos enriquece, nos hace mejores y más capaces.
                                                                   


No nos podemos encerrar en nuestro ámbito más cercano y temer como a un demonio  lo que nos rodea. Los nacionalismos exacerbados, los intereses mezquinos de esa clase política corrupta que solo lucha por su beneficio levantando banderas, sólo nos han traído desgracias, miserias e inseguridad.
¡Gritad, que estalle la verdad! ¡Salid a las calles a defender lo conseguido! ¡Abajo las banderas y los tiranos!

El único símbolo que nos une a todos es la vida.

lunes, 16 de enero de 2017

Cumpleaños

Como cada año y a pesar de que el abuelo había muerto hacía ya tiempo, empezaron a llegar, a la casa familiar los hijos, nietos y biznietos de aquella gran “troupe” que conformaba la familia Gómez, a celebrar más que nada el único encuentro al que no se podía faltar; el cumpleaños de D. Arturo que dejó viuda a Toñi, pues así llamaba todo el mundo a la abuela, y que a pesar de sus noventa y tantos años, tenía una salud y un humor envidiables.
                                                                   


Cada quien cuando iba entrando besaba a Toñi, dejaba su regalo y se dirigía a sus aposentos donde pasaría aquel fin de semana. No faltaban camas para nadie, pues el tumulto era un desbarajuste bastante bien ordenado por la matriarca.
                                                                  


Y como siempre, empezó la gran comedia de esta atípica familia, donde cuando se producía algún roce entre los que no se llevaban especialmente bien, alguien soltaba algún chiste o hacía alguna payasada para quitar hierro al asunto y a otra cosa.
Todo empezó con el extravío del hámster de María, al que alguien había abierto la jaula y no aparecía por ningún lado.
                                                                   
 
Le siguió un acalorado enfrentamiento entre el “facha” de la reunión Toño, con su hermano Gerardo que había venido con su marido Iván, y que según su irritado hermano tenía siempre la mejor habitación porque traía siempre el  regalo más caro, “y claro, una cosa es que hubiera que comulgar con ruedas de molino con la maricona, y otra que encima nos toque los huevos”.
                                                                   


Por otro la trágica Mónica, siempre llorando junto a la abuela quejándose de las infidelidades de su marido, del que “como lo amaba profundamente y compartían un hijo, no se quería separar”.
Luego estaba el miembro de la familia que estaba en política y que siempre decía que pronto su jefe de filas le nombraría subsecretario o incluso ministro, pero como siempre, seguía de funcionario de medio pelo, aunque se las daba de enterado de lo que ocurría por los pasillos del Congreso, de la Moncloa e incluso sobre los entresijos de la Zarzuela. Todo un casposo tipo.
                                                                 
 
Mención aparte merece el benjamín de los hijos, Sebastián, un “viva la virgen” ya cuarentón y donjuanezco, al que acompañaba su última nueva novia veinteañera Luisa, (Lú era su nombre de guerra de  gran vedette en el putiferio del Gran Hermano VIP), que abrió la primera botella de cava para brindar por el homenajeado, y que ya no soltó su copa en todo el evento, aunque iba cambiando su contenido y libaciones poniéndose cada vez más “gracioso”, ya que no paraba de lanzar sus dardos amatorios y sus largas manos a todas las presentes.
                                                                 


Hasta tenían entre ellos a un sacerdote, Gregorio, que muy serio y sin dejar de comer a todas horas, repartía sus concejos a todos y todas que quisiera escucharle un minuto, aunque la realidad es que todos le tomaban el pelo y se reían descaradamente a su costa.
Como eran un grupo organizado, varios “criados y criadas”, en realidad todos estudiantes hijos de amigos, ayudaban en estos días en lo que hiciera falta. Ya hablaré en otra ocasión de este variopinto grupito al que había que “echar de comer aparte”.
Los vástagos menores eran siete pero parecían veinte; sueltos y revueltos con la protección de la abuela, estaban dedicados a las puñeterías propias de la edad. Lo último y más notorio de sus fechorías fue que subieron a Tomasín a un árbol y lo amarraron, y sólo cuando un adulto escuchó sus lloros, alaridos y maldiciones, lo bajó entre las ocultas risas de los demás cafres. ¡Ah! Y al orondo gato Crispín, le habían pegado cascaras de nueces en las extremidades, con lo que el pobre animal no podía ponerse en pié.
                                                                       


Por fin todos se sentaron a la enorme mesa a comer, entre las pullas de siempre, las peleas sobre antiguas contiendas y las repetidas libaciones con múltiples brindis, hasta que llegó la gran tarta de chocolate y cantaron el cumpleaños feliz  apagando las velas del evento, entre lagrimitas de la abuela, las peleas de los críos que querían más tarta y las meteduras de patas de alguno y alguna pasado de copas.
Destacar algunos episodios de la reunión.
Al “obispo”, apelativo con el que se referían a Gregorio, lo descubrieron a las dos de la mañana acabándose la tarta que había sobrado.
Mónica la quejosa y llorona, fue sorprendida detrás de unos arbustos semidesnuda, copulando con uno de los chicos del servicio.
Al hámster de María, lo salvaron “in extremis” al sacarlo chamuscado del horno cuando la abuela iba a meter la tarta.
                                                                    


Toño, en mitad del almuerzo y sintiendo arcadas irreprimibles, se desahogó en el bolso de una de sus cuñadas.
A la VIP, la descubrieron desnuda en una hamaca de la piscina tomando baños de luna, y bebiendo a morro de una botella de vodka.
Y por último la abuela que tenía la glucosa por las nubes, se tomó las pastillas con sendas cucharadas de auténtica miel de abejas entre las risas de los presentes.
Al final lo de siempre; besos, lloros, recomendaciones, y como siempre, una postrera bendición del cura perdonándonos los  pecadillos de aquellos días.

Qué bien lo pasamos, y ya vendrá otra ocasión propicia.

sábado, 7 de enero de 2017

Recuerdos del día de Reyes

-“Buenos días, chicos, ¿Qué tal se han portado Papá Noel y los Reyes Magos?”- Dijo Elena cuando ya los niños y niñas de 10-11 años se había ubicado en sus mesas, una vez que dejaron sus prendas de abrigo en las perchas.
                                                  


Después del alboroto de gritos y palabras de las respuestas y una vez restablecido el orden, la tutora de aquel curso les dijo:
-“Bueno, pues lo primero que vamos a hacer hoy, es una redacción donde me contéis cual es el recuerdo imborrable que os trae esta fiesta.”
                                                  


Era costumbre de la profesora llevarse a casa este tipo de trabajos, y una vez leídos, los mismos niños  lo leyeran a los demás en clase, y en función de los aplausos recibidos así se puntuaban, pero lo que no esperaba era el escrito de uno de los niños, Farid. Este era su recuerdo:
“Nos montamos de noche en una barca neumática en la costa de Libia, junto con muchas, muchas personas, y aunque yo era muy pequeño, me acuerdo de mi padre y mi madre abrazados a mí, envueltos en una manta muy mojada de agua del mar que nos salpicaba.
                                                   


Cuando íbamos ya muy adentro del agua, el motor se paró y aquel hombre que mandaba nos dijo que infláramos los chalecos salvavidas, pues tendríamos que nadar hasta la aún lejana costa.
                                                  


Mi padre empezó a protestar, pues nos había costado mucho dinero la travesía, pero al ver como los laterales de la barcaza se desinflaban, nos vimos los tres en el agua en un momento.
Sólo recuerdo el frío que sentía, ya que estaba entero empapado, y no se me borra del pensamiento como vi hundirse a mi madre ante los gritos de socorro de mi padre, que al intentar agarrarla sumergiéndose también él, ya no salieron a la superficie.
                                                  


Quedé sólo llorando desesperadamente no sé cuánto tiempo, hasta que alguien me rescató, subiéndome a lo que creo que era una barca de pesca, y lo demás es penosamente largo.
Cada vez que celebramos esta fiesta con mi nueva familia, encendemos dos velas en recuerdo de mis queridos padres.”
                                                   


Cuando el chaval con lágrimas en los ojos acabó la lectura, nadie aplaudió, pero poco a poco todos los compañeros fueron acercándose rodeándolo, muy impresionados por el relato, hasta que la profesora empezó a aplaudir y la siguieron los demás.


                                                   

Hoy día seis de enero, salgo a las calles del pueblo donde vivo, y todas las aceras están muy sucias debido a la cabalgata de Reyes Magos de ayer, pero me llama poderosamente la atención, que el suelo está lleno de caramelos que nadie ha querido recoger; ya no suponen nada para estos niños de nuestra sociedad, que al tenerlo todo o casi, no les llama la atención golosina tan “humilde”.
Digo siempre que en la vida, hay que mirar siempre para delante, pero creo que algunas veces y de vez en cuando, hay que mirar para atrás.


Feliz año Nuevo a todos.