lunes, 27 de agosto de 2012

Hormonas revueltas


Hormonas revueltas
Estabas enamorada hasta las mitocondrias celulares de Nacho. Tu cuerpo y tu mente sólo vivían para esperarlo, verlo y si podías porque estuviera de humor, hablar con él de cualquier tontería que se te ocurriese.
Todo había empezado al principio del curso con la proximidad de su asiento y el tuyo, que propició que le explicaras algunos problemas de matemáticas que él no entendía.

                                                                
No era un tío espectacular ni de guapo ni de alto, pero  a ti te había enamorado esa seguridad que emanaba de todo lo que hacía, que se revertía en el liderazgo que volcaba de forma natural sobre sus compañeros.
Y tú Charito, no sabías qué hacer para que te devolviera tus atenciones: sonrisas, miradas con caídas de pestañas incluidas, y todas esas cosas que ponéis en marcha las mujeres cuando queréis algo o a alguien. Y lo último fue, cuando en el ascensor los dos solos, vino hacia ti. Tu cerraste los ojos esperando un beso, pero el sólo quería marcar el botón de un piso superior al que tú ibas y que estaba justo a tu espalda. ¡Qué chasco y qué vergüenza!
Esto te sirvió para cambiar totalmente de táctica y convencerte de que ya que todo esto no había funcionado, mostrarías por él un total desapego y desprecio. Ya no te arrastrarías más.

                                                            
La primera ocasión propicia se presentó un sábado, en una barbacoa que había organizado tu amiga Censi en su chalet, para celebrar su cumpleaños. Tú estabas siempre en el lado contrario donde él se ponía, hablando y coqueteando con todos los que tenías a tu alrededor.
Se organizó un partido de wáter-polo en la piscina, y él estaba en el otro equipo. En una de las jugadas, cuando ibas a marcar, él te pegó una enorme ahogadilla que te hizo tragar agua y que te dolió en tu amor propio, por lo que saliste del partido hecha una furia y le dijiste ¡Imbécil  tonto del culo!
Cuando se acercó para pedirte disculpas lo mandaste a la mierda.

                                                              
Bueno, aquello prometía, aunque tu cabreo era más que real, así que cuando empezó la música tú te enrollaste con el más pijo de la clase, incluso bailabas las lentas más pegada de lo normal. ¡Que se joda!
Al acabar aquello, te quiso acompañar Nacho a tu casa, pero tú te agarraste al brazo de Javi y le dijiste sin mirarlo que os ibais por ahí.
Después de aquello las tornas se habían cambiado, y ahora era él quien intentaba agradarte y acercarse por todos los medios a su alcance, pero la realidad era que algo había variado dentro de ti.
Lo que empezó como una tontería para dar celos, se convirtió en una nueva realidad con Javi. Habíais empezado a salir con regularidad y se os veía muy enamorados, hasta que un día Nacho a la salida de clase, se plantó ante ellos con los brazos en jarra y le espetó a gritos: “Charo, no pudo vivir sin ti, te quiero con toda mi alma. Si te pierdo me mato”.  
Todos se quedaron en silencio y tú cortadísima sin saber que hacer o que decir, así que saliste corriendo en dirección a tu casa.

                                                                  
Luego vino el verano, las vacaciones y tú te marchaste al pueblo con tus padres a casa de los abuelos. Te vino bien porque necesitabas pensar.
En el curso siguiente entraste en la Facultad de Derecho y perdiste el contacto con casi todos, incluidos Nacho y Javi, pero fue dos años después cuando te lo encontraste, a Nacho, en un fiestorro de tu amiga Paula. Os quedasteis parados el uno frente al otro sin saber que decir y evaluando los cambios que se habían producido en vosotros.
Al fin él dio el primer paso; te cogió por la cintura arrimándote muy pegada y muy fuerte, dándote un beso tornillero de película italiana.
Al fin triunfó el amor, y como decía mi madre, “quien la sigue, la consigue”, y yo no podía dejar de contar vuestra historia ahora que hacéis vuestro aniversario.
Cuando leáis este relato os reiréis besándose, si es que el pequeño Tomi os deja.
Bien está lo que bien acaba.

sábado, 18 de agosto de 2012

Cuento a Olivia


Estoy pasando un delicioso mes de Agosto en compañía de toda mi familia, jugando con mis nietos en la piscina, haciéndoles tonterías para que se rían, paseándolos en el columpio y todas esas cosas que solemos hacer los abuelos cuando tenemos a nuestro lado a tan agradables enanos.
Una costumbre que ha cogido mi nieta Olivia, es que cuando va a acostarse, pasa por mi habitación para darme las buenas noches y para que le cuente siempre el mismo cuento. El zapatero.
Es un cuento sacado de un DVD que se llaman Cantajuegos, y que resumiendo se trata de un zapatero que recibe la visita de un genio que le enseña una canción, de tal forma que si la canta bajito le salen zapatos pequeños y si la canta fuerte puede hacer zapatos enormes.

                                                                 
Bueno, pues con la idea de acostarse lo más tarde posible, me lo hace repetir un montón de veces y me dice riéndose que se lo cuente “otra vezzz”.
Pues bien, la otra noche le dije: “Vamos a contar el cuento de otra forma más acorde con la realidad”.
“Erase un zapatero que  anunciaba por internet que podía hacer cualquier tamaño de zapatos, con lo que recibía multitud de peticiones, unas más raras que otras, pero ese día le solicitaron  unos zapatos enormes para un gigante de diez metros de altura. Después de constatar que él no podría fabricarle unos zapatos tan enormes por más canciones que cantara, mandó al gigante a la sección de tallas grandes de “El Corte Inglés”.

                                                              
Este enorme cliente, vivía en un castillo adosado de la calle Gente Especial s/n, con lo que la policía municipal  tuvo que montar un dispositivo enorme para que pudiera acceder tan difícil cliente a los grandes almacenes: El recorrido sólo por grandes avenidas, cortar la circulación de automóviles, poner dos motos con sirenas detrás y delante, y otras minucias propias del traslado urbano de gigantes.
Una vez llegado al sitio de la compra, se situó en una plaza cercana sentado, para así poder probarse los zapatos que el departamento correspondiente tenía en la azotea del edificio, aunque el hubiera preferido subir por las escaleras mecánicas para pasearse un rato.


                                                              
Había poco surtido, se quejó, pero se quedó después de varias pruebas con unos botines rojos que le quedaban bien aunque le molestaba un poco el dedo gordo del pié izquierdo, por lo que se los volvió a quitar, y para sorpresa de todos, salió una dependienta sofocada del zapato que le molestaba, diciendo: “Estaba amarrándoles los cordones y me caí dentro. Menos mal que no le olían los pies”.

                                                               
Como el gigante resultó contento y agradecido, le regaló al zapatero 1.000 acciones de Bankia, que no sabemos lo que valdrían.
Pasados unos días el zapatero recibió otro encargo curioso, y eran unas sandalias para un ser muy pequeñito que ya conoceréis por otros cuentos; un “yerbito”.
Aquí tampoco el zapatero pudo hacer gran cosa a pesar de que cantó en todos los tonos que sabía infinidad de canciones mágicas, por lo que recurrió a una tienda especializada en miniaturas llamada “Mínimo”, situada en el centro de la ciudad.
De tan especial traslado  se encargó él mismo, por lo que se dirigió hacia el parque donde el yerbito tenía un loft donde vivía acompañado de todos sus congéneres.
Metió al pequeño en una cajita de esas de joyería donde iba muy cómodo echado en un cojín, por lo que sin incidentes dignos de mención llegó dormido a la tienda. Había muchos zapatitos, pero todos le venían grandes, por lo que el zapatero tuvo que trabajar duro para adecuarlo a sus medidas irrisorias. En agradecimiento el yerbito le pagó con “Acciones Preferentes”, que vete tú a saber cuándo cobraremos.
Después de estos encargos tan especiales y tan bien resueltos, al zapatero le llovieron los encargos, montó una fábrica de tallas especiales con cincuenta empleados, y ya nunca más ni tuvo dinero, ni  ya nunca  pudo dormir la siesta.
Y este cuento no se puede acabar diciendo “fueron felices y comieron perdices” porque estas aves son una especie protegida, por lo que tuvieron que comer ensalada mixta y sushi”.
Y entonces dijo Olivia:
-Abuelo, estás loquillo.


                                                              

sábado, 11 de agosto de 2012


Recién amanecido, totalmente desconectado en la cama y con la mente en blanco. ¡Qué felicidad! No quería moverme de este momento donde me extrañaba no escuchar nada, ni trinos, ni música, ni coches. Me debería levantar y no podía o no quería salir de mi relajada circunstancia.
Haciendo un considerable esfuerzo, me incorporé para retomar mi actividad normal  de un día cualquiera.
Di una vuelta por la casa y constaté que no había nadie de la familia, lo cual era raro a esta primera hora de la mañana. Fui a tomarme un café, pero era incapaz de poner la cafetera ¿Por qué?

                                                                           
Bueno esperaría sentado en mi sillón favorito a que apareciera mi mujer o cualquiera de mis hijos.
Había pasado lo que yo consideraba bastante tiempo, pero me sentía tan a gusto que dejé pasar los minutos sin sentir ningún deseo de hacer nada. La única función del tiempo es consumirse: arde sin cenizas.
Por fin decidí ponerme en marcha, así que me fui al baño para ducharme y ponerme en movimiento, cuando constaté que algo extraño ocurría, pues al ir a afeitarme vi como mi imagen no se reflejaba en el espejo. ¿Qué coño pasaba? Primero el café y ahora esto…
Me fui a mi despacho e intenté poner el portátil en funcionamiento, pero mi dedo no lograba apretar la tecla de puesta en marcha.
Ya esto era demasiado, así que me volví al sillón para tranquilizarme y pensar sobre todo esto  que me ocurría.

                                                                            
Al poco, escuché como se abría la puerta, y una tenue conversación llegó a mis oídos. Mis hijos intentaban cariñosamente de conformar a mi mujer de algo, por lo que me levanté y salí a su encuentro.
Que impresión. Sofi, tan alegre siempre, vestía de negro y por su cara sin maquillaje rodaban lágrimas de una forma descontrolada. Mis hijos con ropas oscuras y muy serios trataban de consolarla no sabía yo muy bien de qué, pero lo que más me sorprendió es que parecía que no me veían ni escuchaban mis preguntas.

                                                                                
¿Qué estaba pasando? Parecía que las penas procedían de algo que me atañía, pero no veía claro de qué se trataba.
Estaba realmente intranquilo, tenía que pensar en todo esto, pero poco a poco se iba abriendo camino en mi mente una certeza que no quería reconocer y aunque  sé que hay demasiada gente con miedo, yo no lo tenía.
Era eso. Ya no tenía cuerpo y era mi espíritu el que vagaba por mi casa. Ahora empezaba a darme cuenta de la cruda realidad; me había muerto. 

                                                                           
Bueno y ahora ¿Qué?
Me volví a serenar y una gran tranquilidad me invadió por todos mis poros inmateriales, y así de relajado pude ver como mi cuerpo, perdón mi espíritu, se iba disolviendo lentamente en la nada.
¿La nada? El hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo.
Lo que vino después no fue la nada, sino otra cosa sorprendente y  muy gratificante… Pero que me han prohibido contar, por lo cual,  se me acabó el tiempo del cuerpo y aquí se queda este relato que sólo el espíritu pudo terminar. 

sábado, 4 de agosto de 2012

De excursión a la playa


Vivíamos con lo justo, sin lujos, pero no por eso iba a dejar a mi familia sin playa en el mes de Agosto, claro que con mi trabajo y sin vacaciones, sólo podríamos ir los fines de semana, por lo cual cuando llegó el primer sábado nos dispusimos a coger el coche e irnos a Mazagón, una playa cercana y sin demasiado bullicio.

                                                              
Llevábamos casi todo lo necesario para pasar el día: sombrilla, butacas, toallas, alfombrillas, cubitos y palas, etc. La intendencia la componía una nevera con bebidas, fiambreras con filetitos empanados, salpicón de marisco, tortilla de patatas y varias cosas más que no vería hasta la hora del almuerzo.
Mientras desayunaban mi mujer y los niños, me acerqué a por el periódico y el pan, y eran sobre las diez de la mañana cuando nos pusimos en camino con una temperatura ya en Sevilla de 30º.
El camino resultó entretenido, pues entre las canciones, las adivinanzas, el “veo-veo” y todo lo que se les ocurrió a María y a los chicos, el viaje se hizo corto, y eso que hubo que parar dos veces para hacer “pis”.

                                                            
Bueno ya estábamos en la playa, así que cargamos con todo y fuimos hacia una zona tranquilita donde plantamos nuestra sombrilla. Los niños empezaron a jugar con sus palitas y cubos, no sin antes embadurnarlos de crema para que no se quemaran, y ya cuando nos quedamos en bañador mi mujer y yo, nos fuimos con ellos pertrechados de flotadores a darnos el primer chapuzón de la temporada. ¡Qué buena y limpia estaba el agua!
Y con juegos, pelota y baños, fuimos llegando a la hora de comer algo. Los refrescos y el agua estaban heladitos y la comida riquísima por lo que dimos buena cuenta de todo. Había que respetar la digestión-siesta, así que mientras los niños jugaban ante la vista de María que leía una novela, yo me eché un sueñecito.

                                                            
Estuvimos casi todo el resto de la tarde bañándonos y jugando a la pelota los cuatro, así que a una hora prudencial y ya bastante cansados de agua y sol, emprendimos el regreso antes que nos cogiera la tremenda caravana de coches que se formaba a últimas horas de la  tarde.
Y sin ningún incidente digno de mención, llegamos nuevamente a nuestra casa, donde entre los dos bañamos a los niños, cenaron algo de fruta y los llevamos a la cama; estaban reventados de día.
Ya más tranquilos María y yo, nos duchamos juntos por lo que fue imposible ponernos los pijamas, dándonos el premio del amor al final de aquel maravilloso día de playa con nuestros hijos.

                                                             
Y el lunes a trabajar, pues yo era uno de los escogidos que tenía un trabajo estable y medianamente remunerado, por lo que me abracé a María y me quedé dormido soñando con que lo único que deseaba es que todo siguiera igual para nosotros siempre.
¿Se pude esperar hoy en día mayor felicidad y alegría?

sábado, 28 de julio de 2012

Verano, año doce y cuarto de la crisis


Hola a todos, soy Bernardo y esta es la historia de mi “verano azul”.
Estábamos mi hermana y yo un “bastante cabreados”, porque a nuestros padres se les había ocurrido una nueva brillante idea sobre como pasar los veinte días de vacaciones veraniegas.
Unas semanas antes en la comida, nos explicaron  que este año no habría playa ni rutas por el extranjero, sino que nos iríamos de turismo rural, ya que era lo único que entraba en nuestro presupuesto.
El lugar elegido era la Rivera del Huéznar en la Sierra Norte de Sevilla, donde habíamos alquilado una casa cerca del nacimiento del río, donde podríamos pescar, montar a caballo, recorrer rutas verdes en bicicleta y hacer todas las cosas a lo que la naturaleza nos invita. Este año como novedad, dejaríamos todos los teléfonos, la tablet y ordenadores en casa, pues allí ni había cobertura telefónica ni llegaba internet. Eso sí; tendríamos a nuestra disposición en la casa artes de pesca, bicicletas y hasta caballos si queríamos montar.

                                                             
Ante las sonrisas cómplices de nuestros progenitores, nos quedamos más serios que un pavo en Navidad, sin saber que decir. Después mi hermana primero y yo después empezamos a protestar porque lo que nos proponían era un aburrimiento y además a mí me daban asco los bichos.
No sirvieron de nada nuestras quejas, así que el último sábado de Junio montamos todos en el coche cargados hasta los mochos de todo lo necesario, sobre todo vituallas y ropas de campo, y tras una minuciosa inspección personal, tuvimos que dejar todos los aparatos electrónicos en casa, emprendiendo el viaje hacia la “selva”.
Llegamos a primera hora de la tarde, y la realidad era que el lugar era espectacular y en la casa no faltaba ninguna comodidad, exceptuando la carencia de televisión, radio  y  artilugios electrónicos. Menos mal que había luz y agua.

                                                              
Mientras bajábamos todo del coche entre risas y bromas cómplices entre nuestro padres, nosotros estábamos tan callados y tristes como si nos fueran a encarcelar.
La casa de piedra antigua, pero totalmente restaurada, tenía en su parte delantera un porche con una gran parra, que aparte de uvas proporcionaba sombra, y una gran mesa con bancos donde mi madre organizó la cena a base de picoteo y un gran vaso de gazpacho. Todos nos quedamos muy callados durante la puesta de sol, que era de una belleza desconocida para nosotros.

                                                               
Ya anochecido, no sabíamos qué hacer cuando mi madre sacó una gran cantidad de libros dejándolos en una estantería que había junto a la chimenea, tomó uno y se sentó a leer tirada en una hamaca del porche.
Mi padre sacó un cuaderno donde escribía cosas y también se entretuvo. Mi hermana y yo nos miramos, para a continuación irnos a por un libro cada uno camino de la cama.
Antes de desaparecer por las escaleras, mi padre nos anunció que al día siguiente nos levantaría temprano pues iríamos todos a dar una vuelta por los alrededores en bicicleta. Y punto.
Estaba amaneciendo cuando nos levantaron, nos vestimos con ropas cómodas y bajamos a desayunar, observando como mi madre había preparado tostadas de un gran pan que habíamos comprado por el camino, las cuales con un tomate refregado y un chorreón de aceite de oliva estaban deliciosas, si bien nos chocaba que no había cereales ni donuts en nuestro refrigerio.
Mi padre nos animó a coger las bicicletas que había en el cobertizo, y llevando lo imprescindible para el paseo, iniciamos los cuatro el recorrido por una ruta verde que había sido por donde antiguamente pasaba el ferrocarril y que nos conduciría hasta el pueblo más cercano, San Nicolás del Puerto.

                                                             
Íbamos disfrutando del paisaje y comentando lo que veíamos, por lo que se nos hizo corto el paseo hasta el pueblo. Mis padres querían ver algunos monumentos, pero Mila y yo pasamos y nos quedamos esperándolos sentados a la sombra en el bar de la plaza tomando un refresco.
Había poca gente, así que nos entretuvimos charlando con el chaval que nos atendió que era de nuestra edad, cuando llegó una guapísima morena de ojos verdes que con mucha familiaridad empezó a hablar con nosotros.
Por lo visto habían quedado en ir por la tarde  a  pescar, invitándonos a nosotros a acompañarles. Les contamos nuestra historia y donde estábamos parando, quedando al día siguiente en que nos recogerían por la mañana para dar una vuelta en bicicleta por los alrededores.
Me empezaba a gustar aquello, no sé si por los nuevos amigos o por resignación cristiana.
Mis padres estuvieron de acuerdo, así que después de comprar algunas cosas en el supermercado del pueblo, volvimos por el sendero hasta nuestra casa de verano ya entrada la tarde con un hambre de mil demonios, devorando una enorme tortilla de patatas que había preparado mi madre no sé cuándo y una ensalada que nos supo a gloria.
Después de dormir una siesta reparadora, dimos una vuelta por la margen del río, contemplando las enormes truchas y otros peces que nos invitaron a chapotear en las cristalinas aguas, siendo ya casi de noche cuando volvimos realmente cansados, comimos algo y nos fuimos a la cama pues ya el día no daba para más.

                                                              
Ya estábamos preparados y desayunados cuando llegaron nuestros amigos a la mañana siguiente, así que nos dispusimos a la marcha después de escuchar la retahíla de recomendaciones que nos hacía mi madre, aguantando las risitas poco disimuladas de los colegas.
Fue un día increíble, pues todos los alrededores eran de una belleza asombrosa. Fuimos al nacimiento autentico del río con sus cataratas donde nos bañamos, visitamos una ermita muy antigua que nos encantó, cogimos higos de una enorme higuera, y luego todo el contacto con esta naturaleza verde y cantarina que no sabíamos que existiera. Comimos de los bocatas que nos echó mi madre en las mochilas para todos, y bebimos  agua del río que era fresca y potable e higos de postre. La tarde la pasamos charlando sentados en la rivera, luego vimos como ellos pescaron truchas, pero ¡Las devolvían al río! Qué lección nos dieron. 

                                                             
Fueron muchos y estupendos días los que pasamos aquel verano de “pobres”, por lo que el regreso nos resultó triste aunque después nos vimos muchas veces con nuestro amigo y la “ojos verdes”…Bueno, eso es otra historia que ya os contaré.

viernes, 20 de julio de 2012

La comida del gorrón


La verdad es que estaba abusando de mis amigos y parientes. Llevaba todo el verano comiendo de gorra a  costa de unos y otros, pero un día, el peor día imaginable ya que estaba más tieso que el lagarto de la catedral de Sevilla, se pusieron de acuerdo tres de ellos para que yo les hiciera de comer en mi casa, pues siempre fui un lenguas y había presumido tanto de mis habilidades en la cocina que me arrinconaron de forma que no pude decir que no.
Estuve dos noches sin dormir apenas, dándole vueltas al coco a ver qué podía hacer con poco dinero pero quedando bien con mis “patrocinadores”.
Tenía las llaves de casa de mi hermana que estaba en la playa y me había encargado regar las macetas, así que asalté su despensa para mangar algo sin que se notara demasiado.

                                                                       
Cogí unas latas de atún, berberechos y calamares a la americana. Ojeé el congelador que estaba repleto, así que no creí que se notara mucho si me llevaba dos puntas de solomillo ibérico. También rapiñé una tableta de chocolate de un 70% de cacao y  de la bodega de mi cursi cuñado tomé prestadas una botella de albariño blanco, que estaba más caducada que la momia de Tutankamon. Una vez depositado todo en mi cocina, bajé al bareto de mi amigo Rafa a tomarme una Cruzcampo helada y a intentar sacarle algo para mi comprometida comida.
Le tuve que explicar de qué se trataba para ablandarlo y así sacarle unas cervezas, una botella de ron y otra de soda, lo cual quedé en reponerle a final de mes, y un ramo enorme de yerbabuena recién cortada que cogí del mostrador sin que se diera cuenta.
Tuve que comprar, qué remedio, dos tomates grandes, dos manzanas, un racimo de uvas blancas y una cuñita de queso azul.
Con todo lo recolectado en mi cocina, ya podía ir pensando que exquisiteces les ofrecería a mis amigos para quedar a un mediano nivel de exigencia al día siguiente.
Tenía una lata de fritada a punto de caducar que no sabía ni que estaba allí, un gran tarro congelado de caldo de pescado y marico, que una vez descongelado añadiría a la fritada que estaba pochándose en la cazuela.

                                                               
Con las latas de atún, calamares y berberechos sumadas a la cazuela y el caldo en ebullición, que rectifiqué de sal añadiendo una pastilla de Avecrén y colorante alimentario, añadí el  arroz al refrito, le di unas vueltas y esperé a que todos estuvieran en casa para acabar el guiso.
El segundo plato iba a ser unas milhojas de tomate, manzanas y solomillo al roquefort.
Corté los tomates y las manzanas en rodajas no muy finas, pasando estas últimas por la candela con mantequilla hasta que estuvieron doradas. Los solomillos los corté a medallones y los sellé por ambos lados con sal y pimienta. Ya sólo había que montarlos en varias capas en una fuente de horno por este orden: una rodaja de tomate, manzana y el solomillo, cubriendo el último solomillo con queso azul un poco tierno.
Vacié una cubitera de hielo, poniendo en los huecos una uva blanca que recubrí del chocolate derretido hasta llenarlo, pinchando la uva con un mondadientes, de forma que pareciera un helado de palo y lo puse a congelar.
La mesa la cubrí con la mejor mantelería de mi madre, los platos y fuentes de la Cartuja de Sevilla,  la cubertería buena y  copas de Ikea para vino, agua y cerveza.
Por fin a la hora fijada llegaron mis amigos, que me traían una estupenda botella de gran reserva de Rivera del Duero de procedencia incierta, otra botella de whisky y  unos fiambres al vacío.
Los hice sentarse prohibiéndoles asomarse a la cocina, para lo cual los centré con las cervezas y los embutidos. Me senté con ellos a la espera de que estuviese lista la cazuela marinera, ya que las “milhojas a la parisina” ya estaba lista.

                                                            
Todo les pareció riquísimo, y más después de liquidar las botellas de blanco y de tinto, que desató la euforia a niveles que casi hicieron que me sintiera una gran chef. A los postres después del helado, les preparé unos “mojitos”, con lo que me mantearon y dieron vivas en mi honor con tal fuerza que se enteró todo el vecindario.
Ni que decir tiene que también nos bebimos la botella de whisky, con lo que estaban en un estado de euforia que me costó muchísimo echarlos.
Para conseguirlo acabamos en el bar de Rafa, de donde me pude escabullir en un descuido, ya que tenía que poner en casa todo en orden porque al día siguiente llegaban mis padres.
A las dos de la mañana acabé de arreglar los efectos colaterales de la comida, que fue recordada durante mucho tiempo por mis amigos del alma. Yo tardé seis meses en reponer las botellas del bar de mi amigo y aún no he conseguido que mi hermana y mi cuñado me hablen.
En los tiempos actuales hay que ponerle mucha imaginación a la supervivencia.

En Zizur Mayor, a 20 de julio del 20012

viernes, 13 de julio de 2012

¿Qué nos ocurre?


No tengo ninguna autoridad y por supuesto no  soy nadie, para hablar o predicar sobre las virtudes o los vicios de todos, pero hoy me propongo reflexionar en voz alta sobre lo que me parecen cosas que o han perdido su sentido o que ya no significan nada.
Ahí van mis reflexiones.
                                                                 
Empecemos por la honradez, ya que hace poco veía una noticia de prensa donde decía cómo un inmigrante marroquí, había devuelto en una comisaría de policía una bolsa con 500.000 euros que encontró en un parque. Esto no debería ser noticia, pues si consideramos que nadie se debe de quedar con lo ajeno, es una acción normal de cualquier persona, pero en esta noticia se dice que el que devolvió lo encontrado era inmigrante, esto es más inusual, pues solemos mezclar la palabra inmigrante a alguien normalmente fuera de la ley. Reseñar que al inmigrante se le pidieron sus papeles. ¿Esto es celo, desconfianza o asombro?

                                                                
Ética. La Real Academia de la lengua la define como conjunto de normas morales que rigen la conducta humana.
La imagen que tenemos del político, del funcionario, de los jueces, del empresario o del trabajador no se acerca ni por asomo a esta definición, y sin embargo deberíamos saber que las personas que incumplen las normas morales son una minoría de estos colectivos, y sin embargo tendemos a identificarlos a todos  como gente sin escrúpulos ni ética que van cada uno a ver que se pueden llevar para su exclusivo beneficio.
“Te doy mi palabra de honor”. Cuando decimos esto a otra persona, estamos comprometiéndonos con la verdad, con el cumplimiento de un trato, estamos dándonos como compromisarios del acto al que nos referimos, sin embargo tengo que decir por experiencia, que la mayoría de las veces mentimos o no le damos ningún valor a esta palabra dada como hombres de honor, interpretándola como una forma de hablar.

                                                              
Educación, buenas y sanas costumbres, cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Cosas ya casi olvidadas en la mayoría de los mortales.
Debería ser normal cederle el asiento en el transporte público a un anciano, a una mujer embarazada, a un enfermo. Sentarnos sin quitarnos los zapatos, sin poner los pies en el asiento de enfrente, no gritar, no molestar a los que están a nuestro alrededor, no fumar en los sitios prohibidos.
Los médicos, los profesores, los policías, hasta los mendigos y la gente que no piensa como nosotros son agredidos para imponer nuestros criterios o nuestras razones. Sin querer ser pesimista ¿Observamos normalmente buenas costumbres y gestos civilizados? Respondámonos a nosotros mismos.

                                                               
¿Y la mentira? Decía un antiguo catedrático que hay tres formas de mentir: La mentira propiamente dicha a sabiendas, la verdad a medias que no nos compromete a nada y la estadística, ya que a través de ella demostramos con gráficos sólo lo que nos interesa.
Tendríamos que ir todos a una insurrección moral contra la podredumbre de los políticos, los poderosos y de las instituciones que los cobijan.
Como libro de cabecera podemos coger cualquier periódico de cualquier tendencia para ratificar en qué han quedado las normas morales de cualquier individuo, y en estos días vemos como se recorta el bienestar, la honestidad y el esfuerzo, para asentar la desigualdad. Confunden equilibrio con equilibrismo.

                                                               
No solamente la virtud siempre ha estado en minoría sobre la tierra, sino que todo parece conspirar contra la felicidad pública.
Deberíamos convertirnos en un disciplinado ejército para luchar por que las palabras, los actos y los hechos que nos definen como seres racionales, tuvieran nuevamente un significado positivo que fuera capaz de retomar estas disciplinas tan olvidadas en los terribles días en que estamos viviendo.


Desolado en mi burbuja, a 13 de julio del 2012