jueves, 15 de octubre de 2015

El retraso

Era una chica de su tiempo, aunque tremendamente introvertida que vivía en su mundo interior como si el entorno de su vida no le importara lo más mínimo, por eso una mañana muy temprano sus padres tuvieron una conversación mientras preparaban el desayuno antes de marchar cada uno a sus muchas obligaciones empresariales, ya que mantenían un alto nivel de vida que necesitaban mantener a toda costa, y se empleaban a fondo en estos malos momentos de la economía.
                                                  


-“Aurelio, quisiera comentarte algo.”
-“Dime.”
-“Vengo notando a tu hija rara en estos últimos días, y aunque ella es como sabes ya, me gustaría que la llevaras al médico y que le hiciera un buen reconocimiento”.
-“¿Qué es lo que le notas?”
-“No te lo podría explicar, pero tengo una intuición.”
-“Tu hija ya sabemos que es rarita, pero ¿Qué crees que le pasa?”
-“Conmigo no quiere hablar, ni ir a ningún sitio, pero a ti te hace caso, y es que creo que tiene retraso”.
                                                    


Se quedó un momento con la taza suspendida entre la mano y la boca como reflexionando, y dijo a su mujer:
-“Hablaré con mi amigo el Dr. Ocaña para ver cuando nos puede recibir, y la llevaré y saldrás de dudas, aunque yo la veo como siempre.”
Él la veía como una chica normal, un poco torpe en los estudios, que no tenía relaciones con nadie, que el supiese. Su único divertimento era el ordenador, la televisión y el móvil. Bueno en fin; ya veríamos.
A los pocos días, padre e hija, tomaron camino de la consulta del amigo médico, no sin que antes tuviera que convencer a la niña, que se negaba, por lo que tuvo que recurrir a la amenaza de desconectarla de lo poco que le gustaba, y de mala gana y con la silenciosa cara larga, iniciaron el camino.
                                                  


Aurelio, ya había puesto en antecedentes a su amigo, por lo que cuando llegó y después de los saludos y unas palabras intrascendentes para relajar el ambiente, quiso el doctor que sólo pasara la chica a su gabinete.
Después de casi cuarenta y cinco minutos, salieron ambos del encierro. Él sonriente, y la chica con la misma cara de asco con la que había llegado. El médico le dijo:
“Bueno, pues ya hablamos” y con un apretón de manos salieron de la clínica.
A las dos horas, después de despachar Aurelio las cosas más urgentes del trabajo, llamó a su amigo:
-“Bueno Manolo, dime algo que estoy sobre ascuas.”
-”A tu hija le he hecho un montón de pruebas, y de retraso nada.
                                                   


Tiene un coeficiente intelectual mediano bajo, pero sus aptitudes, sus razonamientos, sus dotes y conocimientos son como las de cualquier muchacha de su entorno y preparación. No creo que debáis preocuparos”.
-“Gracias amigo, te debo otra, y a ver cuando vienes con tu mujer a comer a casa, y de camino conoces mi nuevo chalet que ya han acabado después de dos largos meses de decorarlo. Un abrazo y gracias de nuevo.”
No vio a Inés hasta la noche, y ya en el dormitorio conyugal, le dijo:
-“La niña no tiene lo que decías. Manolo le ha hecho un exhaustivo reconocimiento y me ha dicho que es totalmente normal, que de retraso nada.”
Ella se quedó parada con la ropa a medio quitar, mirándolo intensamente con el enfado brillándole en los ojos.
-“Vamos a ver, yo no me he referido a que tu hija tenga retraso mental ni mucho menos, sino retraso menstrual, ¿Entiendes? Que creo que está embarazada.”
                                                       


Se le puso cara de tonto y descolocado en  otro planeta, y en silencio se metió en la cama pensando: “¿Mi hija embarazada con dieciocho años?”
Y efectivamente. Estaba hasta las trancas, y de nueve semanas.

Sorpresas, ¿Agradables?, ¿Desagradables?, que rompen la armonía de las familias.

lunes, 5 de octubre de 2015

Malditas sean las guerras

No había ninguna realidad en su cabeza y de todas formas le daba igual, no quería ver la horrorosa  certeza tallada a fuego en su mente, en un rincón inolvidable a pesar de su negación de los hechos. Nada le parecía creíble.
                                                                     


Sentado en la hamaca playera, en el porche del bungaló cercano a la playa, ni se acordaba de qué mar, ni de qué maldita costa, ni falta que hacía.
Se rellenó el vaso de whisky, ya que era lo único que le desdibujaba la mente y se la dejaba vacía por unos momentos. Había empezado a llover con furia en aquel lugar de cualquier parte, y la rabiosa tormenta le mojaba las piernas, pero no tenía ganas de retirarlas. Que más daba.
                                                                    


Y nuevamente el dañino recuerdo de volverse de la guerra harto ya de muertes inútiles y heridos condenados, de caos donde nadie distinguía al enemigo, de un todos contra todos, y aunque dejando atrás a las dos únicas personas que le importaban, o mejor dicho, que le concernían en algo, literalmente huyó, dejando en aquella mierda a su hermano y a su mujer, su amor de siempre, médicos de aquella ONG en que los tres  se embarcaron huyendo de la realidad aburrida de sus complicadas vidas, y aunque él sabía que estas dos personas, a las que tanto había querido, estaban juntas a sus espaldas en sus prolongadas ausencias de conferenciante, fenómeno de la cirugía, hacía tiempo que lo había asumido y le daba igual. Bueno, igual no, pero quería convencerse de que así era.
                                                                       


No. Se negaba a recordar. Pero las lágrimas ausentes en otras ocasiones, fueron las culpables de sentir en su corazón la rotura de esas vidas ¿Queridas? ¿Amigas? ¿Culpables?, que los bombarderos estadounidenses se llevaron para siempre, junto a aquel hospital perdido en las montañas de Afganistán, junto a otros compañeros y muchos pacientes, a quienes por supuesto, no se les preguntaba por su religión o por su pertenencia a este grupo o a aquel. Simplemente intentaban curarlos, coserles las heridas físicas y ayudarles en las penas de sus almas atormentadas. Nada más.
                                                                       


Muertos por fuego “amigo”, dijeron los matadores. ¿Puede la muerte ser amiga de alguien?
La furia de las aguas repiqueteando en la tarima, se confundían con las lágrimas de aquel hombre solo. Tremendamente despojado de todo. Solo.
                                                                      


Malditos los hombres que matan a hombres, aunque los grandes culpables sólo se enteren por la prensa. Ellos venden las armas que mataran a otros, pero no se sienten culpables. El que las utiliza tampoco, pues recibe órdenes y solo planifican donde caerá la muerte, y sólo la suerte hace que hoy no te toque a ti, que el proyectil o la bomba le toque a otro.
Con la muerte nadie se identifica, aunque los culpables saben que lo son.

¡Malditos sean por siempre! Y maldita sean las guerras. Todas las guerras.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Un domingo en las carreras

El otoño resplandecía casi primaveralmente, por lo que era el domingo perfecto para acudir al inicio de las carreras de caballos en el hipódromo de Pineda, y aunque lo decidimos un poco tarde, hacia allí marchamos familia y amigos a compartir el glamour de Sevilla en esta “pasarela” de lo más variopinto que imaginarse pudiera.
Llegamos casi a punto de empezar la primera competición, por lo que mientras todos se dirigieron hacia las gradas, yo me quedé rezagado para apostar algo por si la suerte quería acompañarme, y en eso estaba, cuando observé a una bella joven de apenas veinte añitos, que no sabía cómo rellenar el boleto.
                                                               


Al poco, me miró sonriéndome y pidiéndome ayuda, pues decía que era la primera vez que lo hacía.
Una vez cumplimentados mi boleto y el suyo, me pareció cortés iniciar una conversación intrascendente delante de sendas copas de champan, a lo que ella aceptó encantada.
Casi imperceptiblemente, nos íbamos acercando el uno al otro con pequeños toques y roces, si no intencionados, tampoco carentes de picardía, y en eso estábamos, cuando cogiéndome por el talle, me dijo al oído:
“Eres muy guapo, ¿Lo sabes?”, y yo que aproveché aquella cercanía, le rocé sus labios con los míos, con la misma delicadeza con que un pétalo de gitanillas te cae sobre el hombro desde una maceta en el barrio de Santa Cruz.
                                                                   


La invité a dar un paseo por el recinto, apartándonos intencionadamente hacia una zona de setos junto a las cuadras, donde estábamos solos y se veía la carrera un poco de refilón, pero el momento así lo requería.
“¿Sabes?- me dijo-, que he tenido cinco novios y ahora tengo lío con dos hermanos a la vez, que me esperan en la balconada.”
“Pues yo sólo pienso que estoy aquí contigo, y la gente que viene conmigo que me espere.”
Nos volvimos a besar, pero esta vez con ansia, para a continuación rodearla con mis brazos por detrás mirando desenfocadamente y escuchando los gritos propios de los asistentes al evento, que nosotros casi teníamos olvidado.
                                                                      


Le besé el cuello, la nuca, mientras iba deslizando palabras dulces y escogidas, y mis manos hábiles y diestras, emprendieron la bajada por su generoso escote, para acariciar suavemente dos preciosas peras limoneras, hasta que dijo:
“Ya me tengo que ir, pues si no me pillaran contigo”, y diciendo esto, y quedando la dama en que me llamaría, me dirigí yo también hacia el gentío un poco aturdido y sin creerme aun lo que me había acontecido.
                                                                    


Al paso, deslicé una propina a uno de los camareros para que llevara cava de mi parte a la familia, y les dijese que estaba en la taquilla cobrando una apuesta en que me había tocado la pedrea.
Por supuesto mi novia no se creía esto, y me soltó: “Seguro que estabas en el bar con alguno de tus amigotes, y ahora para justificar tu mala conciencia, nos invitas generosamente a todos. Como si no te conociera…”
                                                                     


Ya solo en mi cama de madrugada, pensé mirando ensimismado al techo:

“¡Qué buen día he pasado en las carreras! Tengo que ir más a menudo”.

                                                                   

lunes, 21 de septiembre de 2015

Mal, muy mal

Harto, cansado, aburrido, asqueado, encendido, impotente. Así me siento cada vez que, en este maldito otoño de sangre, sudor y lágrimas, pongo la televisión o escucho la radio o se me ocurre ojear un periódico.
Siempre lo mismo. De un tiempo para acá, siempre lo mismo y en cantidades ingentes.
                                                                 



Aburrido de escuchar argumentos a favor y en contra de la posible independencia de Cataluña. ¡Que se vayan si quieren! A todas luces será peor para ellos, y no son cantos de sirena; los individuos que hoy se envuelven en la estelada, lo mismo se tienen que vestir de barras y estrella cuando les falte ropa con que tapar sus vergüenzas, cuando su cobertura de sanidad no exista, cuando sus jubilados no cobren sus pensiones. Entonces los culpables de todos sus males no será España. ¿A quién le cargarán la cuenta de los despropósitos?
                                                                    


Como si a esa mayoría silenciosa, aborregada según quien pretenda arrancarlas de su mutismo, les diera igual qué río le arrastre hacia sus procelosas aguas, quien manipule desde la sombra su mutismo e indolencia. Decidirán otros por ellos, ¡Que se jodan!
Sólo saldrán ¿Beneficiadas?, sus clases políticas, esa tropa de advenedizos que siempre están ahí para sacar tajada, “pillar cacho” de lo que venga, como auténticas garrapatas.
                                                                    


Después, te parece todo esto una gilipollés comparándolo con el grave problema de esas miles de personas que, desesperadas,  pues les va la vida en ello, acuden a nuestras fronteras huyendo de la masacre de la guerra siria y que ya puestos, les da igual morir en el intento, mientras las mezquinas naciones europeas, se las reparten vergonzosamente como si fuesen residuos nucleares.
Esto si es un problema que hay que solucionar por encima de todo, pese a todo, y en contra o a favor de todo.
                                                                      


Hombres, mujeres y muchos niños tristes, llorando, preguntándose en sus pequeñas vidas que qué es esto, que cómo los rechazan en todas partes hacinándolos en trenes o autobuses hacia ninguna parte.
Me recuerdan los reportajes donde se veían a los judíos en vagones de ganado conducidos hacia el crematorio de los campos de exterminio nazis.
Y los que nos mandan, esos que tanto se ríen cuando se dan la mano o se reúnen entre ellos, en esta comunidad de egoísmos inapelables en beneficio de su cortijo, planteándose reuniones o posibles encuentros sin prisas, a ver si mientras tanto esta gente se muere y desaparecen.
¡De puta pena!
                                                                     


Tenemos que revelarnos, vencer nuestra cobarde actitud, gritarles a esta panda de cretinos e impostores que no los hemos elegido para que se paseen en sus Audis de lujo, ni en sus aviones pagados por el contribuyente, que se tiene que mojar, que se tienen que dejar la piel en el intento de solucionar nuestros problemas, que su trabajo es el de servidores, no de casta con privilegios intocables, que es una vergüenza que sea la sociedad civil y las ONG, la que esté dando la cara.

Si no son capaces, que se vayan. Pero ya.

martes, 15 de septiembre de 2015

Saudade

Y transcurre lenta y pastosa la tarde de este septiembre donde ya siento  cómo se acorta la luz del día, cómo devienen las horas a otro ritmo, con otra cadencia, casi en sonoros minutos alargados en tic-tacs cadenciosos.
Y nada mejor para esta tarde cualquiera, que leer al maestro Borges, tan cercano a nuestro tiempo y sin embargo tan extraño. Y la realidad es que sí, que cuesta trabajo leerlo por todo lo que dice en cada párrafo, en cada palabra y hasta en cada letra.
                                                                         


Que cuando lees sus Cuentos  Completos, no puedes hacer otra cosa que leer; que no te distraiga la música ni la televisión, pues no te enterarías de nada. Hay que leerlo casi con esfuerzo físico, leyendo, releyendo y a cada momento volver atrás para adivinar, acertar con lo que ha querido decir en este renglón maestro, en esta certera frase que casi es ya un libro por su contenido, y seguir pausadamente, sin desesperarse.
Me gusta releerlo sobre todo en este tiempo de melancolías, de cambio de piel climática, de sensación de adioses que nunca vendrán de vuelta.
Paro un momento para tomarme un café, y dejando por un momento de lado la erudita lectura, me apetece escuchar un poco de Serrat, que siempre me pone nostálgico, melancólico, devolviéndome a ese estado decadente en que me siento tan a gusto.
                                                                  


Y se va cerrado la luz…mientras…:

“Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.”

Me quedo escuchando el viejo vinilo con la mirada perdida, ahogándome en un poso de nostalgias y recuerdos, que es lo único que me  va quedando, pues llega un momento en que ya nos volvemos parcos en palabras, incluso en gestos y maneras.
Que corta es la vida según para qué. No da tiempo a “saber”, es una carrera que cuando hemos acoplado ritmo y zancada, ya se termina, quedándote en la boca ese regusto a nada, a insipidez de vida por lo poco que somos, del sabor ácido de nuestra amargura, de la sombra que soy.

“Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece
un niño que el viento mece
con su balada en otoño.”

Se me han quitado las ganas de seguir leyendo, no puedo con todo lo que se me ocurre de golpe y a la vez.
                                                                        


Aquellas lejanas conversaciones que nunca acababan, donde se eternizaban en discusiones por esto o por aquello, con un vaso de whisky en las manos y fumando compulsivamente. 
Noches eternas, o que nos parecían así por creerlas trascendentales, porque nos iluminaban el alma y el sentimiento, algunas veces gritando para tirar a la cara frases filosóficas, silogismos, certeras pullas, noches donde estábamos todos, todos. ¿Cuántos se han restado de este grupo, es sólo uno el testigo de lo que aconteció…? Ya no son posibles los párrafos de aprendizaje, ya casi lo aprendimos todo, o peor aún; nos endiosamos. Me  creo casi todopoderoso.

Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.


                                                                         


Mi burbuja, a 15 de septiembre del 2015

martes, 8 de septiembre de 2015

Historia de un infame

Se llamaba Antolín; perdón, lo llamaban. Su nombre completo era Antonio Mayoral Pinzón, apellidos de sus últimos padres adoptivos, y cuando adquirió cierta popularidad entre convecinos y lectores de prensa, nadie sabía de verdad de donde había salido, ni cuál era su vida o mejor dicho su historial, a todas luces muy negativo para los biempensantes y la gente de bonhomía, pero yo conocía su historia completa, aunque no os voy a revelar mis fuentes. Ahí va.
                                                               


De solo unos días, fue dejado por alguien a las puertas del convento de San Leandro, (Sevilla), y enseguida llegó a lo que entonces se llamaba “La Casa Cuna”, institución que recogía a los niños abandonados y que los daban en adopción a deseosas familias sin vástagos, como así sucedió con nuestro sujeto.
No se sabe bien lo que pasó, pero con pocos años, volvió a la misma institución de la que había salido, parece ser que por la separación o el divorcio de sus padres de adopción, o quizás y también, porque ya desde muy pequeño era un ser sumamente “latoso”.
A partir de aquí y con el tiempo, (pues nadie se interesó nuevamente en adoptarlo), pasó a una institución tutelar de menores donde se inició en estudios básicos, hasta que con sólo ocho años se escapó de esta casa de acogida, para volver harapiento y desnutrido a la semana de haberse ausentado.
                                                                     


Se vuelve a marchar nuevamente con nocturnidad y alevosía recién cumplidos los doce años, aunque esta vez su motivo era una familia que había demostrado en sus distintas visitas a le institución cierto interés por su persona, aunque estos, alarmados, delataron su huida, aunque después de un periodo de dimes y diretes, acabaron por acogerlo en su casa y en sus vidas.
Nuestro Antolín, puesto que así empezó a llamarlo su nueva parentela, se percató de que no haría nada en la vida si no se preparaba convenientemente, por lo que cambió a ser un muchacho modelo por su comportamiento y sus brillantes notas en los estudios, los que acabó un poco tarde, pero que le brindó la oportunidad de ingresar en la universidad, en la rama de  “Económicas y Empresariales”.
                                                                 


Al aprobar el segundo curso, consideró que ya sabía bastante de economía, por lo que se pasó a la carrera de derecho, donde nuevamente abandonó a mitad del tercer año, para insistir a sus adoptivos padres, para que hablaran con sus amigos más poderosos al fin de encontrarle un puesto de trabajo, por supuesto bien remunerado. Y sucedió que  al poco de empezar a trabajar, empezó a presumir como si hubiese hecho sus dos carreras iniciadas y no acabadas en un tiempo récor, lo que unido a sus iniciativas de líder y a su bien hacer con sus responsabilidades, llegó al puesto de jefe del departamento financiero.
Sucedió que murió el dueño de “Limpader,S.L.”, empresa dedicada a la “limpieza y restauración de espacios”, como les gustaba definirse, sucediendo en el puesto de dueño y director el hijo del fallecido, hombre indolente y disoluto que delegaba en todos, pues su preocupación parecía que era acabar, o mejor dilapidar, la fortuna familiar de su antecesor y padre, hombre que había sido sabio en la labor de amasar dinero, pues sus contactos en la Administración del Estado, fueron muy fluidas y más que beneficiosas para su actividad.
                                                                     


Corría el año 85 del siglo pasado, y los conflictos reivindicativos y sociales se multiplicaban por doquier, no siendo menos en la organización antes mencionada, de forma que el llamado “D. Indolente” por los 250 trabajadores de la empresa, se encontró inmerso en una huelga indefinida tremendamente salvaje y violenta.
Y un buen día de estos tiempos convulsos, se presentó nuestro Antolín ante un jerarca sin ideas y agobiado, para ofrecerse como persona idónea para acabar con el conflicto, aceptando el dueño sus oscuras y poco ortodoxas  propuesta, siéndole concedida “carta blanca”.
Y vaya si lo acabó.
Reunió al Comité de Empresa, a los que no consiguió amedrentar con un despido colectivo y el cierre patronal, por lo que empezó a entrevistarse por separado con los miembros de dicho comité.
A algunos los convenció con dinero, a otros con amenazas, y hubo a uno que lo amenazó literalmente con “follarse a su mujer y secuestrar a su hija”, por lo que acabó con la huelga en setenta y dos horas.
Cuando la empresa volvió a la normalidad, llegó como un triunfador y hombre plenipotenciario que lo catapultó a la cabeza de la compañía, pues casi sustituyó y suplió en casi todo al dueño, que por lo demás, siguió con su vida de vicio y depravación.
Nuestro Antolín, en este tiempo, iba siempre acompañado por dos secretarios o mejor dichos guardaespaldas, que actuaban como disuadidores ante cualquier conflicto violento, pues los éxitos obtenidos con los trabajadores los trasladó a la esfera de los negocios,  dedicándose a sobornar con cualquier método a su alcance sin importarle parta nada la ley, a políticos, funcionarios, competidores, y hasta a algún ministro llegó el fango de sus métodos.
                                                                      


Pero la suerte que tanto lo benefició, un día le dio la espalda.
Lo que primero ocurrió fue, que pillaron a su jefe y a estas alturas amigo y compinche de francachelas, con un montón de quilos de cocaína en su coche y en una de sus oficinas, implicándose nuestro Antolín más allá de lo conveniente, por lo que desquició sus métodos ya de por sí desmesurados.
Cuando intentaba robar de los almacenes judiciales las pruebas del delito, fueron sorprendidos por la Guardia Civil, iniciándose un tiroteo que acabó con la vida de Antolín y tres de sus secuaces.
Nadie reclamó su cadáver, por lo que acabó en la fosa común, y nadie le lloró.

Pobre hombre. Al final, no mereció la pena.

lunes, 31 de agosto de 2015

Adiós, verano, adiós

Y como cada año, el final del verano llegó con más o menos ganas, pero  inevitablemente.
Los hijos marchan de las casas de los abuelos con los nietos incluidos, con lágrimas en los ojos, pues lo que se creía para siempre se acaba, y hay que volver a la rutina; rutina del trabajo, de los colegios, de las obligaciones al fin, y de soledad para los mayores que vuelven a quedarse solos, como siempre, con los recuerdos que aunque desordenados, ya se amontonan en sus dilatadas vidas, o en la sala de espera de lo inevitable, vueltos a las rutinas de cada día esperando un “no sé qué”, que llegará tarde o temprano.
                                                                


Volver a los paseos mañaneros, a la partida con los amigos, a los releídos libros de escritores de culto, a las actividades que nos quieran conceder gratuitamente ayuntamientos y diputaciones para tenernos ocupados, o callados que  es lo mismo; dóciles, no vaya a ser que nos quiten la pensión por revoltosos si nos movemos de la foto que tienen pensada para nosotros.
                                                                  


Recorro la casa vacía ahora, de risas, de llantos, de quejas, de palabras, de ajetreos propios de la vida. Deseando esta tranquilidad y temiéndola, no vaya a ser que nadie se dé cuenta de que existimos, de que respiramos, de que nosotros no nos hemos ido, de que nosotros siempre nos quedamos para decir adiós, hasta pronto, cuidado en la carretera, ¿Se te olvida algo?, llámame cuando llegues, que ese niño coma que está creciendo, no te preocupes hija…, y una larga retahíla de frases que se repiten en todos los adioses, en todos los retornos a la rutina diaria, en esas tonterías que decimos los mayores y que nos escuchan como si fuera un inevitable mantra.
                                                                   


Ya no nos fijamos al encender la televisión en el tiempo que hará mañana, sino en la fila interminable de coches entrando a paso de tortuga en las ciudades, como si a ese monstruo de ciudad le costara tragar tanto vehículo, tanta gente que vuelve para quedarse.
Y ya más tranquilos, nos concienciamos de ese tremendo drama de los inmigrantes, personas de toda edad y condición muriendo ahogados en el mar o contra unas alambradas donde la desesperación los ha llevado; gente, humanos, seres vivos, hermanos, aunque a algunos no se lo parezcan, aunque algunos los harían desaparecer hasta de los telediarios, ignorarlos en sus tragedias, en sus huidas de la guerra, el hambre, o de la opresión.
                                                                      


Que más nos da si no pasa aquí, que se vayan a su tierra que ya estamos hartos de la inseguridad a que nos someten,  a la desazón que causan a nuestras benditas almas de escogidos, de afortunados seres civilizados de la vieja, de la elitista Europa de las mezquindades.
Volved a los escombros de vuestras casas, a vuestras fosas comunes y rezad por vuestros muertos, dejadnos tranquilos y seguid con vuestras guerras de salvajes que nunca debieron  salirse de los reportajes de Naturaleza de la “2”.

Y aquí estamos en este último día de agosto, enfrentándonos a nuestros miedos, angustias, y soledades.