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domingo, 19 de febrero de 2017

Mala noche

Ahora, después de estos años que yo creía de una felicidad que nunca acabaría, se me cae la venda de los ojos, y aquí sentado en este banco de un parque, me abrigo para pasar esta noche brillante de estrellas, aunque la mía no está;  se apagó sin avisar.
                                                               


Podría ir a pasar la noche a casa de algún  amigo, ¿me quedarán después de hoy?, pero no quiero tener que dar explicaciones, o a cualquier hotel (hasta ahí llevo dinero), pero prefiero quedarme aquí, en esta soledad donde sólo se escucha el chirrido de un columpio movido por la brisa, algún coche de vez en cuando, y alguna lejana sirena de ambulancia o policía. Quiero pensar en lo ocurrido, y si soy capaz de poner los títulos y el  fin de la película de mi vida, empezaré de cero en lo que me quede de existencia.
                                                                   


Tengo una edad media, que cuando  sucede un trágico descalabro de cualquier índole, (despido del trabajo, divorcio, una enfermedad incurable, la muerte de alguien muy querido) cosas así, tienes palabras y soluciones para los demás, pero ¿y cuando te sucede a ti?
Acabé la carrera muy joven y enseguida tuve trabajo de investigador en una planta bioquímica, y un mal día conocí, entonces no lo pensaba así, en una visita guiada por la empresa a la que sería mi mujer.
                                                                       


Era un grupo heterogéneo de alumnos de último curso de una elitista universidad privada, y una de las chicas no paraba de hacerme preguntas, algunas capciosas, sobre todo lo que les mostraba y les explicaba, hasta que ya después de acabar la visita e irse todos, me esperó para invitarme a una copa y aclarar algo, que por lo visto no le había quedado claro.
¿Cómo oponerse a la invitación de unos preciosos ojos verdes y aquella juguetona sonrisa infantil? Y ahí empezó lo que nos llevaría a enamorarnos, casarnos y después de un año de sentirme como en las nubes, llegaría nuestro hijo Alfonso.
Para entonces yo era un hombre florero, ya que mi mujer resultó ser la hija del dueño de aquella factoría donde empecé y de un montón de negocios más. Vaya, que era una rica heredera, por lo que me dieron un sueldazo y un despacho de concejero (de los que se llaman despachos de vía muerta), y era un hombre feliz y enamorado, pero hoy lo puedo decir, en todo y por todo un directivo cuchara, ya que ni cortaba ni pinchaba.
                                                                   


Pero después de muchos años hoy he visto, me ha mostrado podríamos decir, el problema que ni veía ni intuía, y además me lo ha desgranado serena y miserablemente  sin privarse de nada, de la A  a  la Z. En todo lo que ha largado no soy capaz de reconocerme, ni de reconocer a la más dulce de las mujeres.
Estaba con otro hombre al que creí mi amigo, y ahora pienso que esperaban mi llegada para dar lo nuestro por acabado, como si se tratara de cualquier despido a un empleado que ya no sirve porque no ha cubierto sus objetivos.
Ella tiene, porque son suyos, la casa, el dinero, nuestros bienes, sólo tengo derecho a compartir con ella nuestro hijo, y ya me ha avisado que será moneda de cambio si es que quiero sacar algún beneficio de este desaguisado.
¡Pobre niña rica!
                                                                    


Pues así están las cosas, y renuncio a todo menos a mi hijo, aunque con los medios que tienes mi ex, seguro que me lo pone difícil, pero lucharé.
Lo demás me da igual, creo que encontraré trabajo aunque me tenga que mudar de continente.
Me acabaré la botella y los cigarrillos mirando amanecer este día de despedidas.

¡Hace una noche  magnífica para tener algo que celebrar!

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