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sábado, 28 de noviembre de 2015

Tropelías propias y ajenas

Como siempre, había que hacer algunos arreglos en casa, y como siempre, llamé a mi amigo Carlitos que era un “manitas-hombre para todo”, para que me acompañara a Bricomat a comprar unas planchas de policarbonato para poner en el viejo patinillo, cuarto para todo que estaba con los años muy deteriorado.
Y allá fuimos con la lista de lo que había que adquirir, pero antes de entrar, me dijo:
“¿Dónde están los servicios? Estoy que reviento, la leche”.
                                                                    


Yo le indiqué y también fui detrás de él y así aprovechar el viaje, pero iba tan desesperado, que iba preparándose para desaguar cuando los urinarios de caballero lo estaban limpiando y una valla prohibía la entrada, por lo que le indiqué que se metiera en la otra puerta donde estaba el de minusválidos, pero lo debió de entender mal, por lo que con el “cacharro” fuera entró en otra habitación destinada a los utensilios de limpieza, y además con la señora de lo propio dentro, que cuando le vio pegó un grito.
                                                                  


Yo partiéndome de la risa, el seguridad que acudió y la señora exagerando los nervios y lanzándole improperios al pobre Carlos, que más cortado que mi cuñado “El Drácula”, por lo blanco, en un solárium, se puso no colorado, sino que la cara casi de morada le iba a reventar, y yo sin parar de reírme.
Yo empecé a justificarlo delante del “segurata” mientras él ya se metía donde correspondía, hasta que por fin ya tranquilizados, pudimos iniciar nuestras compras.
Resulta que en la sección de tornillería, se llenaban unas bolsitas de plástico con todos los modelos que quisieras, que en función del tamaño, así te cobraban. Nosotros cogimos la más pequeña y empezamos a llenarla colocando tal cantidad de tornillos que la bolsa se partió, y dos vejetes que pasaban por allí empezaron a llamarnos al orden ante nuestras risas, pero uno de ellos tuvo la mala suerte de pisar uno de los tornillos, resbalándose contra la estantería que cayó con gran estruendo, y nosotros al ver de nuevo al seguridad y a un empleado que se acercaban a ver qué había pasado, salimos por piernas hacia otra sección para disimular, pues ya era la segunda en los diez minutos que llevábamos allí.
                                                                      


Por fin salimos y nos fuimos a otro edificio para comprar las planchas, pero este Carlitos como es tan atrevido, sólo se le ocurrió coger una carretilla elevadora para acceder a las planchas, y como no la dominaba se le iba contra la estantería más cercana, y al no saber frenar, pegó un volantazo volcando la susodicha.
Nuevamente los empleados riñéndonos, el seguridad, (otro) muy serio, y por fin nos fuimos con los materiales, pero ahora el problema era que en el coche cabían justísimas, y mi amigo no podía sentarse, teniendo que ir acostado en el asiento todo el viaje, y yo haciéndole cosquillas para fastidiarlo (fotos adjuntas).
Para colmo, paré en el arcén de la carretera, y me salí corriendo del coche diciéndole que habían entrado avispas.
                                                                    


¡Los respingos y porrazos que se pegó intentando salir!, pero yo le había puesto el seguro a las puertas, y no paraba de gritar cagándose en todo lo que se moviera.
Por fin, emprendimos la marcha, escuchándole las barbaridades más grandes que se le pueden dirigir a una persona, y yo ríe que te ríe, menos mal que no encontramos guardias civiles de carretera, pues nos habrían multado.
Lo malo al llegar, es que al salir de tan incómoda postura, sin querer había estallado un cartucho de silicona, y se puso…llenito, llenito por todos los lados traseros. ¡Y el coche!
                                                                        


Pero gracias a los Santos, que la obra no tuvo problemas, salvo el tubo de gases del termo de butano que lo colocó torcido y para enderezarlo, hizo tal agujero en la plancha que hubo que poner un embellecedor para disimular la abertura que se hizo para ponerlo derecho. Gastó otro bote y medio de silicona.
Malditas sean las obras, y las reformas peor, aunque las haga mi buen amigo Carlos y aunque los dos somos bastantes cabroncetes, nos llevamos estupendamente.


domingo, 22 de noviembre de 2015

La decisión

En intranquila duermevela pasó la noche, sabiendo en la certeza de los primeros síntomas de la mañana, que su decisión, cualquiera que fuese, iba a determinar el futuro de mucha gente,  incluidos María y sus hijos, sus compañeros de tan largo camino plagado de avatares.
                                                                 


La ansiedad de la espera con sus dudas y certezas había terminado, ya que al final la realidad del futuro vendría impuesta por otros, los de siempre, los que mandan en el destino de los que necesitan, los que al final siempre imponen su ganancia, sus intereses ineludibles.
Cómo se acordaba de aquello que siempre decía su padre en la humildad propia de un gran hombre, del que fue siempre su ejemplo y en quien siempre pensaba en momentos parecidos:
 “No quiero ser de los que manda, ni de los que son mandados”
                                                                   


Se preparó un café, el primero de la mañana, y encendió un cigarrillo, por ver si entre las volutas del humo y el aroma del café, se diluían sus temores y todo su ser se ponía en positivo ahuyentando  los temores, volviendo a ser el que siempre era, el que controlaba hasta los más íntimos y oscuros disimulos.
La terquedad o su osadía, el querer abarcarlo todo incluso más de lo que podía, más de lo aconsejablemente sensato con tal de que la gente, su gente, tuviese seguridad, y se dejara el pellejo en la lucha cotidiana sabiendo, que haciendo lo que debían nunca les faltaría el trabajo. Su jefe no los abandonaría.
                                                                   


Se vistió pausadamente después de afeitarse y tomarse una larga ducha bajo la cariñosa mirada de su mujer, que sin decir nada, le iba acercando la camisa, la corbata, los zapatos, dirigiéndole esa media sonrisa llena de dulzura y comprensión, de complicidad, pues sabía por experiencia que esos momentos en que se encerraba en sus pensamientos sobraban las palabras, pero en cada gesto de ella, en cada roce de sus manos o de sus cuerpos, le transmitía esa seguridad que sabía necesitar en estos estados de tensión.
                                                                    


La escueta realidad era que ya todo estaba atado y bien atado, sólo quedaban algunos flecos personales, que aunque  eran lo menos importante para el bien común, a él le afectaban de lleno, pues no sabía entre otras cosas, si iba a poder seguir dirigiendo aquel grupo de gente maravillosa, si él entraba en la nueva etapa que los bisoños inversores habían dispuesto para esta empresa que su padre creó allá por los años cuarenta del siglo pasado, y que para que siguiera existiendo, no había más opción que dar el paso que estaba a punto de dar.
                                                                       


Ya en el aparcamiento, y a punto de tomar el ascensor que lo llevaría al encuentro del final o del principio de tiempos mejores, pensó en su libro de cabecera, en uno de sus poetas más queridos y admirados, Kavafis, y recordó un trozo de poema:

“Ítaca te  brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

Entenderás ya qué significan las Ítacas.”



domingo, 15 de noviembre de 2015

La conquista

Nuevamente estaba en un sitio no deseado, pero al que había sido arrastrada, como siempre, por Luci y Carmen, sus amigas de toda la vida que sabían, por otra parte, que si no la secuestraban sacándola de su casa, se quedaba sin salir todo el fin de semana.
                                                                     


Elisa  sabía que no era rara, sino diferente, ya que a pesar de ser una mujer alta, rubia, ojos azules y con un tipazo, estos ambientes ya hacía tiempo que no le aportaban nada; no buscaba novio ni aventuras sexuales de un día, pues hasta ahora, siempre se la intentaban ligar tipos engreídos, ególatras,  que sólo tenían como conversación su yo, su coche, su trabajo de fábula, sus pretensiosos viajes y otro montón de necedades que no solo no la encandilaban, sino de las que se reía en la cara de cualquier personajillo de este pelaje de pavo real alfa.
Inmersa en sus pensamientos, ni se dio cuenta que a su lado en la barra del local, se acodaba un gordísimo sujeto que conocía de haberlo visto por la facultad. Se llamaba Emilio.
                                                                     


Él también se sentía desubicado allí, y aunque tenía muchos amigos que le llamaban el “gordito pachón” desde el colegio, nunca ligaba por ese aspecto de antihéroe que tenía y que no le acomplejaba en absoluto.
Resultó que a ella se le cayó el bolsito que llevaba al suelo, y al agacharse a recogerlo se pegó un cabezazo con nuestro hombre que caballerosamente también había querido agacharse, por lo que al levantarse ambos un poco aturdidos por el tropiezo indeseado, se quedaron mirándose ambos sin saberse que decir, hasta que Emilio farfulló:
                                                                    


“Menos mal que por fin hoy he tenido un buen tropiezo, porque llevo un tiempo que sólo me pego con la lámpara de mi dormitorio.”
Esto a ella le hizo gracia, por lo que nuestro hombre siguió con las bromas para hacerla reír, pues tenía una sonrisa…
“La última vez que ligué fue en primero de infantil, y fue porque otra niña me quito el bocata, y yo para defender mi pitanza le propiné un bocado, y empezó a llorar con tal desconsuelo que le tuve que dar el pan y yo me comí lo de dentro. Ya fuimos novios el resto del curso”
                                                                   


Nuestra dama continuaba riéndose con estas tonterías, por lo que sus amigas se daban codazos asombradas mirándola desde la pista de baile.
Al fin él se decidió y le pidió a Elisa:
“Porfa, baila conmigo que hoy soy el Rey Sol alucinando a la panda de amiguetes que nunca me habían visto hablar con una chica tanto tiempo, y si para colmo ya bailo…”
Y sin parar ambos de reírse se fueron a bailar, triunfando tanto, que todos les hicieron el corro para verlos, aunque tuvieron que aguantar bailar la música que algún guasón les puso: “La bella y la bestia”.
                                                                       


Bueno, pues aquello tuvo sus consecuencias, ya que al acabar la carrera y ambos triunfar también  encontrando trabajo, se casaron, y hoy tienen dos preciosas y gorditas niñas que hace que sean una risueña pareja feliz y envidiada.
¡Qué cosas!
                                                                     



En Madrid, a 15 de noviembre del 2015

                                                                                    

sábado, 7 de noviembre de 2015

Los tropiezos de "La Gari"

Para quien no lo sepa, “la Gari”, no es sólo mi cuñada, sino una hermana alegre, protectora, buena esposa, madre, y de un tiempo a esta parte la “multiabuela positiva”, ya que está siempre pendiente de sus nietos que la quieren con locura y con los que se involucra en sus problemas, penas y como no, compartiendo sus alegrías.
Tanto es así, que dos de sus nietas, Irene y Piluca, se la llevaron invitada de turismo a su Italia querida, visitando Florencia, Milán y Venecia, y en esta bella ciudad fue donde se cayó la última vez.
Después de elegir la góndola donde se quería pasear, y al gondolero más guapo, tuvo la necesidad de ir a un servicio o “pipiroom”, y después de mucho buscarlo, entró en uno de estos que ya empiezan a proliferar en nuestras ciudades más turísticas, donde no se cortan cobrándote 1,50 € por una simple meadita o cualquier desahogo intestinal.
                                                                   


Pues bien, a la salida, no vio dos escaloncillos que tenía, dando su caída menos glamurosa de todo su historial de batacazos, doblándose el tobillo con la hinchazón correspondiente, pero esto no la privó de seguir como si tal cosa con las visitas programadas para no fastidiar a sus niñas, aunque lo que de verdad la alivió a parte del Ibuprofeno, fueron las correspondientes libaciones del Limonchelo, del cual cada día se ponía hasta el nivel en tan grata compañía, pues las nenas no se cortaban yéndole a la par.
Esta fue la última de su larga trayectoria de accidentes, y  ahora os voy a contar algunos de los que recuerdo.
                                                                      


Uno de los más antiguos fue en un cumpleaños de mi hermano Eduardo, su marido, y ocurrió que al bajarse del coche con las dos manos ocupadas con sendas tartas, se le dobló el tobillo cayendo al suelo con la clavícula rota. Las tartas ya os imaginareis cómo quedaron.
Otra vez, intentando cruzar por Luis Montoto, un taxi dando marcha atrás la tiró, y esta vez hasta  hubo sangre.
En otra ocasión, el carrillo de un chatarrero que rodaba sin control por un paso de cebra, también dio con sus magullados huesos en el suelo,
                                                                  


Uno de los que mejor recuerdo tiene, fue en la puerta del Parque de Bomberos, donde estando ya en el suelo se le acercó un turista para ayudarla, pero ella interpuso su mano para esperar a tres bomberos macizos que atentos y diligentes, la cogieron en volandas. Se le puso cara bobalicona y hasta estuvo a punto de que se le callera la baba, pero se acordó de su marido.
                                                                  


Y como no podía faltar en este historial el folclore de las romerías, pues sí, también tuvo un incidente  viendo la salida de la Hermandad de Gines del Rocío, donde estaba escuchando decir, “pues a una señora la ha pisado un caballo”, y resulto que había sido a ella y casi ni se había dado cuenta.
                                                                   


Pero la mejor caída, la más glamurosa, fue en Los Reales Alcázares de Sevilla, maravilla mudéjar y primer palacio que un rey castellano, Pedro I de Castilla, construyó sin estar defendido por las murallas de un castillo.
Pues bien. Dicho porrazo fue bajo la dorada cúpula del Salón de Embajadores, y hasta sus acompañantes le aplaudieron cuando ella se reía a la vez que le caían dos lágrimas por el intenso dolor tobillero.
                                                                        


Y ella con su alegría habitual, las cuenta como lo más natural del mundo, y es que como digo yo con un poco de mala uva, se cae para llamar la atención, pero yo desde aquí te digo:
“Cuñada, tu no necesitas hacerte notar, pues tu sola presencia ilumina tu entorno, y hace que tus acompañantes se sientan muy a gusto contigo”.
Quiero a “La Gari”, la “multiabuela positiva”.
                                                                        



En Villanueva del Ariscal, a 6 de Noviembre del 2015