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lunes, 6 de marzo de 2017

Cotidianidad

Era una de esas mujeres todo-terreno que además de llevar  a sus  hijos y marido hacia delante,  trabajaba en un puesto directivo de una gran empresa, por lo que tenía dos trabajos y un solo sueldo, y aunque su cónyuge ayudaba en todo lo que podía, nunca me expliqué como lograba sacar tantas cosas en un solo día.
                                                                     


En una jornada cualquiera de la semana, pongamos el martes que le hice el seguimiento, se levantó a las 5,45 para salir a correr, ya que se estaba preparando para hacer una maratón, e hiciera frío o calor, y aunque fuera aún de noche, se lanzaba por esas desiertas calles a trotar.
                                                                         


De vuelta en casa a las 7, se duchaba y  arreglaba, para a continuación tomarse sus mueslis con yogur y semillas, y preparar a los niños sus desayunos antes de empezar a levantarlos para el cole.
Ya vestidos y aseados los peques y mientras desayunaban, ella se acababa de arreglar, cocía unos brócolis, que junto a una manzana y un Actimel constituían su almuerzo, ya que aunque la empresa le pagaba la comida en sus comedores, ella aprovechaba esa hora para irse a jugar un partido de pádel.
Dejaba a los niños en el colegio sobre las ocho y cuarto, y se dirigía entonces a su puesto de trabajo, cuando con todo lo que llevaba ya en el cuerpo parecía ya haber concluido una jornada laboral.
                                                                       


A sus hijos lo recogía una señora que tenía por horas trabajando en su casa, porque ella, salvo excepciones, nunca volvía de trabajar antes de las ocho y media de la tarde.
A esa hora, se iba al súper mercado antes de llegar, donde compraba la lista de cosas que hacían falta en casa, o corría a alguna tienda a comprar o descambiar alguna prenda de la familia.
                                                                             


Tenía la suerte, de que al llegar a casa ya estaban duchados los niños, por lo que se ponía a ayudarles en los deberes que trajesen, les preparaba la cena y los acostaba.
Ya entonces tenía un poco de tranquilidad, pero estaba reventada; preparaba cualquier cosa de comer para ella y su marido, y aún le daba tiempo de leer un rato en la cama antes de dormirse.
                                                                         


Y esto era su día a día, salvo cuando tenía en casa a los abuelos, que aún no demasiado viejos, le echaban todas las manos que podían.
Yo le pregunté un día si no tenía estrés, y me dijo que no tenía tiempo de pensar en eso.
                                                                      


Desde aquí quiero homenajear a toda esta pléyade de mujeres anónimas que luchan y trabajan en silencio, sin quejarse, y con una sonrisa y una palabra amable siempre en sus labios.
¡Enhorabuena!, sois lo siguiente de las mejores, aunque nunca os den ni medallas ni homenajes por todo lo que hacéis.


En Madrid, a seis de marzo del 2017 

1 comentario:

  1. Jajajaja.... que peligro tienes.... no sé en quien te habrás inspirado para esta entrada. Te quiero. Besos

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