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miércoles, 30 de marzo de 2011

Agradecimientos

Muchas gracias a todos los que habeis hecho posible con vuestros escritos la finalización del relato "La propuesta". Si el final no os gustara, os desafío a que le busqueis uno, y me lo mandeis a mi correo electrónico o a mi blog en el apartado de comentarios.
Gracias a tod@s.
José Manuel

La propuesta (Continuación y final)

Nos quedamos mirándonos sin saber que decir o qué hacer. Daniel se encaminó hacia la entrada y empezó a llamarlo a gritos. Los demás, quizás contagiados no sé bien si de miedo o de nervios, también empezamos a llamarlo a voces, en distintas direcciones.

Arturo entró por la puerta principal tranquilo y pidiéndonos calma. Se había ido sin decirnos nada a dar una vuelta alrededor de la casa.

-He encontrado una escalera de manos escondida debajo de la ventana de la “habitación maldita”. Estaba camuflada entre zarzas y rosales silvestres. Por cierto que dicha ventana carece de rejas y apostaría algo que está abierta, pues he observado que entran y salen infinidad de murciélagos.

Todos salimos al exterior con la linterna que se había llevado Arturo para ver lo que decía.

Mónica se quedó sin habla al igual que los demás. El único que habló algo fue Daniel, que dijo:

-Joder que susto hemos pasado. Me parece que el clima de comienzo en esta casa no propicia sosiego para el estudio.

-Creo que lo mejor es irnos a dormir un poco, dijo Mónica, ya casi está amaneciendo.

Nos dirigimos todos al interior de la casa un poco fatigados y sin saber que más nos pasaría ese día.

-Bueno pues a dormir y mañana ya veremos, dije yo.

A pesar de todo, creo que el único que no pegó ojo en lo que quedaba de noche fui yo, que escuchaba ruidos y cosas extrañas en todas direcciones, a sabiendas de que muchos ruidos los producían los susodichos murciélagos.

Como no podía dormir estuve delante de la chimenea toda la noche, y en algunos momentos, en este duermevela, sentía una presencia extraña a mi alrededor, nada amenazante, como si me impulsara amablemente a descubrir algo para que su descanso fuese eterno, o a eso me llevó mi miedo.
Cuando ya era totalmente de día, me fui a la cocina para hacerme un café y de un pan de hogaza del día anterior, unas tostadas. Me engullí todo con mucho apetito, y en la chimenea con un libro, esperé a que se levantaran los demás.

No pude concentrarme en el estudio, era demasiado para mí todo lo pasado. La cabeza me daba vueltas. No entendía nada.

Fueron bajando todos y nos reunimos, bastante callados, alrededor de la chimenea, cada uno con lo que pillaron de desayuno.

Fue Daniel quien abrió la puerta y dijo:

-Ahí viene nuestro amigo Gerardo. Viene raro.

Gerardo venía demacrado, y al entrar en la casa tartamudeando, no sabíamos qué, se cayó de bruces en el salón, dejando al descubierto un hacha clavada en una sanguinolenta espalda.

Nos quedamos petrificados. Esto era demasiado.

En esto, Mónica se dirigió hacia él y dijo:

-Anda levántate que los vamos a matar.

Nos miramos todos estupefactos al ver como el que creíamos muerto se levantaba, como Mónica le quitaba el hacha de pega de la espalda y como nuestra mala amiga, rompía en una enorme carcajada.

-Todo ha sido una broma. Será la peor experiencia de vuestra vida.

                                                                             
Nos miramos todos sorprendidos y quizás descansados. Las risas solo eran de Gerardo y de Mónica.

-¿Y la “habitación maldita”?, dijo Arturo.

-Seguidme, dijo el guarda.

Subimos con él, que muy tranquilo abrió la habitación, viendo como todo el interior estaba lleno de murciélagos y de sus múltiples excrementos.

Había un gran mueble y una cama de hierro, que como yo había visto tenía acostado a alguien.

Este alguien resultó ser un coco tallado con cara de mono, y unas mantas tapando las almohadas, para que todo pareciera una persona acostada. El cabrón le había puesto hasta zapatos.

-Perdonadme la charada, pero todo fue idea de la señorita. Yo desde el exterior os apagué la luz todas las veces, y hacía los ruidos dentro de la habitación subiendo por una escalera desde el exterior.

-¿Y la historia del “capitán” que nos contó tu jefa?

-Esa es una historia muy anterior a que los padres de Mónica compraran la finca. Son cosas que la gente del pueblo habla en noches de tormenta para asustar a los niños.

-Tú y tu jefa sois unos cabrones con pintas. ¿Te enteras?

La “señorita” ya no se reía. Creo que estaba arrepentida de lo que había hecho con sus amigos.

Todos nos fuimos relajando y aceptando las disculpas, ¿Sinceras?, de nuestra amiga.

Gerardo nos anunció que nos haría para almorzar, un “arroz montañés” para limar asperezas.

-Yo os perdono todo, pero esta tarde me vuelvo para mi casa, dije.

Menos Mónica, todos estuvieron de acuerdo de que en este ambiente no se podía estudiar, así que después de comer nos marcharíamos todos, con gran disgusto de nuestra compañera, que veía claramente que se había pasado tres órbitas estelares con nosotros.

La comida y la bebida fueron fantásticas, ya que descorchamos algunas de las mejores botellas que había en la bodega, pero se había perdido ese espíritu de compañeros y amigos.

El guarda estuvo muy cortado todo el tiempo, pero sabíamos que él era un mandado.

Ya era bastante entrada la tarde cuando iniciamos el camino de regreso hasta donde habíamos dejado el coche. Cuando estábamos ya un poco lejos me volví a mirar la casa. No dije nada; pero en la ventana de la “habitación maldita” había una tenue luz que dejaba ver desdibujada, a una figura mirando cómo nos alejábamos.






                                                                             

lunes, 21 de marzo de 2011

La propuesta (Continuación)

Mis amigos se quedaron sorprendidos, pero sabiendo que yo era muy miedoso, se rieron diciéndome que todo era producto de mi imaginación. Quizás fuera así, pero de repente se escuchó un crujido de la madera del suelo en el piso de arriba, y nos miramos todos sin saber que decir.

Mónica que era la más sensata de nosotros, nos dijo que en todas las casas deshabitadas por un tiempo, suenan ruidos y desperezamientos de los materiales.

                                                                            
De todas formas se nos estaba metiendo el miedo en el cuerpo y nadie quería decir la frase clave. “Había que subir”. Y ¿Todos, o lo echábamos nuevamente a suerte?

Yo, desde luego, no quería volver. Al final decidimos subir todos y además de velas, nos llevamos una linterna que sacó Mónica.

Cuando ya llegábamos arriba, una ráfaga o soplo de aire nos apagó las velas, y a mí me pareció que una sombra rara se me cruzó, helándome la sangre.

Pero Mónica estaba más pendiente de iluminar con la linterna todo el pasillo de arriba, y nos iba dejando a los demás un poco rezagados.

La primera habitación del pasillo, donde yo creía haber dejado la vela y haber visto en la cama algo raro, estaba cerrada con llave.

Por lo visto esa habitación hacía años que no se abría, y nuestra amiga nos dijo que nos contaría la historia de dicha habitación.

En la siguiente habitación vimos el cuchillo ensangrentado en el suelo, y todo alrededor lleno de sangre. La vela, aunque apagada, estaba encima de la cómoda de esta habitación, de tres camas, que era donde habíamos dejado nuestros macutos.

Luego estaban la habitación de Mónica y dos habitaciones más; una la de sus padres, otra para invitados, y al fondo una estrecha escalera que nos dijo que conducía a una buhardilla donde había cachivaches de todas las épocas, ropas y fotografías de varias generaciones y libros por cientos.

En aquel momento se encendieron las bombillas del pasillo, con lo cual respiramos un poco más relajados, comprobando nuevamente que la primera habitación efectivamente estaba cerrada con llave. Le preguntamos si podíamos abrirla y quedarnos tranquilos, pero dijo que cuando viniese Gerardo, le preguntaría por la llave.
                                                                             
-Bajemos y tomemos algo para relajarnos, dijo Arturo.

-¡Ah! Y nos cuentas la historia de esta misteriosa habitación.

Nos sentamos alrededor de la chimenea, y sacamos una botella de whisky que habíamos traído. Daniel prefirió beberse un orujo que encontró en la despensa.

-Pues bien, dijo Mónica, esa habitación que tan misteriosa os parece, perteneció a un hermano de mi abuelo Manuel, que después de jubilarse de la marina mercante, se quedó a vivir aquí con mi familia. Todo el mundo, incluido mi abuelo, lo llamaban “El capitán”.

Traía una enfermedad rara, de esas que se cogen en las selvas amazónicas. Se pasaba en la cama días y días soñando a gritos, sin comer y solo bebía a la fuerza lo que mi abuelo le obligaba a tomar, que eran alimentos licuados y zumos. El era quien lo cuidaba.

Cuando estaba despierto, se volvía muy agresivo, así que hubo que recluirlo en esa habitación. Incluso poco antes de morir, había que amarrarlo a la cama, pues intentó tirarse por la ventana varias veces por lo cual hubo que poner rejas, y atacaba a todo el que se le acercaba. Ya no respetaba ni a mi abuelo.

Lo que nunca me aclaró nadie es donde está su tumba, pues dicen los del lugar que son muy supersticiosos, que el cadáver desapareció antes de enterrarlo.

Entre la charla y la bebida se nos había hecho muy tarde, así que decidimos acostarnos con las luces encendidas y las puertas de las habitaciones abiertas.

Mañana veríamos las cosas de otra forma.

Pero al levantarnos nos dimos cuenta, de que no estábamos todos. Faltaba Arturo.



...Tú continúas.

jueves, 17 de marzo de 2011

La propuesta:

Escribir entre todos los amigos que seguís mi blog, un relato largo o una novela corta. Yo la empezaré dando los primeros pasos, y tú la continuarás de la forma que se te ocurra. Cada cinco o seis días iré introduciendo las aportaciones que me vengan al blog: http://josesibarguen.blogspot.com

Si te parece, las ocurrencias me la puedes mandar a mi correo: josesibarguen@gmail.com

O a mi blog en el apartado de comentarios.

Por favor, no hagas fracasar mi invento y dime como seguir.

Un abrazo.

Jose

                                                    ________________________



Había llegado la época de empezar a preparar los exámenes finales, que este año eran a principios de Marzo, así que decidimos mis íntimos y yo, aislarnos en algún sitio donde poder estudiar sin interrupciones ni distracciones.

Mónica, habló con sus padres y nos cedieron para estudiar la casa que tenían en la Sierra de los Filabres, a donde marchamos Daniel, Arturo y yo (Ernesto), junto con nuestra amiga.

La zona era de lo más agreste que yo había conocido. Sabíamos que los móviles no tenían cobertura, y que la única comunicación con el exterior era en teléfono fijo que los guardeses tenían en su casa al otro extremo de la finca.

Los últimos tres quilómetros hasta la casa lo hicimos andando, con la compañía de la nieve y de un carro con su mulo que llevaba nuestras pertenencias y la comida para los diez días que pensábamos estar.

El guarda de la finca, Gerardo, nos informó que teníamos en la planta alta las camas hechas, y en la vieja nevera de la gran cocina había lo más imprescindible para los primeros días. Así mismo había hecho un buen acopio de leña para la chimenea que había en el salón, ya que era la única fuente de calor para toda la casa.

Dejamos nuestras pertenencias en las habitaciones correspondientes, una con tres camas para los hombres y para ella su dormitorio de toda la vida. Encendimos la chimenea con la ayuda del tétrico y callado Gerardo, que se marchó diciendo que vendría todos los días por la tarde para ver si necesitábamos algo.

Acababa de irse el guarda cuando las dos bombillas de la parte alta se apagaron sin ninguna razón objetiva.

Echamos a suerte quien subía por la empinada escalera y ponía unas velas en los dormitorios. Me tocó a mí, que era miedoso en extremo, pero que no quería decirlo. Así que cogí las velas metiéndomelas en los bolsillos, menos una que encendí. También cogí un cuchillo grande de la cocina y empecé a subir los crujientes escalones entre las risas de mis amigos.

Puse la vela encendida en un mueble del primer cuarto, y al fijarme en la cama vi que había alguien acostado en la cama.

Pegué un enorme grito, se me cayó el cuchillo y al cogerlo del suelo, me hice un gran corte en la mano que no sentí hasta llegar abajo, que chorreando sangre y en estado de pánico les conté a todos lo que había visto.


…………….Tú continúas.

martes, 8 de marzo de 2011

La mala vida

Estábamos cuatro personas en el entierro del “Copita”. Su hermana lo encontró muerto en el piso en el que malvivía cuando ya llevaba una semana sin que nadie lo echara de menos. Estaba sentado en una silla, con una botella de coñac a medias entre las manos, y aunque le hicieron la autopsia, los que le conocimos sabíamos que el alcohol lo mató.

Entraba en el bar de la Plaza Mayor a las nueve de la mañana. Totalmente temblón pedía una copita de coñac, se sentaba frente a la televisión y encendía un cigarro tras otro al ritmo de las continuas libaciones.

Desaparecía al medio día y reaparecía sobre las cuatro de la tarde en el bar, donde seguía bebiendo hasta la noche, en que marchaba dando tumbos hasta su casa y en donde continuaba privando con lo que hubiera.

Se había peleado con toda su familia. Divorciado de su mujer hacía muchos años, no veía a sus hijos desde tiempo inmemorial. Ellos tampoco querían saber nada de un padre al que habían tratado muy poco, casi de visita.

No quería ningún testigo que le afeara sus borracheras diarias ni su alcoholismo reconocido. Solo su hermana le arreglaba el piso de vez en cuando y le llevaba comida que él casi ni probaba.

No hablaba con nadie. Solo pedía tabaco a todo el mundo, pues su economía dependía de una paga asistencial de 450 €. que se le iban en coñac y tabaco.


                                                                                  
Yo lo conocía de un tiempo en que hacía pequeñas reparaciones caseras de todo tipo. Un día casi borracho me explicó cosas de su vida.

En su juventud trabajó en varias salas de fiestas del Paralelo barcelonés, donde se encargaba de la luz y del sonido para los espectáculos de estriptis. También traficaba con cualquier cosa que le trajera cuenta, incluida las drogas.

Luego, ya casado, se embarcó de cocinero en un barco congelador. En este tiempo nacieron sus dos hijos, a pesar de que sus relaciones matrimoniales ya eran malas.

Su matrimonio se acabó cuando se enteró que ella tenía un amante, chulo de putas, que le sacaba todo el dinero que él le mandaba para mantenerse ella y sus hijos, a los que tenía supeditados a la caridad de los vecinos.

Me decía que la inconsciencia que le producía la borrachera lo trasladaba a otro mundo paralelo, donde su vida era otra totalmente diferente. Soñaba, en su delirio, que era rico y respetado por todos, sus hijos estaban en la universidad y su mujer, una gran señora, se ocupaba de la bolsa de caridad en su parroquia.

Esa doble vida le hacía desear el estado etílico, pues era completamente feliz viviendo esa existencia que no era la suya ni nunca lo sería.

Pienso que moriría soñando que montado en su caballo de pura raza recorría sus campos, aclamado por sus trabajadores que lo tenían como a un padre por su esplendidez y su bondad hacia ellos.

Quizás había pasado, sin darse cuenta, al tal vez otro mundo de amor y de felicidad donde ya no tendría que emborracharse para sentirse satisfecho y feliz como hasta ese momento, aquí, se le había negado.

Nunca mejor dicho que el amigo “Copita”, “pasó a mejor vida”.