lunes, 29 de septiembre de 2014

"Madrí, Madriz, Madrid,..."

Llevo un mes en esta bendita tierra que es la capital de España, “Mas” que le pese a alguno y algunos, y voy a aprovechar para hablar de mi experiencia personal y opinar sobre lo que he visto, pidiendo por  anticipado perdón a mis múltiples amigos que aquí nacieron  y viven, ya que todo lo que voy a contar es una humilde opinión sin ánimo de ofender a nadie.
La última vez que estuve bastante tiempo hace unos años, había una gran inseguridad en las calles; pues bien, en la actualidad hay una gran presencia tanto de policía nacional como municipal, por lo que se puede salir a cualquier hora sin problema.
                                                                      


Me ha asombrado lo difícil que era aparcar antes, y sin embargo ahora hay gran cantidad de aparcamientos en cualquier calle por céntrica que sea, y es debido a que han implantado la zona verde, por lo que hay que sacar un recibo introduciendo la matricula y el tiempo, de lo que dependerá el importe, y como te pases de la hora te cae una multa, pues para eso hay un personal que vigila.
Las avenidas del centro histórico, como en cualquier gran ciudad, es un “parque temático” de las mismas tiendas: El Corte Inglés, Zara, Mango, etc., y los bares y restaurante con alguna excepción, las mismas franquicias que en todos lados, y gente de toda raza y condición comprando impulsivamente con sus Visas Oro, que hay tantas que parecen que las regalaran cual cromos.
                                                                         


Tuvimos mi mujer y yo que utilizar la sanidad pública, pues se nos habían acabado los medicamentos y necesitábamos recetas. Acudimos al ambulatorio más próximo, nos dieron cita para el día siguiente, y al llegar a la consulta, el médico salió a la puerta   llamándonos por nuestros nombres, sin aglomeraciones ni bullas, y eso que entre los nativos tienen mala prensa.
En todo este tiempo hemos utilizado servicios públicos de transporte, y este es realmente bueno aunque un poco caro, incluso sacando tarjeta para varios viajes y combinados de bus y metro.
                                                                         


Y ahora viene la parte negativa, y es que Madrid está muy sucia, tanto en las calles como en sus monumentos y jardines a pesar que se ve al personal de limpieza, pero ver las papeleras llenas, los parques infantiles con cristales en sus areneros, cagadas de perros por doquier, no da una imagen bonita de esta bella ciudad.
                                                                             


Aquí se recicla poco, pues hay contados contenedores y estos son sólo para vidrio y papel, y no hay sitio para que cualquier ciudadano tire su basura, ya que cada comunidad tiene su contenedor donde va todo mezclado.
Por lo demás, dar gracias a esta ciudad que nos ha tratado divinamente y nos ha hecho sentirnos como de aquí, por lo que seguiremos viniendo largas temporadas.

¡Ah! Y un fuerte abrazo a todos mis amigos madrileños.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Santi "Lorenzo"


(Dedicado a mi nieto)

Como casi cada domingo en la mañana, salimos toda la familia a dar un paseo, tomar el aperitivo y que mis nietos se “desbravaran” lo suficiente como para que luego durmieran siesta.
De todos es sabido la afición de mi nieto Santi por los coches y las motos, pero lo que pasó ese día nos dejó atónitos y dándoles gracias a Dios y a los Santos por que no había ocurrido nada irreparable.
                                                                        


Sucedió que cruzábamos el último semáforo antes de llegar al parque, cuando mi yerno se paró con un amigo que iba conduciendo una gran moto, y mi pequeñín no paraba de decirle al padre que lo subiese a la máquina, y tan pesado se puso que el amigo cogió a Santi y lo montó en el enorme artefacto, que por cierto estaba arrancado, enseñándole al niño como se aceleraba y frenaba mientras este reía contento.
Ellos siguieron hablando mientras contemplábamos al muchachito feliz, cuando en un momento de distracción el niño aceleró y la moto salió disparada con el crío como único piloto.
                                                                         


Nos quedamos todos de piedra, pero al momento salimos  corriendo detrás del artefacto que había iniciado su carrera a través del césped, menos mal, y nosotros gritábamos para que el niño parase y avisábamos a gritos a cualquiera que pudiera estar en la trayectoria de la moto, pero aunque esta iba desacelerando por efecto de una subida, cuando llegó a lo alto volvió a coger cierta velocidad e iba directo hacia una zona de artilugios infantiles donde jugaban algunos niños.
Ya todo el parque estaba pendiente de Santi y de la moto que empezó a hacer eses sin que nadie la dirigiese, pues el chico iba riéndose a carcajadas disfrutando el momento sin atender a las personas cercanas ni lejanas, aunque ¿Qué iba a hacer él si era la primera vez que se encontraba en esa situación?
                                                                       


Pero el momento álgido llegó, cuando antes de llegar a los juegos del parque del que los niños, por cierto, habían desaparecido, una barrera de setos se interponía para llegar a estos, por lo que fue lo que frenó a la moto que cayó hacia un lado y el niño saltó limpiamente por encima, hasta aterrizar sin daños en una piscina de blanda arena, en donde siguió riéndose como si nada.
La madre fue la que llegó primero y lo abrazó llorando, el padre aún jadeante le reñía y la abuela era la más perjudicada, pues la tuve que sacar de un ataque de nervios.
El dueño de la moto recogió ésta e hizo mutis por el foro por si acaso le echábamos la culpa a él, y nosotros nos dirigimos poco a poco hacia un bar cercano para aplacarnos y acabar de serenar a la abuela, que ahora lloraba como una Magdalena ante la mirada del niño, que con tres añitos, no sabía el por qué de nuestro enfado y lloros.
                                                                       
   

Bueno,  pues  lo único que espero visto lo visto, es que ya que Santi apunta maneras de campeón de motociclismo, llegue a ser un día un Jorge Lorenzo cualquiera, aunque la familia se ataque de nervios y lloros.

sábado, 13 de septiembre de 2014

El cotilla que vio una tragedia

Habían trasladado a mi hijo Alberto a Madrid, y nos habían dado provisionalmente y hasta que encontrara piso, un apartamento en un céntrico apartotel cercano al Paseo de la Castellana, y aquí estábamos para echar una mano en lo que se nos requiriera.
Me encontraba sólo a la caída de un día casi otoñal, cuando salí a la terraza a fumarme un cigarro, pues era la única zona en que me permitían mi asqueroso vicio  perjudicial, cuando me entretuve mirando los ventanales de los pisos de enfrente, y mi vista se paró en una ventana donde se veía a una pareja, el bien vestido con traje y corbata, y ella en bata de casa, pareciéndome que ambos mantenían una discusión bastante brusca, pues ella en un momento dado propinó una tremenda bofetada al que parecía su pareja.
                                                                         
    
Mi curiosidad pudo más que mi prudencia, por lo que cogí unos prismáticos que tenía mi hijo en su dormitorio para mejor ver qué ocurría  allí.
Empecé a mirar en el momento que parecía que la bronca se había aplacado, y que él cogía un pequeño maletín y se marchaba.
Ya sólo veía un televisor encendido, pero al enfocar la entrada del edificio, vi como el hombre trajeado salía y se metía en un coche aparcado cerca, pero que no se marchaba.
Estaba enfocando la ventana por última vez antes de marcharme, cuando vi como la mujer que había visto anteriormente, se abrazaba a un joven muy alto en ropas deportivas que al parecer acababa de llegar, y se fundía con él en un fuerte abrazo y ambos se echaban en un sofá o lo que parecía una cama cercana.
                                                                     


Durante un rato no veía sino el encendido televisor, pero no quería marcharme sin ver si aquello terminaba de alguna forma, por lo que encendí otro pitillo y mantuve mi voyerismo en espera.
Apenas transcurridos diez minutos, apareció en mi cristalera espiada nuevamente el personaje que había visto meterse en el coche aparcado, pero ahora venía sin maletín pero con un revolver que apuntaba a un sitio que yo no veía, pero al momento la mujer se levantó de donde estaba y escuché claramente una detonación y observé como la joven caía, pero en ese mismo momento, el chico que estaba con ella apareció en la acción totalmente desnudo y con un enorme cuchillo, abalanzándose sobre el del arma, sonando otro disparo, y cómo el trajeado tiraba o se le caía la pistola y se acercaba a la ventana ensangrentando los cristales con las manos, para caer a continuación.
                                                                      


Ya no se veía a nadie, sólo el televisor encendido que salió de mi visión cuando alguien cerró de golpe las cortinas.
Todo estaba tranquilo, parecía que solo yo había presenciado esta tragedia, de forma que apelando a mí deber ciudadano, marqué el 112 y expliqué lo que había visto.
No pasaban de tres o cuatro minutos, cuando un enjambre de coches de la policía nacional, municipales en coches y motos, y tres oscuros coches de los que bajaron lo que yo entendí, como inspectores de policía. Ah, y dos ambulancias.
La calle había quedado totalmente cortada por la policía local, y un sinnúmero de curiosos lo abarrotaron todo de momento, y yo permanecía en mi observatorio a la espera de acontecimientos.
Lo siguiente que vi, fue a un señor que descorriendo las cortinas y abriendo los ventanales, me hizo señas para que bajara hasta el portal y lo esperara, lo cual realicé de inmediato.
Llegué a la barrera improvisada, y le indiqué al agente que me esperaban, llamando este a un compañero para que me acompañara hasta el sitio.
                                                                       


Lo primero que me extrañó es que las camillas salían vacías, y ya no pude ver más, pues el inspector que se me identificó y me había hecho señas desde la ventana, me apartó del tumulto cogiéndome del brazo, hasta llegar a la esquina de la calle donde nos paramos.
-Ha sido una falsa alarma. ¿Usted fue quien llamó, no?
- Pues sí, y lo que vi fueron seguro varias muertes o gente muy mal herida.
- Lo que usted vio, me dijo con una media sonrisa, fue el rodaje de un video casero, y sin muertes ni malheridos. Rodaban un corto para un concurso en Chinchón, que por cierto si lo quiere ver por internet se llama: “Odio, celos, malos tratos y quizás muerte”.
Me quedé de piedra ante la noticia recibida, pues para una vez que podía haber sido útil, era todo un chasco del que me sentía bastante ridículo. Eso sí; me pidió que cuando me viniera bien pasara por la comisaría más próxima para hacer un informe completo de lo que me hizo llamar a “emergencias”.
Puedo jurar que no conté nada a nadie ni siquiera a mi familia, pues no quería servir de cachondeo de la plebe, pero al día siguiente algún periódico lo publicó en plan de coña marinera.

Esto me pasó por cotilla y mirón, y me lo tengo merecido, pero siempre me queda el regusto de que si hubiese sido verdad, sería un envidiado ciudadano.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Asesinato en el parque


Apareció en portada y a toda página en un periódico tendencioso, la foto de un cadáver cubierto con una sábana y rodeado de policías nacionales. El pié de foto decía así:
Muerto el secuestrador del parque de un disparo cuando intentaba huir”.
En el interior, relataba cómo el presunto secuestrador y violador de cuatro niñas, al ser descubierto llamando a una menor que jugaba con otras pequeñas, fue rodeado por varios vecinos y al intentar huir, un guardia de seguridad le había disparado muriendo en el acto.
Esta es la primicia errónea dada por este rotativo que nunca rectificó, y ahora la noticia en los demás medios de comunicación.
                                                                                 
     
Eustaquio, pues así se llamaba el presunto raptor, había sido un joyero de fama en una ciudad del sur de España en años pasados, que viendo que su negocio decaía peligrosamente, amplió su establecimiento a otros artículos afines, entre ellos los relojes, creando su propia marca que empezaba a dar frutos.
Para esto, compraba las maquinarias a una empresa china, las carcasas y las correíllas se las hacían aquí según sus criterios de diseño, para lo cual creó una empresa con seis empleados que montaban y terminaban los relojes.
Estando casado desde hacía dos años y su mujer de seis meses de gestación, fue cuando sucedieron los hechos que lo llevaron a la ruina total y a su desgracia personal.
Pasó, que la empresa china le hizo una irresistible oferta si compraba gran cantidad de maquinaria al contado, por lo que vendió cuanto tenía y se embarcó en el fallido negocio, pues su dinero desapareció igual que la fábrica china, dejando a un montón de empresarios en la ruina, entre ellos a Eustaquio.
                                                                          


Y como las desgracias no vienen solas, su mujer lo responsabilizó de todo y le pidió el divorcio inmediato.
Decidió desaparecer para empezar de nuevo en algún lejano lugar, pero antes le entregó a su ya exmujer para que pudiese subsistir con el hijo que venía, lo único que le quedaba de valor, y era una bolsita de terciopelo rojo con cierta cantidad de valiosos diamantes, herencia ancestral de su familia.
Pasaron los años, y el fracasado joyero volvió a levantar cabeza, e intentó por todos los medios a su alcance contactar con su anterior pareja y su descendiente, pues hasta ignoraba si era varón o hembra, y viendo que pasaba el tiempo y no lograba conocer el paradero de ella, encargó a una empresa de detectives su localización.
Apareció en la otra punta del país, tenía una hija de ocho años que se llamaba Ana, y se había casado con un afamado abogado.
Puesto en contacto finalmente con ella, pidió y rogó de todas las formas posibles conocer a su hija, pero sólo encontró negativas, y acusaciones con insultos y amenazas.
                                                                            


Había constatado que su hija bajaba a ese parque en compañía de una señora sudamericana, y un nefasto día se atrevió a llamarla: “Ana, soy tu padre”.
La niña se asustó ante este desconocido y empezó a gritar llamando a su tata, ésta también empezó a pedir socorro pensando que le querían raptar a su niña, acudiendo gran cantidad de gente que empezó a pegar a Eustaquio con todo: patadas, puñetazos, piedras, palos, etc. Llegaron varios obreros de una obra cercana y la emprendieron a martillazos con él, y al intentar escapar en su último halito de vida, un seguridad le disparó a quemarropa causándole la muerte inmediata.
Su última palabra fue: “Ana, hija…” con la única foto que tenía de ella apretada en la mano.
¿A quién culpamos del asesinato de esta persona al que sólo movía el humano cariño por su hija?
Linchar y después preguntar. Ustedes mismos.