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jueves, 16 de noviembre de 2017

Mentiras

Esto está llegando a un término del todo insoportable. No te puedes fiar de nada ni de nadie, porque no es que alguien mienta, sino que se hace raro que alguien vaya con la verdad por la vida.
                                                                    


Tienes que leer varios periódicos para poder sacar alguna conclusión clara sobre alguna noticia, te mandan correos electrónicos y WhatsApp que son mentira o cuando menos tendenciosos (sobre todo si tienen que ver con la política), que te obligan a pensar en la persona que te los mandan y en la credibilidad que tiene para ti; los anuncios comerciales de todo tipo te hablan continuamente de regalos o de grandes descuentos tramposos, te llaman para verte y venderte algo invendible con el pretexto de que quieren hacerte un regalo, etc., etc., y así hasta el infinito.
                                                                  


Y qué decir de los rumores y los cotilleos fomentados por el ansia de protagonismo, tanto por el que señala como muchas veces por el señalado. Es como si del que no se habla mal, (pocas, muy pocas bien), no existiera, como si esos extraños del que nadie habla fuera un bulto entre las gentes “que son alguien” en TV, o en las redes sociales, o en tu pueblo y pequeña comunidad. Esto ha dado lugar a que no se avergüence nadie o casi, porque se aireen sus intimidades, pecados, y demás.
                                                                    


El colmo es ya, que se asistan a las retransmisiones de los juicios como si de algún evento deportivo se tratara, esperando declaraciones de los protagonistas antes y después de estos, a veces para preguntar sobre cosas que no tienen que ver sino con el morbo del respetable, por lo que se destrozan reputaciones con la condena del  público antes de que el juez las condene, porque si a este se le ocurre absolver al presunto reo, casi nadie se enterará; a nadie interesa las ¿buena? noticias.
¿Cómo hemos llegado a esto?
                                                                      


Yo opino que es un problema de cultura principalmente, aunque no solo, pues conozco a gente de buena formación y preparadas, que son acérrimas forofas de todo este circo mediático, y aun cuando no se traguen las mentiras, no las denuncian, ya que esto nada les reportan.
                                                                      


Os diré, que como tengo tiempo y además odio las mentiras y a los embusteros, me entretengo en contestar todo lo falso que leo, y no se me caen los anillos porque a menudo me insulten cuando en las redes sociales o en algún diario, atisbo la realidad de la manipulación de un hecho o una noticia incierta. Alguna vez incluso me han vetado en un grupo por decir a algún individuo que miente, y es curioso como en vez de darme pruebas de lo que dice, me conteste con insultos y descalificaciones llamándome de todo.

Si no estamos alienados, no debemos de creernos nada de lo que nos diga cualquier cretino solo porque tenga 500.000 seguidores en twitter, en Facebook o en instagran, sino que no hay que  tener reparos en denunciar las mentiras y al embustero.
"Nunca es triste la verdad, lo que no tienen es remedio".

lunes, 6 de noviembre de 2017

Tropiezo de justicia

Estaba profundamente dormido, cuando el timbre de la puerta me despertó. Me puse el batín y fui a abrir, pues el que llamaba parecía que se había quedado pegado al llamador, y al abrir la puerta me encontré ante un desconocido que me dijo que venía a entregarme una carta urgente del juzgado.
                                                                 


Aquello me dejó perplejo, por lo que procedí a la apertura de la carta no sin cierta inquietud, pues nada bueno podía esperar de la misiva, leyendo rápidamente que se me citaba para que en el menor tiempo posible compareciera ante el juez, pero sin que se me anticipara la causa de la citación.
Me vestí, y me dispuse, después de tomarme un café y fumarme un cigarro, a la inesperada cita que me había disparado los nervios.
                                                                    



El primer inconveniente vino cuando al pasar el arco de seguridad, aquello empezó a sonar por lo que me vacié los bolsillos, pero aquello seguía sonando, por lo que le advertí al seguridad que tenía una prótesis y que sonaba por eso, pero el gorila que me miraba con mala cara, después de cachearme a conciencia, me dijo que me desnudara y que pasara por los rayos X, por lo que lo obedecí bastante mosqueado. ¡Bien empezaba aquello!
Ya pasado el trámite (el tío ni se disculpó ni me dirigió la palabra), me hicieron esperar ante una puerta donde me dijeron que me llamarían, lo que hicieron pasado mucho tiempo.
                                                                    


Apuntaron todos mis datos y me pasaron a otra habitación donde había varias personas sentadas, y el que parecía el juez me dijo sin más prolegómenos que habían recibido la denuncia de un vecino al que yo miraba mal, y que aquello era grave.
Le pregunté el nombre del denunciante, pero no me lo quiso dar, y me conminó a que dijera lo que quisiera en mi defensa. Me quedé bastante perplejo, porque aquello, aunque fuese verdad ¿Era delito?
                                                                      


Me lancé a discutirle que nadie podía interpretar una mirada mientras no hubiese alguna acción o palabra con consecuencias, pero aquel mohoso vejestorio se mantuvo en sus treces de que aquello era grave, ante lo que yo le dije que si estaba de broma, a lo que indignado me dijo que estaba faltando a la seriedad del acto.
Y en ese momento ya no pude más y empecé a despotricar de la justicia y de los jueces que no tenían otros asuntos más serios que tratar, por lo que llamó a un aguacil y me detuvo por desacato al tribunal.
                                                                 


Me metieron en un deteriorado calabozo con olores a pipí y a suciedad, junto a un tío que dormía estirado en el único banco de la celda. No paraba de darle vueltas a aquello ¿Sería una broma de alguno de mis amigos? Pero no, no podía ser; la cara del juez no denotaba relajación.
Vinieron a llamar y llevarse al otro tío, pero viendo que no se despertaba entraron a despertarlo, pero por muchos golpes que le daban  no se movía, cuando uno de los dos guardias dijo: ”Está muerto y posiblemente este de aquí lo ha matado para que no testifique”
                                                                      


Aquello ya era demasiado, por lo que empecé a gritar y  a llorar de rabia por aquella total impotencia que me embargaba, mientras aporreaba los barrotes con la cabeza, abriendo mucho los ojos de asombro absoluto cuando uno de aquellos guardias me gritaba y me apuntaba con una pistola. Aquí desperté.
Estaba en mi cama, con una tremenda jaqueca, sudando y con el corazón latiéndome a más de mil.

Bueno, no era una broma, pero había sido un maldito mal sueño.

domingo, 29 de octubre de 2017

Palabras y convivencia

En el rico diccionario de la lengua española, tenemos un sinfín de palabras grandilocuentes, que a pesar de tener su correcta definición, no para todos significan lo mismo.
                                                                  


Lo que la palabra libertad significa para el adolescente castigado sin salir, no es lo mismo que para el ladrón o delincuente que está recluido en la cárcel, o para el ciudadano que se tiene que ceñir a unas normas de convivencias que no le vienen bien, o que le son contrarias por sus creencias o  por su filosofía y modos de  vida.
                                                                    


En nuestra conversación diaria con familia, amigos y compañeros, solemos discutir por cosas importantes y por algunas no tan esenciales, pero es  el valor subjetivo que le damos al léxico empleado, el que nos acerca o nos aparta de los demás, ya que a veces no entendemos que para otra persona no sea importante o exacto lo que en nuestro criterio lo es. De aquí lo difícil que es “ponerse en la piel del otro”, por más magnánimos que seamos, o por más que intentemos entender al diferente.
                                                                      


Y es aquí  donde surgen los males con que nuestra relación con los demás nos castiga a veces; caer en el precipicio de la intolerancia, la incomprensión e incluso en el fanatismo, ya que malentendemos que si no podemos convencerlos, mejor apartarlos, tacharlos, acallarlos y en ocasiones extremas acabar con ellos en forma física o con el ostracismo.
¡Si no podemos con el diferente, hay que eliminarlo! No vaya a ser que contagie a los demás y que seamos nosotros los apartados del grupo; nosotros, los que nos consideramos en la verdad absoluta Es lo que decía un pariente mío bastante autoritario: “No hay discusión. Lo digo yo, y basta”.
                                                                  


Es de todo esto de lo que han surgido las revoluciones, las guerras, los guetos, y que han devenido en grandes miserias y perjuicios para la vida y la convivencia de las gentes sencillas. Porque sus preocupaciones son otras bastantes más primarias, como pueden ser el trabajo, la salud y criar a sus hijos de la mejor manera posible para que puedan defenderse en la vida.
                                                                     


Pero a los hijos, además de cubrir sus necesidades primarias, también es importante educarlos en la tolerancia, señalarles que el que piensa diferente a ellos no es su enemigo, que todo se puede hablar sin sofocos, y que normalmente el que grita es el que menos razón tiene.
                                                                       



En tiempos en donde el idolatrismo por lo propio es la principal causa de los males que aquejan a esta sociedad enferma, estas palabras sonaran raras, ajenas, pero si dejáramos a un lado el yo en beneficio del nosotros o del ustedes, ya iríamos mejorando y lo mismo tendríamos solución como especie inteligente.

lunes, 23 de octubre de 2017

El capricho

¡Por fin lo había conseguido! Llevaba juntando cerca de un año para comprarse las zapatillas de su vida, que no eran otras que unas carísimas Nike por las que suspiraba cada vez que pasaba por la tienda.
                                                                     


Había ido juntando euro a euro, gastando sólo lo imprescindible, ya que tampoco se quería quedar enclaustrado en su casa; tenía diecisiete años, y la realidad es que le encantaba salir con sus amigos y amigas, que incluso alguna vez lo tildaron de tacaño por lo corto de sus gastos, pero aquel lujo de 265 € que se pensaba permitir, bien que le merecían la pena. ¡Era lo más chulo del mundo poder calzarse aquello!
Disfrutó del momento en aquel magnífico día de otoño, ya con el dinero en el bolsillo, camino de la tienda de deportes.
                                                                      


Cuando llegaba cerca de adónde iba, vio una pareja de mediana edad con dos niñas pequeñas y con un gran cartel en donde ponía que eran sirios que “estaban durmiendo en un coche viejo porque lo habían echado de su casa por impago del alquiler, que no tenían trabajo y que estaban pasando mucha necesidad”.
Nuestro joven amigo, se les quedó mirando porque se le partía el corazón contemplando aquella desgarradora escena, pero siguió andando hasta la tienda, en donde se quedó un rato parado en su escaparate observando aquel lujo ya a su alcance, pero algo en su interior no lo tenía contento. ¿Era justo que él se comprara aquello, que en realidad no necesitaba, habiendo personas que carecían de lo mínimo?
                                                                      


Volvió sobre sus pasos, se acercó a la familia y les preguntó que cómo habían llegado a aquello y que si habían buscado trabajo.
La mujer no entendía nada, pero el que resultó ser su marido, chapurreando inglés, salpicado de algunas palabras en francés y unas pocas en español, le contó lo siguiente:
“Antes de empezar la guerra, teníamos un próspero negocio de frutas y verduras en Aleppo, pero un día temiendo por nuestras vidas a causa de la guerra y los saqueos de bandas organizadas,  malvendimos todo lo que teníamos y decidí sacar a mi familia de aquel infierno, dirigiéndonos hacia la costa. Llegamos a Baniyas, donde estuvimos un montón de tiempo esperando la oportunidad de cruzar a Europa. En el camino nos fuimos quedando poco a poco sin dinero, pero ya con los últimos ahorros, logramos pagar a unas gentes para que nos llevaran a Grecia. Y no me preguntes cómo porque no lo sé, acabamos en el agua cerca de Mallorca en donde fuimos rescatados, ya a punto de morir, por una ONG que nos llevó a tierra. A partir de ahí hemos ido pasando de ciudad en ciudad pidiendo trabajo y comiendo y durmiendo en sitios de acogida, hasta que nos enteramos que un hermano de mi mujer tenía que estar por Sevilla, y aquí vinimos, pero llevamos más de tres meses y no lo hemos encontrado. He intentado buscar trabajo, pero quitando algún empleo de jornalero en el campo, no me lo han dado. No nos quieren a los inmigrantes.”
                                                                  



A estas alturas del relato, todos estaban llorando, niñas incluidas. Era desolador.
Ni que decir tiene, que sin dudarlo, nuestro joven amigo les entregó todo el dinero que llevaba para su capricho, y aunque se quedara sin zapatillas, aquello le pareció más importante.
¿Seríamos nosotros capaces de hacer otro tanto?

Con la mano en el corazón, piénsalo.

domingo, 15 de octubre de 2017

La busqueda


Necesitaba la tijera que siempre está en la mesa de mi despacho, en una taza con El lápices, bolígrafos, plumas y demás  utensilios de uso frecuente, pero no la veía, por lo que vacié la taza sobre la mesa, y no, no estaba, pero había  cosas que no eran de allí, como un pincel y unas grapas, por lo que lo volví a introducir todo llevando el pincel y lo otro  a su sitio.
                                                                         

Soy una persona moderadamente ordenada como buen nacido bajo el signo de Virgo, aunque lo que digo vaya muchas veces en contradicción con la opinión de la gente que me rodea; pero yo a lo mío,  que era encontrar el objeto deseado, por lo que saqué el costurero para ver si las tijeras estaban ahí,  pero tampoco, aunque estaban fuera de lugar, un imán de nevera, un bolígrafo y un viejo tiquet de compra, lo que tomé para dejarlo en su sitio, no sin antes de que se me cayera una caja mal cerrada con no se cuantos botones de todos los tamaños.
                                                                           

Arreglado el desaguisado, continué  con la búsqueda por la caja de herramientas, donde tampoco, pero si había un alargador, un bote de pegamento, un metro de costura y una regla que no debían  estar allí, por lo que las devolví a su lugar.
A continuación,  miré por las estanterías y  otros muchos cajones, donde me dediqué a seguir llevando cosas a su natural ubicación;  rompí un montón de papeles con lo que llené una bolsa para reciclar, arreglé  un cajón que no cerraba, encontré  una caja de chinchetas perdidas desde Navidad, contesté  a un montón de mensajes del móvil,  discutí  con una señorita que quería  que me suscribiera a una revista, y no se ya cuantas cosas más,  llegando un momento en que me quedé mirando a la nada, desorientado. No sabía el por qué  de aquella actividad tan desenfrenada ni lo que me había  llevado a este estrés.
                                                                             

Me senté en mi sillón de orejas a meditar, pero la taquicardia que tenía me hacía no concentrarme, por lo que lo intenté   cerrando los ojos y casi me quedo dormido antes de que mi mujer me preguntara qué  íbamos a comer. Se me había olvidado preparar el almuerzo.
Ya por la tarde después de la siesta, empecé a preguntarme qué es lo que había estado buscando tan denodadamente y no me acordaba.
Algunas veces merece la pena no perder el tiempo en ciertas cosas, pero ¿Quién define lo que es importante y lo que no?
Hay veces que perder el tiempo merece la pena.


jueves, 5 de octubre de 2017

Sentimientos y razón

Hay quien opina que nacemos libres, y quien dice que ya venimos a este mundo condicionados por muchas cosas: genes heredados, raza, condición social, ambiente, educación, etc.
                                                                   


Pero lo que si hacemos a partir de cuándo vamos creciendo, es dejarnos influir de forma no consciente, sobre todo en los primeros años, del ambiente que nos rodea, de la religión de nuestros progenitores, de la gente con la que nos tratamos o con quien nos relacionamos más de cerca, de forma que así empiezan a aflorar en el individuo las primeras emociones y sentimientos.
                                                                  


Estos pueden ser positivos, como el amor, la solidaridad, la empatía, pero también pueden ser negativos, como el odio, los celos, la tristeza etc., pero  es indudable que nadie es indiferente a esta fuerza que, aunque mucha gente crean que emanan del corazón, vienen del cerebro, ya que nuestro corazón no es otra cosa que un músculo muy importante y fundamental en nuestra envoltura, pero un músculo al fin y al cabo.
Todo este preámbulo viene a colación para decir, que hay una gran diferencia entre la fuerza de las emociones y sentimientos y la frialdad de  la razón empírica, siendo esta por la que nos deberíamos guiar, ya que esta es la que nos hace más sabios, más justos y más solidarios.
                                                                       


Y en verdad que es difícil en algunas ocasiones de nuestra vida, hacer que nuestra razón anule los sentimientos o por lo menos que los ponga en duda, ya que más veces por desgracia nos sucede lo contrario, por lo cual nos volvemos, casi sin darnos cuenta, en seres manipulados, obcecados y hasta injustos, con lo que somos peores personas, y la mayoría de las veces esto nos sucede sin darnos cuenta de lo parciales que nos volvemos al hacer prevalecer nuestros sentimientos por encima del sentido común.
                                                                    


De todos los sentimientos negativos (malas emociones), emanan la mayoría de los conflictos entre los humanos: Guerras, genocidios, hecatombes y desgracias sin cuento, que en la mayoría de las veces sabemos cómo empiezan, pero que nunca valoramos razonablemente en donde acabaran.
                                                                     


Es positivo tener sentimientos (buenos), pero sólo la razón es capaz de imponerse en todos los conflictos, sean de la índole que sean, y aunque algunas veces debemos escuchar al corazón, otras es imprescindible pensar con la cabeza.

El corazón actúa por razones que la razón nunca entenderá.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Contenedor con sorpresa

A esa hora en que los murciélagos vuelven a sus cuevas, con la primera tenue luz de aquella mañana de otoño, me levanté, preparé el primerísimo café (mi droga), y me dispuse a tirar la basura, ya que la noche antes lo olvidé (me tocaba. Siempre me tocaba.) Y no quería ninguna mala mirada de reproche.
                                                                    


Estaba a poco más de cincuenta metros del contenedor y no me crucé con nadie; levanté la tapa y pegué un grito, con lo que la tapa cayó con estruendo. No era posible lo que había visto; un cadáver con aspecto de vagabundo, por lo que después de dudar un momento, pensé que lo mejor era llamar a la policía. Pero, ¿Era un muerto?
                                                                    


Decidí asegurarme de aquello, por lo que cogí una fregona vieja que estaba apoyada en un naranjo cercano, levanté la tapa, y aquello seguía allí, lo toqué con la improvisada pértiga, y el hombre pegó un salto al tocarlo, por lo que yo di un paso hacia atrás y solté la tapadera, que con gran estrépito  le pegó en la cabeza al presunto lo que sea.
                                                                  


Ya más tranquilo, volví a destapar aquella poza de inmundicias, y me dirigí a la persona que por lo visto sólo estaba durmiéndola mona:
“Pero hombre de Dios, ¿Qué hace usted durmiendo entre basuras? ¿No tiene casa?”
“Hace tiempo que no duermo en una cama de verdad. Desde que mi mujer y mis hijos me echaron de la casa por borracho, mi vida ha cambiado, y aunque quise dejar de beber, no lo he conseguido. ¿Me podría dar un euro para un café?”
“No tengo dinero encima. He salido sólo a tirar la basura, pero si quiere un café, venga conmigo y se lo doy en mi casa”.
                                                                     


“No, no, me dijo. Vaya usted a su casa por dinero y yo lo espero en ese bar que están abriendo en este momento”
Volví a casa, me vestí con algo más decente de lo que llevaba y cogí la cartera, y el tabaco, pues antes de volver me fumaría un cigarro para pensar en la inesperada situación.
Al volver al bar de la cita, estaba apoyado en el mostrador como si fuese el puto amo, bebiéndose una copa de coñac.
“¿No era un café lo que quería? Ignacio, le dije al dueño, no le sirvas más alcohol a este hombre” y le expliqué cómo lo había encontrado.
El susodicho, se nos quedó mirando a ambos con una sonrisilla de beodo, y dijo:
“Ya que habéis sido tan amables conmigo, os contaré algo”.
                                                                   


“El dueño de casa Eustaquio, en el pueblo de al lado, cada noche cuando cierra y me echa, me sube en su furgoneta y me deja cada vez en un sitio diferente para ver si así no vuelvo, pero lo que no sabe, es que cuando me tome las dos copitas a que usted me ha invitado, vuelvo a darle la tabarra, pues como siempre que le dejo a deber dinero se lo pago a trancas y barrancas, me aguanta.”
“He, oiga, Ignacio, cóbrese usted la copita de este hombre y no le ponga más”.
“Pero es que esa es la segunda. La primera se la bebió de un tirón”, me contestó el tabernero.

Me lo quedé mirando, pagué, y me marché de allí con más comprensión que cabreo. Al fin y al cabo, lo que le pasaba a aquel sujeto, (no sabía ni su nombre) le puede pasar a cualquiera. ¿No?