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lunes, 21 de agosto de 2017

Cualquier día

En pequeños algodones de nubes, allá donde un océano se une al cielo, te detienes un momento. Es uno de esos paréntesis en donde parece que la mente está en blanco; es un pequeño soplo quieto, sin aires, pero que sin embargo quedas dormido en ese aleteo neuronal sin ganas de dar otro paso, planteándote si verdaderamente quieres darlo, o si prefieres quedarte suspendido para siempre en las profundidades de tus adentros.
                                                                


Es verano, y las vacaciones se disfrutan más antes de empezarlas, cuando tus expectativas parecen infinitas, cuando quieres hacer todo aquello que no pudiste hacer antes por falta de tiempo, de dinero, de oportunidad o por algunas otras razones espurias.
                                                                    


Despiertas tarde, cuando tu metabolismo ha cumplido y sólo te queda dolor de cabeza o nauseas, en justo castigo a los excesos de la noche anterior, donde todo fueron risas, medias palabras al oído de aquella muchacha, achuchones y roces malintencionados  que acabaron en conquista o en chasco desilusionado, pero era eso para lo que viniste aquí, por lo que llevas meses anhelando y contando la resta de los días.
Te gusta pasear con tu cámara colgada, al acecho de esa foto única, de ese momento especial del que quieres dejar constancia, y no por lo que ocurrió, sino por lo que no pasa en ese espacio desmesurado donde cada uno retoza lo mejor que sabe, donde el individuo se pierde en ese tragamundos que le llama con promesas idealizadas y únicas.
                                                                   


Y sigues en tu mundo, donde a algo le sucede lo siguiente sin ánimo de continuidad o de estancia, sólo porque sí.
Sin embargo, la vida continúa para que tú puedas ejercer tu ocio. Gente que trabaja, que está pasando, a lo mejor, por malos momentos, y desde luego también personas que le dicen adiós a la vida, que en ese preciso instante están ya en una ocaso no elegido.
                                                                     


Ya anochecido y sin nada mejor que hacer, estás tomando algo en el bar de tu hotel, cuando te enteras, que en un punto que tú conoces, ha muerto gente, han asesinado a personas como tú, de vacaciones, que paseaban tranquilamente por unas ramblas después de comer, tomándose tranquilamente un helado entre puestos de flores y terrazas, con sus niños de la mano, y que todo se les trucó por un infierno que no habían escogido, por decisión de unos descerebrados  en nombre de un dios sólo inventando en sus truculentas mentes deformadas por el odio a lo diferente.
Se te quitan las ganas de todo, te pones en la piel de otra gente y de otras vacaciones, y piensas que podrías haber sido tú.
                                                                    


Malditos sean todos los cobardes que infectan a críos, a gente sin cultura y desilusionada, y los inducen a matar mientras ellos siguen en sus palacios y sus riquezas, enfangados en sus orgías de sangre gozando de un macabro poder que se les escaparía de otra forma.
Malditos sean los que matan en nombre de Dios o de banderas, los que contagian el cáncer que les corroe y encausan sus fracasos haciendo daño a los demás.
Ya están en su infierno. Todo lo pagarán aquí y pronto. Y nunca, nunca, ningún dios los acogerá.


En Villanueva del Ariscal, a 21 de agosto del 2017

lunes, 14 de agosto de 2017

Gestos y maneras

Confesaros que disfruto jugando al póker, por lo que me bajé un juego gratuito en la Tablet para medirme con varios contrincantes, y la verdad es que no se me da mal. Jugamos en la variedad de póker descubierto.
                                                                


Como sabéis, me gusta observarlo todo y sacar consecuencias que sirvan en el día a día, y la verdad es que  las actitudes del juego se dan paralelamente en la cotidianidad del tránsito por la vida, y os pongo ejemplos.
                                                                 


Está el jugador miedoso que nunca arriesga nada, y sólo va cuando está seguro de que nadie le puede ganar, y una vez conseguida la ganancia grande o pequeña, se retira a contar sus fichas. Es una actitud cansina en que no se disfruta de un  juego donde hay que arriesgar, aunque sin hacer locuras.
                                                                    


Otro tipo de contrincante es el que arriesga todo tontamente sin ver las cartas, por lo que casi siempre suele perder, y hará lo mismo en la siguiente mano hasta quedarse a cero. Va de loco por la vida, y no reflexiona en que su forma de ser puede traerle consecuencias graves.
Está el que va casi siempre de farol, esto significa que siempre miente, con lo cual es calado más temprano que tarde y acaba retirándose cuando ya no engaña a nadie. Es el clásico fantasma, del que todos conocemos  alguno.
                                                                 


También en el ganar y perder se nota de qué pasta está hecho cada cual. Está el que cuando pierde una partida, a la siguiente avasalla apostándolo todo, y si vuelve a perder, suele marcharse muy digno.
                                                                   


El que gana haciendo muchos gestos de excesiva alegría  con los emoticonos, algunos, como llamando tontos indirectamente a los demás y carcajeándose de ellos.Suele abandonar la partida inmediatamente después de perder, (tras demostrar su supremacía mientras va ganando) para regocijo de los que quedan.
¡Qué difícil es ganar, pero qué difícil es saber controlar tu alegría para no humillar a nadie!
                                                                         
  
En el juego no hay ni clemencia ni perdón; algo parecido con lo que sucede en el ámbito de una empresa cuando hay varios elementos luchando por subir en el escalafón para ser el indiscutible macho alfa o la hembra beta, y les da igual los despojos al lado del camino mientras ellos hayan ganado.
                                                                    


La vida no es blanco ni negro, ya que todos nos movemos casi siempre en los ámbitos intermedios. Quien no esté preparado para los reveses  o las victorias, que sólo durarán un soplo, vivirá amargado y no disfrutará de las pequeñas cosas, que son las que a la larga,  nos darán un estado de felicidad.

¡Feliz verano a todos!

viernes, 4 de agosto de 2017

Nenúfares

Era la historia de cada verano, aunque en este se veía agravado porque estaban en casa ajena, y siempre intranquilos, con cuidado de que nada se estropeara o se deteriorase, aunque con niños de seis y siete años, ya se sabe.
                                                                 


Las largas vacaciones de  críos intranquilos e imaginativos, les hacen no parar de inventar para no aburrirse (cabañas, casas en los árboles, rebuscar en cajones y armarios, secretas excursiones, y algunas tropelías como cuando enterraron al perro del vecino hasta el cuello, etc...),  por lo que lo que su madre, ya bien entrada la mañana y acabadas las tareas que cada uno tenía asignadas, los puso a ver en la televisión un reportaje sobre cultivos de plantas y jardines, y en concreto aquel episodio trataba de los nenúfares, y aunque protestaron porque querían ver dibujos animados, al final pareció interesarles aquello.
                                                                 


Los papás Carmen y Juan, junto a sus  dos pequeños, Ana y Dani, estaban pasando, como hemos dicho,  el mes de agosto en una casa que le prestaron unos amigos que habían volado al extranjero de vacaciones, y a la vez que cuidaban del chalet, pasaban un verano diferente, ya que por allí, a parte de una gran piscina y mucho campo junto al pueblo, había un precioso y cuidado jardín con un montón de plantas y flores, y hasta un pequeño invernadero.
Después del almuerzo de aquel domingo celebrado con una parrillada junto a la piscina, los chicos se quedaron viendo la tele, y los cansados progenitores decidieron que se merecían una siestecita.
                                                                   


Ya empezaba a declinar el calor estival cuando se levantaron, y observaron a los niños jugando en el jardín junto a la piscina, sin peligro porque ambos ya nadaban bastante bien, por lo que sentados en el salón con aire acondicionado, degustaron el café de la tarde y repantigados en ambos sillones, se dedicaron a leer un rato entre bostezos.
Ya llevaban un rato largo leyendo, cuando escucharon a sus hijos llamándolos, por lo que se dijeron: “¡Qué habrán hecho esta vez!”.
Antes de acercarse a la piscina, los niños dijeron que les iban a dar una sorpresa, por lo que les vendaron los ojos hasta el lugar convenido, y cuando se quitaron los pañuelos y miraron aquello, les entró de todo.
                                                                  


Para simular a los nenúfares que habían visto en la televisión, arrancaron cantidad de plantas y flores metiéndolas en la piscina: hortensias, margaritas, gladiolos, geranios, gitanillas, y otras que no sé nombrar, algunas incluso con sus tiestos, por lo que siguiendo las leyes de la naturaleza se habían hundido hasta el fondo del agua, tiñendo a esta de un sucio color marrón.
                                                                   


Juan y Carmen se quedaron tan asombrados que  estuvieron un rato sin reaccionar, por lo que después de mirarse con ojos  de “¿qué hacemos?”, ella tomó la iniciativa para reprender a los niños y empezar a desmontar aquel desaguisado, y ya estaba bien entrada la noche cuando más o menos todo estaba bajo control, pero la mayoría de los macizos de flores habían quedado descabezados, y esto, no tenía solución.
A la vuelta de sus amigos cuando entregaron las llaves, les dijeron a estos que una “tormenta de verano” había arrasado el jardín, pero lo del invernadero sin flores no pudieron explicarlo.
                                                                    


Volvieron a su casa en la ciudad los cuatro callados en el coche, porque las caras de sus amigos al despedirse denotaban enfado; y con razón.
Pero lo sucedido ya no tenía remedio, y al fin y al cabo “sólo eran flores”, como decía Ana, que aunque disgustada al igual que su hermano, intentaba quitarle hierro al asunto ante la torva mirada de su padre que se los hubiera merendado.
Pero bueno, otro verano más había pasado; pero es que de este, se iban a acordar siempre: Ellos y sus amigos.

Amén.

jueves, 27 de julio de 2017

Incidencias mañaneras

Estaba sentado en la terraza de mi acostumbrado bar esperando mi desayuno, (café con leche y pan integral tostado, con un ajo refregado, aceite de oliva y jamón) cuando desde que vi venir a lo lejos a mi amigo Sebas, con su sombrero, bastón y perro, constaté que venía contrariado por algo, pues el rictus de su cara no era la acostumbrada media sonrisa caustica. Una vez sentado a mi lado, encendido su primer cigarrillo y pedido el desayuno, le pregunté:
                                                                 


-Algo te pasa hoy ¿No?
-Anda, que he empezado la mañana bien.
- Cuenta -le dije.
-Es que las cosas que me pasan son que parece que me las invento de tan extrañas.
-Cuenta-le repetí.
-Pues lo primero que me pasó fue, que al sacar del armarito los avíos de afeitar, se me cayó el bote del masaje facial, y tuve que recoger los cristales estando descalzo, y luego fregar el suelo, que se había quedado pegajoso y resbaladizo.
(Ya había empezado a reírme bajito para no cabrearlo)
                                                                   



-Luego, siguió, me metí en la ducha y estando enjabonándome, noté algo extraño en la espalda, me refregué en el sitio y cayó al agua una salamanquesa. ¡Qué asco!
Salí de la ducha tal como estaba, y pegué un resbalón que casi me mato. ¡Qué porrazo me pegué en la rodilla!
(Mis carcajadas me impidieron seguir comiendo, casi me atraganto)
-Mientras tanto el bicho siguió corriendo, y yo persiguiéndolo con el chorro a presión de la ducha para tirarlo de los azulejos, de donde cayó al fin, pero ahora el problema era que no cabía por el sumidero y seguía coleando, hasta que cogí un trozo de  papel higiénico, lo agarre rabeando y todo, y lo tiré al wáter, en donde el bicho parecía submarinista, ya que tuve que tirar tres veces de la cisterna para que se fuera por la cañería.
                                                                   


Pero antes de ver como mi enemigo era engullido por el agua, me volví a resbalar hasta quedarme de rodillas frente al inodoro, así que vengo cabreado por dentro y por fuera. No veas los moratones que tengo.
Yo seguía riéndome, y él muy digno, empezó a desayunar sin mirarme.
-Bueno, le dije, ya que habías cogido al animal, por qué no lo tiraste por la ventana para que siguiera viviendo; es un bicho que solo come insectos y mosquitos, y te aseguro que no ataca a nadie. Pobrecita.
                                                                   


-¿Es que tú no ves los programas de animales de la televisión?-contestó. Yo he visto a esos lagartos cuando son grandes, como atacan al hombre o a cualquier animal por grande que sea para comérselos.
-Eso que tú has visto, son cocodrilos, que no tienen nada que ver con lo que has matado.
-¡Que enterao eres! Yo he visto hasta un reportaje en donde salía un bicho enorme de esos saliendo de una alcantarilla. Cuando esto te pase a ti, tú les echa de comer si quieres, pero yo los mato por si acaso.
Yo seguía riéndome sin poder acabar el desayuno, pero él consumía el suyo con la rapidez acostumbrada.
                                                                      


En un receso continuó:
-Ahora va a resultar que yo soy tonto y tú el listo.¡Enterao!
Pedí otro café porque el anterior se había enfriado, y seguí dándole la vara hasta que se despidió con gesto de cabreo, que ya era por mis pullas y por las carcajadas incontenibles.
                                                                   



-Ahí te quedas, so listo –me dijo dándome la espalda con toda la dignidad que pudo, y mirando al perro no fuera a ser que también se estuviera riendo.
Cuando ya iba un poco lejos, le grité:
-Sebas, que no has pagado y hoy te tocaba a ti.
Se volvió, me dio un corte de mangas, y siguió su camino.

¡Joder con el Sebas!

viernes, 21 de julio de 2017

Historia de los peces amarillos (Para Olivia y Santi)

En lo más hondo de lo profundísimo del mar, vivía una enorme familia de peces felices y contentos, todo el día ocupados en juegos y aventuras, bajo la atenta vigilancia de los papás, que se preocupaban de que esta enorme pandilla no se alejara demasiado ni cayeran en alguna de las muchas trampas que los hombres ponían para pescarlos y comérselos.
                                                                        


Todos eran del mismo color más o menos, unos más claros, otros más oscuros, algunos con rayitas, pero todos de un brillante plateado. Pero pasó que un día apareció de pronto entre ellos otro pequeñín muy diferente, ya ¡Que era amarillo!
Todos lo tomaron a broma y se metían con él diciéndole: “No te pareces a nosotros, eres de un horrible color, pareces un limón”.
                                                                    


Estos comentarios llegaron a oídos del papá que un día le preguntó a su esposa:
 ”Oye, ¿De dónde ha salido ese que no se parece ni a los demás ni a nosotros?” y la mamá respondió: “Es que me encontré al pobrecillo enredado en unas yerbas, y como estaba solo me lo traje con nosotros”
                                                                    


Y el padre le contestó: “Ah bueno, me parece bien. ¡Qué buena eres!”
Y así fue como nuestro “pez limón” (así empezaron a llamarle), iba siendo aceptado poco a poco entre sus hermanos y los demás vecinos, y lo que ya consiguió la aceptación completa  del grupo, fue cuando un día salvó a tres de sus hermanos de una red que habían tirado los hombres, rompiéndola con los afilados dientes que le habían crecido.
                                                                      


La maestra del colegio les explicó un día:
“Me parece bien el nombre que le habéis puesto a vuestro hermano, pues sabed que en todo el enorme mar hay peces con nombres como pez martillo, pez sierra, pez espada, estrella de mar y hasta hay uno que le llaman caballito de mar”
Pero he aquí que un día se dieron cuenta de que nuestro amigo iba perdiendo el amarillo, y que se iba transformado poco a poco en un pez de colores brillantes, y llegaron a ser tantos los colores, que se reunieron un día para ver de cambiarle el nombre al pequeñín que ya era grande, y como tenía tantas franjas de color y tan brillantes, acordaron en llamarlo “pez arcoíris”.
                                                                   


Pasado un tiempo, otros hermanos y amigos empezaron a pedirle a nuestro amigo algunas escamas de colores, ya que no querían ser todos de ese tono blancuzco por más brillante que fuera, y como era muy generoso, empezó a desprenderse de sus escamas para compartirlas con todos, y llegó un día en que como se quedó casi sin ninguna, volvió a ser amarillo como antes, por lo que volvieron a reunirse y decidieron por mayoría volver a llamarle “limón”, ya para siempre.
                                                                   
    
Y así fue, como hoy existe una gran abundancia de esos peces mezclados con todos los colores del arcoíris, y son de lo más normal.
La realidad es que todos son peces, sean del color que sean, y todos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones, y en esa convivencia son muy felices.

Los hombres debemos aprender de la sabiduría de estos compañeros, seres vivos de nuestra casa común que es la Tierra.

jueves, 13 de julio de 2017

Salir con luna llena

Ni era un vampiro, ni era supersticioso, pero aquella luna llena que flotaba en el cielo abandonado  de nubes y estrellas, y las altas temperaturas de julio, lo lanzaron a la calle en busca de no sabía bien qué.
                                                                    


Un día que su abuelo lo sorprendió buscando citas por internet, se lo había dicho posándole su arrugada mano en el hombro: “Juanito, en vez de citarte con nadie que seguramente te va a mentir, sal ahí afuera a ligar de primera mano cómo se ha hecho siempre, y no te equivocarás.”
                                                                      


No quiso coger el coche porque seguramente bebería, por lo que al salir de su casa hizo la primera parada en la cafetería de su amiga Daniela, con el disimulado fin de que lo orientara en la selva de la noche, en donde sabía que era una experta.
Pues si quieres, le dijo cuando adivinó su estrategia, en media hora cierro y te dejo en algún lado de los buenos, pero tú a tu bola, que yo soy mayorcita y también iré hoy de hembra depredadora”.
                                                                     


Y así fue como estuvieron recorriendo algunos locales, hasta que sin previo aviso su amiga desapareció sin despedirse. Bueno, ya estaba avisado.
Estaba a punto de marcharse él también de allí, cuando observó que una morenita de trasparentes ojos castaños, lo miraba disimuladamente, por lo que pidió otra copa y se fue al servicio a “retocarse”, y cuando ya el espejo le dio el “visto bueno” y salió, se tropezó en el pasillo con la dama en cuestión, pero es que se tropezó físicamente, por lo que después de las mutuas disculpas con intercambio de cómplices sonrisas incluidas,  se marchó a la barra, y al salir ella de la “toilette”, se atrevió a invitarla a una copa como disculpa por el incidente.
                                                                   


Se enquistaron ambos en una amplia conversación de conocimiento mutuo; las amigas de la chica se marcharon y ellos, sólo al aviso de que iban a cerrar, los apartó de la barra.
Ya en la calle, Juan dijo de tomar la última copa, pero ella pretextó que era muy tarde y que al día siguiente tendría que madrugar, por lo que se intercambiaron números de móvil, y ella se despidió, ya cuando había parado a un taxi, con un tenue beso en los labios de nuestro amigo, que lo dejó parado y sin reaccionar durante varios minutos, en que con una estúpida sonrisa, tomó el camino de vuelta a su hogar.
                                                                      


Aquello fue la primera de muchas citas y de muchos besos y demás (ya me entendéis), y vinieron otras lunas, y otras noches con y sin estrellas o nubes, pero ellos se siguen queriendo después de muchos años y muchas vicisitudes.
                                                                      


Y ya podéis ver que aunque esto parezca una historia rutinaria y sin sobresaltos, estaréis conmigo, en que a veces la vida es así de normal. O de anormal, según cómo se mire y quien.
                                                                     

miércoles, 5 de julio de 2017

Eternidad

Desde la más remota antigüedad, el hombre siempre se ha preguntado y temido por la muerte; por si ahí acaba todo, o si como el gusano enquistado en el capullo, se muere para convertirse en mariposa.
                                                                   


Otros pensadores más profundos han hablado, de que al igual que no nos acordamos de dónde venimos cuando nacemos al cuerpo, igual con la muerte pasamos a otro estado espiritual más pletórico, donde al no arrastrar la pesada carga del cuerpo, sus cambios y enfermedades, somos felices indefinidamente.
                                                                 


Hay muchas experiencias de personas que cuentan por ejemplo, que fueron atropelladas por un coche, y cuando estaban en coma, veían su cuerpo desde arriba y escuchaban todo lo que decían médicos y enfermeras, y cómo eran impulsados y se iban a velocidad de vértigo por un túnel hacia una cegadora luz, y eran recibidos por parientes y amigos en todo su esplendor, antes de despertar con los pitidos de los monitores.
                                                                   


Estas experiencias son comunes en gentes de diferentes religiones, incluso en no creyentes, y lo que es común a todos es que ya no le temen a la muerte, y algunos casi la desean.
Los científicos dicen que las experiencias cercanas a la muerte se originan en la fisiología humana, y “el cerebro disfuncional produce estos fenómenos”. Es la forma en que el celebro crea la muerte y la percepción de la realidad.
                                                                  


Y es curioso como esos recuerdos en estas personas, son más vivos que los que han vivido, como el primer amor, el nacimiento de un hijo o cualquier otro. La diferencia con la realidad era muy grande. Aunque la realidad nos dice que no puede haber una experiencia real y consciente sin actividad cerebral.
                                                                   


Nunca es demasiado tarde para decir a un moribundo, aunque esté en coma, “lo siento”, o “te quiero”, o cualquier cosa que queramos decirles, ya que está demostrado que nos oyen; se enteran.
                                                                 



Aunque todo esto de la eternidad y lo que nos dicen desde los púlpitos y los libros pueda ser verdad (nadie ha venido del otro lado), aprovechad la vida que es un don que no volveremos a disfrutar y que se acabará algún día. ¡Sed felices y disfrutad de todo!, o al menos intentarlo; no estaría mal visto.