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jueves, 6 de abril de 2017

Saudade

Para alguien de pocos años, si observa todo lo que le rodea, verá las maravillas que sus ojos o su estado de ánimo quiera ver, y seguramente no echará nada en falta; estará su imaginación volando, reinando y obsesionada con la chica o el chico  que le gusta, ansiará que su madre le prepare esa comida que tanto le gusta, esas maravillosas natillas que hace su abuela, y deseará con ansias comprarse esas zapatillas deportivas de moda o esos pantalones o faldas que se ponen sus cantantes, actrices o futbolistas admirados.
                                                                     


Es normal, aún no tienen recorrido para saber si falta algo; su afán estará en sacarle partido a cualquiera de las maravillas electrónicas o no, que cada día encuentra a su alcance; otra cosa sería que se obsesionara con lo que no está en su mano económicamente. Las carencias de cosas materiales prescindibles no deberían crear frustración.
                                                                    


Por eso, a la fuerza, somos las personas con más recuerdos que vida, las que nos acordamos de cosas sencillas que nos hacían felices la vida en otros tiempos; incluso lo más seguro sea que las idealicemos en la deformidad de algunos deshilachados recuerdos.
                                                                          


Salgo regularmente al campo, y al mirar en derredor, no veo saltamontes, mariposas o zapateros. Y pocas amapolas o cardos, y no digamos ya espárragos trigueros o algún frutal silvestre. Nadie se entretiene en coger cañas de los cañaverales, ni higos chumbos de las espinosas higueras.
                                                                  


Es difícil ver algún burro (de la especie animal), pocos pájaros sobrevolando el cielo,  casi ninguna abeja, escuchar el croar de las ranas en algunas de las escasísimas charcas, y en la noche del estío ya no se oye el cri-cri de los grillos.
                                                                    


¿Es posible que en tan poco tiempo como es una vida, escaseen tantas cosas?
A ver quién es capaz de captar olor en alguna flor, o sabor en alguna fruta. ¿A que saben las fresas si no le echas nata o zumo de naranja?
Casi no hay niños jugando en las calles, sólo algunas reuniones de viejos sentados en los bancos,  con la mirada  perdida en el infinito o jugando al dominó.
                                                                      


Y si miramos hacia arriba, esos cielos cuajados de luceros que se veían en las noches de verano cuando se ignoraba el significado de “contaminación  lumínica”.
Cada vez nos hacemos más ermitaños, en el sentido que creemos que con los ordenadores, las tabletas, y sobre todo con los putos móviles, estamos supercomunicados con el resto del mundo, y hasta se  nos ha olvidado decir “buenos días” cuando entramos en algún sitio donde hay personas.
                                                                    


Hasta creo que alguien se reirá de lo que digo, y me puede contestar con suficiencia: “¿Para qué sirven los libros? Lo que no sepamos o no veamos ni sea una aplicación de móvil, es que no existe. Lo buscaremos en la wikipedia.”

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