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jueves, 29 de julio de 2010

Olivia Coliflor

Antes de nacer, ya sabía varias cosas: Que se iba a llamar Olivia (Se lo había dicho su madre), que iba a ser una niña muy querida (Aún en el vientre el amor se nota), y que ya conocía varios países (Su madre había viajado a muchos sitios por motivos de trabajo).

Estaba naciendo, su madre tenía que apretar, pero ella tenía que ayudar, y es que estaba muy bien y no quería salir.

Por fin salió, con la alegría de todos, sobre todo de la matrona, que tendría que haberse ido hacía dos horas.

Su madre, Pilar, ya de por si guapa, tenía esa belleza iluminada que se dá en todas las mujeres recién paridas. Su padre, Santi, lloraba y lloraba y lloraba. No se podía creer tener en sus manos a semejante princesa. Y eso que hubiera querido niño. Ya se encargaría Olivia de que su padre se arrepintiera de semejante deseo. Luego captó a sus abuelos que también la besuqueaban y hablaban.

Hombre, ella se enteraba de todo, pero como iba a hablar si acababa de nacer.

Al día siguiente conoció su casa, su cuna y la teta de mamá. ¡Qué hambre tenía! Y es que esto de nacer dá tela de hambre.

Descubrió que esto de querer teta cada tres horas es un fastidio para ella y para su madre. También tuvo que aguantar todas las tonterías de los abuelos y demás parientes: “Y Mi chiquitica”, “Ajó, ajo, ajó”. “¿Y mi Olivia Coliflor?”. Esto último se le ocurrió al travieso de su abuelo materno, que decía que su nieta era grande y blanca como una Coliflor.

Poco a poco fue conociendo al resto de la familia: Sus titas Vicky y Elvis. A Blanqui, a Ainoa, a Roberto, Elvira, etc.…etc.…

Días y días que solo comía, dormía y se hacía sus necesidades fisiológicas.

Cierto día que no tenía ganas de dormir ni de llorar, descubrió un agujerito en su colchón y pensó: ¿Qué habrá debajo?

Y pensé: Pues tengo que saber qué hay después. Seguí y seguí, hasta que… ¡Había un tobogán! Como estaba aburrida, mi madre entretenida con el ordenador y yo no tenía hambre, me tiré por el tobogán, sin saber muy bien que era un tobogán ni adonde me conduciría.

Resbalé y resbalé y caramba ¿Dónde para esto?

Cuando ya llevaba un rato así, vislumbré al fondo una especie de pradera con árboles, río, bichos, gentes, ¿Gentes? Y ¿Qué era una pradera? Yo hablar no hablaba pero, es que era tela de atrevida. Y además había dejado mi querido chupe en la cuna.

Lo primero que vi, fue que había como gente que se movía.

¡Y ahí estaba mi comité de recepción ¡

¿Quiénes sois? (No lo dije, solo lo pensé porque yo no sabía hablar aún).

“Somos los Yerbitos, y ya sabíamos que ibas a venir”

Y ante mí vi un montón de gentes verdes y muy pequeñas, que apenas se las veía confundidas con la hierba. No se distinguían los niños de los mayores.

“Mira Olivia, te hemos preparado, ya que no sabes andar, una gran coliflor con forma de carroza, para que puedas ver nuestro poblado y a nuestra gente. Yo soy el alcalde he iré contigo”

Dicho esto, vi una gran coliflor hueca, con asientos y tiradas por dos enormes tortugas.

No sé si me subí o me subieron, pero empezamos a andar. Jamás pensé que hubiera tantas cosas en la hierba.
                                                                                      
Había de todos los oficios: Cocinero, yuntero, pescadores y un montón más.

Los Yerbitos agricultores, utilizaban a las lombrices para remover la tierra y sembrar sus verduras. Luego estaba el Yerbito jardinero que cuidaba de los parques, el nidero que buscaba los huevos de codornices y de alondras para comer, el yerbatero que los curaba con hierbas cuando estaban enfermos, el cazarratones que era de los cargos más importantes, pues eran los ratones los principales enemigos de los Yerbitos.

El cazarratones iba con una gran jaula a la que abría su puerta lateral. Cuando el ratón estaba cerca, llamaba su atención para que lo siguiera. El ratón se metía en la jaula, el Yerbito se escapaba por entre los barrotes y cerraba la puerta. Ratón cazado.

Lo que más me gustó fue el Caracolódromo, donde se hacían carreras de caracoles montados por Yerbitos.

Por fin llegamos al Ayuntamiento, donde había una gran mesa llena de todo tipo de chucherías y comidas. Pero la leche de mi mamá faltaba y yo iba ya teniendo hambre.

Me presentaron a unos duendecillos en forma de ramas. Eran los Arborícolas. “Y en ese río tan limpio ¿Qué hay?”

Pues qué va a haber, niña. Pues Peces como en todos lados. Pero nosotros no nos los comemos. Son amigos y nos ayudan mucho con la contaminación, pues nos sirven de filtros con los residuos que producimos.

Yo ya me estaba cansando, y además de ganas de comer la leche de mi mamá, quería mi chupe. Y además estaba oyendo decir: “Olivia despierta que hay que comer.”

Me desperté y vi a mi madre y le dediqué una gran sonrisa, pues me acordaba de mi sueño.

“Pues ya se lo contaré cuando sepa hablar.”

Y este es el cuento que un buen día Olivia le contó a su abuelo.Yo lo he escrito procurando ser fiel con lo que me dijo mi nieta, Olivia Coliflor.

Me prometió que esto no acababa aquí. Que habría continuación.

Y traslarí, traslarí el cuento se acaba aquí.

jueves, 22 de julio de 2010

Amaneceres

Un día más y estoy vivo. Percibo los ruidos, las voces, los sonidos del próximo amanecer. Son las 5:40 de la mañana y me quedo embobado mirando cómo pasan los segundos en el despertador. Raudos y veloces, con la certeza de que cada uno de ellos son irrepetibles.

Siento cómo mi vecino baja una persiana, cierra la puerta de la calle y arranca el coche. Sin mirar la hora sé que son las 6:00.

Me vuelvo en la cama y contemplo el cuerpo de la mujer que amo, mi esposa. Casi cuarenta años juntos y la quiero con toda mi alma desde el primer día.

La oscuridad va dejando paso a los primeros claros de la mañana, que muy cobardemente empieza a despuntar. Se escuchan los trinos desaforados de cientos de pájaros, que como un coro humano, hablan todos a la vez a ver quien lo hace más alto.

Escucho pasar el tren por la cercana vía y como aún antes de que su eco llegue a mí, ya huye del entorno amable del día que aparece por los tejados de mi pueblo.

Sigo en la cama sintiendo pasar el tiempo, ese tiempo que cuando eres pequeño se te hace interminable. Días enteros encerrados en casa viendo como los cielos descargan sin parar miles de litros de agua. Interminables, melancólicas y tristes las tardes de los años 60. Y ahora se te pasan las semanas, los meses y los años como si del espacio de un débil parpadeo se tratara.

Por fin revientan las campanas de la Iglesia en la plaza. Son las 8:02 y es el primer toque para la misa.

Como me gustaría guardar ese tiempo que se escapa a raudales de mi vida. Repetir cada segundo en cada gesto, sentirlo sólo para mí. Repetirlo en las carnes de antes, en los años pasados, incluso los que no fueron muy felices o muy oportunos en aquel entonces. Muchos tiempos sin esperanza, sin ilusión y con fatigas de no hacer nada de lo que te gustaba o lo que el cuerpo te pedía.



Tiempo que te vas de mí

Sin apenas sentirte en mis manos,

Vuélvete a mí, es temprano,

Poder en otra vida sentir

Aquel calor tan cercano

Que cuando más joven viví.



Y volver a vivir este día como el primer día del resto de mi vida, pensando solo en el ahora y exprimiéndole a las horas gustos nuevos por la vida. Simplemente VIVIR.



martes, 13 de julio de 2010

Tiempo de banderas

Como todo el mundo, desde el domingo en que nuestra Selección Nacional de Futbol se proclamó campeona del mundo yo también quiero dar mi opinión sobre dicho evento, y un poco me voy a ir por la tangente, pero yo así lo he visto.

A los españoles no nos gusta demostrar nuestra tristeza o nuestra alegría a cuerpo descubierto, nos gusta llevar algo en las manos, y más si estamos chupando cámara. Aunque sea una bandera roja y gualda.

Puede ser que en una manifestación de protesta por la pérdida del puesto de trabajo, nos asistimos con pancartas de CCOO o de UGT, USO y una larga retahíla de consignas, pero también acompañadas de banderas republicanas y las de las comunidades autónomas. Vamos proclamando que somos de izquierdas, no veréis ninguna bandera española.

Otra vez vemos una manifestación para protestar por el recorte al Estatuto de Autonomía de Cataluña, y solo veremos banderas de dicha Comunidad y banderas separatistas. Toda esta parafernalia les hace decir a los más pusilánimes, como dijo el otro día la mujer de un amigo jubilado, “que lo que se estaba viviendo en España se parecía a lo que se vivió en 1934, que fue la preguerra civil”. Menos mal que los que escuchamos esta tontería nos echamos unas risas, haciendo algún comentario jocoso a dicha señora. (Es curioso como solo el 1,6% de los catalanes, se manifestaron en contra de los recortes del Tribunal Constitucional, un Estatuto que en el referéndum llevado a cabo, fueron a votarlo el 48 y pico por ciento de los catalanes con derecho a voto). ¿Es esto la mayoría de los catalanes? ¿De verdad hay alguien que crea que al ciudadano medio le importa?


También, cómo no, decir que si la manifestación es de la Iglesia Católica, contra el gobierno de Zapatero o de la derecha en la oposición, sólo veremos banderas españolas, algunas incluso preconstitucionales, ya que llevan el pájaro de los Reyes Católicos, yugo y flechas incluidos.

Por eso me ha encantado ver en todos los reportajes de televisión o de periódicos todo el impresionante muestrario de banderas anteriormente dichas, incluso banderas de club de la liga española, incluso la bandera del Arco Iris, pero prevaleciendo en su número la enseña y los símbolos nacionales.

A los españoles que se nos ve desde el Norte de Europa como salvajes anárquicos, con la navaja en el cinturón y dispuestos a la pelea por cualquier cosa, hemos dado un ejemplo al mundo de deportividad y belleza de juego, contrastando con ese grupo de holandeses, que no dieron ninguna lección de civismo, sino todo lo contrario. Menos mal que son unos pocos de descerebrados, porque me consta que la mayoría del pueblo neerlandés no es así.

¡Cuánta sangre se ha derramado con alguna tela de colores en las manos! ¿Os suena algún episodio?

He sentido una gran alegría por la patria, mi país. Estos éxitos nos han hecho más felices en un mundo real donde todos son problemas por haber perdido el empleo, o estar a punto de perderlo, o porque nos han bajado el sueldo si eres pensionista, jubilado o funcionario. Sin contar que pagaremos más de IVA.

Gracias a todos los componentes de nuestra Selección Española de Futbol, por hacer un poco más dulces nuestras horas bajas.

En una de las páginas de publicidad del diario que leo, he visto lo que sigue:



YO SOY DE LA ROJA

La Roja…Ser de la Roja es mucho más que ser de un equipo.

Ser de la Roja es haber sufrido durante toda la vida y nunca haber dejado de animar. Ser de la Roja es amar el futbol.

A los de la Roja no nos circula la sangre, nos hierve, Nosotros jamás esperamos al rival en nuestro campo, ¡Vamos a por ellos!

Los de la Roja siempre miramos con respeto pero sin apartar la mirada. Los de la Roja somos gente normal, vascos, manchegos o andaluces.

Madrileños, canarios o catalanes. Más que un equipo somos un país.

Ser de la Roja es ser Campeones de Europa y no perder la humildad. Ser de la Roja es atacar a muerte y defender con tu vida. Ser de la Roja es llevar un balón hasta Sudáfrica con el sudor de tu frente. Ser de la Roja es ser español, español, español.

Amamos el trabajo en equipo, los saques en corto y las jugadas imposibles. Amamos el rojo el amarillo y nuestra tierra.

Amamos la furia roja, el tiqui taca y a los bajitos. Amamos esa unión, esa entrega, esa casta, esa garra.

Los Españoles, somos campeones del mundo y brindamos por la Roja, con nuestra cerveza.

Que esto nos sirva para mirar hacia adelante sin complejos, y con nuestro trabajo e ilusión, conseguiremos todo lo que nos propongamos. Nadie va a venir a solucionarnos nuestros problemas.

A POR ELLOS.



En Villanueva del Ariscal, a 13 de Julio del 2010

viernes, 2 de julio de 2010

El cuerpo del delito

Tenía el lunes una reunión de trabajo en Ronda, por lo que decidí aceptar la invitación de un amigo de colegio que vivía en El Gastor, sierra de Cádiz, muy cercana a la sierra de Málaga y por lo tanto a mi punto de destino. Cruzaba mi amigo Adolfo esa frontera madura y vilipendiada de los cuarenta años, por lo que se le antojó una fiesta con algunos de sus antiguos compañeros de colegio. Unos quince seríamos en total. Solo nosotros sin esposas ni novias.

El evento se iba a celebrar en un antiguo cortijo heredado de su familia, casi un castillo del Medievo.

Salí de Sevilla tempranito para ir tranquilo y sin prisas, ya que hacía mucho tiempo que no hacía esta excursión a la sierra, y además era un soleado domingo de Marzo. En el camino paré en Utrera a desayunar y comprar una caja de sus conocidos Mostachones, que seguro gustaba a mi anfitrión.

Me había mandado por correo electrónico un detallado mapa para que no me perdiera, así que a las 12,30 estaba a las puertas de su casa solariega. Me recibió un matrimonio de amables guardeses, que me quitaron el equipaje de las manos, y me indicaron un lateral de la casa donde se estaban concentrando los recién llegados con nuestro cuarentaañero amigo. Abrazos, risas, abrazos y me encajaron en la mano una Cruzcampo muy fría que agradecí en el alma.
Pasado el primer encuentro, nuestro anfitrión nos comunicó en la habitación que nos quedaríamos cada uno. A mí me llevaron a un torreón en la segunda planta, enorme y espacioso, pero era tal la cantidad de objetos de decoración antiguos y nuevos que casi no se veía mi dormitorio. Armaduras, tallas en mármol, enormes macetones, cuadros, armas, y un largo etcétera. Todo dominado por una enorme y serpenteante escalera que comunicaba con el salón principal lateralmente. Mi amigo me dijo que esta torre era la Torre del Homenaje, y por eso me la había adjudicado a mí. No sabía el homenaje que yo le daría en pocas horas.

Teníamos un inconveniente. Y es que los servicios y baños estaban en un patio trasero de la casa, ya que los antiguos moradores no lo echaron en falta hasta pasadas varias generaciones.

Una vez instalados nos concentramos en el salón principal, donde habían preparado una gran barra con todo tipo de bebidas y comidas, así como un gran asado que daba vueltas lentamente sobre las brasas.

Nos fuimos sentando en la enorme mesa, dispuesta de forma elegante, pero informal. Hablamos de todo y de todos, y conforme las frecuentes libaciones iban causando su efecto, comenzaron las antiguas canciones de colegiales y de nuestra primera juventud.

Fui de los últimos en retirarme. Serían las once de la noche cuando casi gateando llegué a mi torreón.

Caí vestido en la cama y así me dormí profundamente.

No sé qué hora sería porque no veía el interruptor de la luz ni nada que me diera claridad. Me dolía mucho la cabeza y además tenía el vientre muy revuelto, hasta que una de las ventosidades acabó en hecho.

No sabía qué hacer, pues era imposible que llegara al baño con el desconcierto y la negrura reinante.

El caso es que no podía aguantar más las ganas. En esto encontré en la pared un interruptor que encendió una pequeña lámpara en la mesilla de noche. Miré a mí alrededor para orientarme. Me levanté como pude, salí de la habitación y apoyado en la pared retorciéndome de “doloris di ventri”, accedí a la zona de escaleras.

Me fijé en un macetero que estaba casi al principio de esta. Hacia el me dirigí. Saqué la maceta que contenía y un gran tarugo que servía para que se viera la planta. Me quité los pantalones y el eslip como pude y solté la cosa más grande que imaginarse pueda. Me limpié como pude con los slip, los puse encima de aquello, más varios periódicos viejos que hicieron innecesario el madero. La maceta se acomodó perfectamente encima y viendo que no había efectos colaterales me dirigí a mi habitación donde me cambié de ropa e hice la maleta con intención de salir de allí cuanto antes. Eran las seis de la mañana. Dejé la maleta en el coche, me aseé un poco en la cocina y ya me iba, cuando creí conveniente dejarle una nota a mi amigo dándole las gracias y prometiendo llamarlo pronto.

Llegué a Ronda, y conseguí que me asignaran una habitación antes de lo estipulado. Una buena propina abre todas las puertas.

Ya duchado y limpio, me eché un sueñecito hasta la hora de la reunión. Que mal lo había pasado, pero esperaba que nadie se enterara de lo ocurrido.

Habían pasado los días y a mí ya se me había olvidado el incidente intestinal, cuando recibí una llamada de mi amigo Adolfo.

Sin mediar ningún saludo, me dijo: “Se lo que hiciste en mi casa. Te perdono, pero por favor dime donde lo hiciste, pues desde entonces no podemos entrar del olor”.

Me quedé muy cortado, pero le conté toda la verdad.

Cuando terminé el relato solo me dijo:” Aparte de miserable cagón eres un gran cabrón y no quiero volver a saber de ti”. Y colgó.

¿Quién no ha tenido algún incidente parecido a este?

“Caga el pobre, caga el rico, caga el rey, caga el Papa. Mucha caca, mucha caca”