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lunes, 25 de julio de 2016

Fiestas de Santiago

Cuando se levantó, apenas había amanecido un día que prometía calor, mucho calor, igual que ayer y seguramente igual que mañana, pero la abuela ya estaba en la cocina delante de un café con leche y la mirada ensimismada.
-Mamá, ¿por qué te has levantado tan temprano?
-¿Es que no sabes que hoy es día de Santiago y que le tengo que preparar al abuelo la ropa para la procesión de esta tarde?, le respondió.
Su hija no dijo nada, simplemente se sirvió otra taza del café recién hecho, y se sentó a su lado cogiéndole una mano. Efectivamente hoy era Santiago, el día grande de las Fiestas Patronales de Villanueva del Ariscal, importante efeméride para sus gentes, pues saldría el santo, con los pasos de San Miguel Arcángel, San Francisco, y  la Inmaculada Concepción acompañando a Jesús Sacramentado, ya que había una bula para celebrar hoy aquí el día del Corpus Christi.
                                                                


Una vez acabaron de tomarse el café, la abuela besó a su hija en la frente y se dirigió hacia las escaleras que comunicaban con los dormitorios, encontrándose por el camino a su nieto Antonio que le preguntó lo mismo (qué pesados), respondiéndole ella:
-Voy a planchar el traje del abuelo, ¿Quieres que te planche a ti algo para la procesión?
-No abuela, ya lo hizo mamá.
Una vez que Dolores acabó con la plancha, embetunó y cepilló los zapatos negros de cordones, dejando unos calcetines dentro del mismo color, y los puso junto a la cama, al lado de la impoluta camisa blanca, la corbata, y el traje en su percha.
Y el día aunque de fiesta, fue entrando en la cotidianidad propia de una familia más de esta bendita tierra, y ya cuando la tarde empezaba a declinar y después de regar las pilistras, la abuela se sentó en su mecedora en el patio frente a la escalera y con la puerta de la calle a su derecha, a esperar que fuesen bajando todos arreglados para la procesión, aunque ella en realidad al que tenía más ganas de ver bajar era a su marido, alto, elegante y guapo, el único amor que tuvo en su vida desde los catorce años.
                                                                  


Todos fueron saliendo dándole un beso a Dolores, y esta cuando ya salían, dijo dirigiéndose a su marido:
-Cuando acabe la procesión, nos vemos en la puerta de la iglesia y me invitas a algo, que para eso hoy es la fiesta del Patrón.
¡Cómo disfrutaba viendo a su familia de fiesta!, pero ahora ella a pesar de sus ochenta años, iba arreglando todo el desorden que los preparativos habían ocasionado, mientras vigilaba en el horno la tarta de naranja que tanto le gustaba a su marido.
                                                                 


Cuando iba a recogerse la procesión, madre e  hija con toda la familia, fueron a ver la entrada de los pasos con sus bandas de música, ya que era el momento que más le gustaba del día.
Ya de regreso de nuevo en la casa y  con todos acostados, se volvió a sentar en la cocina y a servirse otro cafetito aunque lo tenía prohibido por las noches, cuando entró su hija y empezó a reñirle por la infracción, pero Dolores sin escucharla le dijo:
-Viste lo guapo que iba tu padre, el hombre más guapo del mundo portando el farol y con su media sonrisa, ¡Cómo lo quiero!
Su hija se quedó mirándola para luego abrazarla mientras los ojos se le anegaban de lágrimas. El abuelo, su padre, hacía nueve años que falleció, aunque la abuela seguía viéndolo y hablando con él. No se resignaba.
                                                               


Qué bellas las tradiciones que pasan de generación en generación sin perderse, aunque siempre echemos de menos a los que nos precedieron, a los que faltan.
                                                                       


                                                                         




En Villanueva del Ariscal, a 25 de julio del 2016

jueves, 21 de julio de 2016

¿Justicia o venganza?

Aunque hablábamos a menudo por teléfono, aquel día me rogó encarecidamente que fuera a verlo a su casa, y es que mi amigo Emilio llevaba mucho tiempo enclaustrado debido al cáncer óseo que padecía. Vivía en un caserón antiguo de la calle Trajano en Sevilla, y sólo lo auxiliaba una mujer mayor que lo atendía para todo, de modo que hacia allí me dirigí con una botella de güisqui, que era lo mejor que podía llevarle y de lo poco que no le había quitado la enfermedad.
Lo noté bastante deteriorado con respecto a la última vez que lo visité; era todo huesos y pellejo, y por supuesto aquellas orejas tremendas de siempre y que fueron motivos de mofa entre amigos y compañeros de juventud.
                                                 


Después de hablar de algunas trivialidades y ya agotada nuestra primera copa, se quedó un rato callado, como pensando en lo que me iba a decir.
“Me muero, ya estoy en la prórroga y no quería irme sin despedirme de ti”, me dijo sacando una carta con mucho misterio.
“Te voy a dar este sobre cerrado, para que cuando haya muerto lo abras, lo leas, y decidas que hacer con esa información, que es lo más importante y terrible que me ha pasado en la vida”, y ya no me quiso aclarar nada más, por lo que después de varias copas más y hablar un poco de todo, me marché de su casa con aquel misterio a cuestas, y con la seguridad de que ya no volvería a ver más a mi amigo.
                                                  


Habían pasado sólo un par de semanas de aquello, cuando efectivamente asistí al entierro de Emilio, y apenas volví del sepelio, me quedé mirando un rato la carta de mi amigo sobre el escritorio sin decidirme a abrirla. Pero se lo debía, así que me puse mis lentes y después de rasgar el sobre, empecé a enterarme de aquello.
“Querido compañero: Ya que no existo, te voy a contar el gran secreto de mi vida, y  tú después de enterarte, decide qué hacer con esta información.
No sé si recordarás, que en el colegio al que fuimos juntos yo era el hazmerreír de la clase, por mi apocamiento o la cobardía que se me traducía en timidez, y por mis grandes orejas. Todo el mundo se metía conmigo, pero entre todos destacó Fernando Salmerón Quintana, que aparte de insultos me propinó múltiples palizas, sin que sirvieran de nada las quejas de mis padres a la dirección del colegio. Me tiraba el bocadillo en el retrete, me rompía mis cuadernos, incluso un día en que me robó los libros y yo fui a reclamárselos a su casa, me dio tal paliza que tuve que pasar unos días en el hospital, pero al matón no le pasaba nada, pues su padre era un conocido abogado con muchas influencias políticas, y las denuncias de mis padres no prosperaban, pues nadie le daba importancia a lo que me hacía.
                                                    


Todo este estado de cosas continuó en la universidad, pero lo que me decidió a actuar de forma fulminante sobre el problema, fue que me quitó a la única mujer de la que estuve enamorado y que colmó el vaso de sus fechorías.
Bea y yo éramos novios desde hacía algún tiempo, hasta que este malnacido la encandiló con regalos, paseos en su deportivo, juergas y cenas, llegando al punto de conseguir que cortara conmigo, aunque cuando ya se la llevó a la cama y se cansó de ella, la abandonó cual juguete roto, y además presumía chulescamente con sus acólitos de lo que me había hecho. Al poco tiempo me enteré de que mí querida Bea se había quedado embarazada, pero ya no supe más de ella a pesar de buscarla con ahínco, ya que desapareció del mundo como por ensalmo.
                                                


Yo empecé a darle vueltas a la manera de acabar con este individuo definitivamente, hasta que la ocasión se presentó.
Este capullo vivía en una exclusiva urbanización, pero quiso el destino que en la parcela vecina a su casa estuvieran construyendo una enorme casa y que el aparejador de la obra fuera compañero de mi padre, así que con el pretexto de que estaba haciendo un trabajo de fin de carrera sobre sostenibilidad ambiental, me dio un pase para que pudiese entrar a la obra cuando quisiera, lo que me sirvió para vigilar todas las entradas y salidas del elemento, tejiendo ya un estudiado plan para asesinarlo.
La obra disponía de un cuadro eléctrico para dar energía a todas las maquinas, por lo que una noche me colé en la obra por una zona en que el guarda, bastante borracho, no me podía ver, llevando un cable hasta la puerta metálica y enrejada de la casa de mi odiado enemigo, disimulado por debajo de una fina capa de tierra hasta la esquina lateral inferior de los hierros de la cancela, mojándola concienzudamente, de forma que al entrar este, se electrocutara.
Esto se produjo sobre las tres de la madrugada, por lo que al verlo aparcar su coche a la entrada, conecté el cable, y en el momento de tocar la cancela para abrirla cayó fulminado. Yo desenchufé y tiré del cable para dejarlo enrollado como me lo encontré en la obra, y salí de allí por unos setos que ya me conocía y que me dejaron en un camino vecinal bastante apartado sin cruzarme   con nadie.
                                                  


Al día siguiente, la muerte de mi enemigo salió en todos los medios, sin que nadie tuviera una explicación para lo que había pasado, cerrándose el caso después de algún tiempo sin ningún sospechoso, atribuyéndose todo a un paro cardiaco.
¿Estaba satisfecho y feliz? No. Aquello dejó marcado el resto de mi vida, y no tuve ya ningún momento de paz y tranquilidad, pues a pesar de por todo lo que yo había pasado, me podían los remordimientos.
Esta es mi historia, amigo. Haz con ella lo que quieras.”
Esta es la primera vez que lo cuento, cambiando por supuesto los nombres y algunos datos.

Este asesinato ¿Fue justicia o venganza?

martes, 12 de julio de 2016

¡Viva San Fermín!

Conocían por separado los Sanfermines, pero nunca había ido la “cuadrilla” completa al evento,   y por fin este año habían coincidido todos en Pamplona, los cinco amigos más Sole y María, hermanas de dos de ellos.
                                                                   


De todos, Juan y Álvaro eran los únicos que corrían el encierro; los demás se quedaban acongojados viendo las carreras y deseando que terminara sin percances, para luego dirigirse  a “almorzar” como dictaba la tradición.
                                                                     


A Juan le extrañó, que Álvaro que no era creyente, cada mañana se arrodillara pegando la cara en unos tablones del recorrido en la calle Mercaderes, pero como su amigo después del recogimiento que siempre terminaba con lágrimas en los ojos y besando su medalla no comentaba nada, él no se atrevía a preguntar, hasta que un día ya de noche y ambos bastante “colocados”, por fin se lanzó con las palabras que le quemaban los labios, y después de un rato pensativo su amigo, se le pasó la borrachera al escuchar el relato de este.
                                                                   


“Como sabes, toda mi familia es de Bilbao, y es tradición desde tiempos remotos, que los varones corramos los encierros, aunque yo lo hago sólo de unos años a esta parte, y es que mi padre murió aquí.
                                                                   


Fue en un encierro en el año 1997, y ocurrió que tratando de esquivar los pitones de un velocísimo toro, “Huraño”, que iba el primero, se le echaron encima los demás, cayendo y recibiendo un fortísimo golpe en la cabeza. Fue ingresado en un hospital y dado de alta al poco tiempo sin que se le apreciaran lesiones, pero a los tres meses, empezó a perder la memoria y la conciencia a ratos, incluso empezó con trastornos visuales, por lo que acudimos nuevamente al médico y fue ingresado en un hospital, pero entró a las pocas horas en coma y ya no se pudo hacer nada por su vida.
Por eso antes de cada carrera me recojo en el punto donde cayó y le rezo una plegaria para que me ayude en el encierro”.
                                                                       


El silencio se impuso entre los dos como plegaria a lo acontecido, y ya después de un tiempo que les pareció infinito, se reunieron con los demás, y las copas y más copas, acabaron un poco por sacarles de las tristezas.
                                                                  


Siempre he pensado, que si cada corredor del encierro contara sus trances, percances y apuros, se podría escribir un enorme libro de relatos en primera persona para que se conociera otra de las caras de la misma fiesta.
Pero no perdamos la alegría del momento.

Feliz fiesta a todos, y ¡Viva San Fermín!
                                                                  

                                                   Preparado para ir a la plaza
       
                                                   Mis dos sanfermineros

miércoles, 6 de julio de 2016

Corruptos de manual

Era un mando intermedio de una empresa de suministros hospitalarios en la que llevaba muchos años, pero que desde que entró en la dirección un auténtico “trepa” con el que había tenido algunas opiniones contrarias en cómo hacer las cosas, estaba sin saberlo ni imaginarlo en la cuerda floja, pues estaban esperando el más mínimo fallo para justificar su despido.
                                                                     


Un día de finales del verano recién incorporado de las vacaciones, fue llamado por Personal a la sede central, donde de sopetón y por sorpresa, fue puesto en la calle, aunque eso sí, con todos los informes favorables y una indemnización suficiente.
No supo reaccionar de momento, pues era una persona honrada y trabajadora, y ahora a sus cuarenta y tantos años, a ver quién le daba un puesto de trabajo.
                                                                          


Decidió después de consultar a un abogado, que pondría toda la carne en el asador en su beneficio, pues tenía que sacarle a esos ingratos lo más posible.
En aquellos tiempos, había una costumbre en la mecánica de ventas de casi todas las empresas del ramo, y es que a todos los productos que se vendían en los diferentes hospitales, se les añadía un determinado porcentaje para así pagar, con cenas, congresos, reuniones, regalos de lujo y todo lo que se les ocurriera, al personal que movía el consumo, por lo que decidió atacar por ahí.
                                                                      


Como sabía de lo peligroso de la maniobra tomó precauciones; las  cartas que hizo dirigidas a los periódicos más importantes y a todos los gerentes hospitalarios comunicándoles las abusivas prácticas que se hacían para conseguir beneplácitos, las hizo por triplicado, depositándolas en personas distintas con orden de enviarlas si a él le pasaba algo o no se llegaba a ningún acuerdo satisfactorio con la empresa, y la documentación probatoria, en cajas lacradas depositadas ante un notario y en un bufete de abogados.
                                                                      


Ya así las cosas, su abogado entabló unas conversaciones con la empresa que fueron harto difíciles y que duraron bastante tiempo, pero al final se llegó a un acuerdo, por lo que el material probatorio de las corruptelas no llegó a sus destinatarios.
                                                                        


La próxima semana, saldrá un libro donde se explican con pelos y señales las prácticas de las empresas y laboratorios farmacéuticos en aquella segunda parte del siglo pasado. Asumamos que la corrupción lleva muchos años instalada entre nosotros, de tal forma que es un gen de nacimiento en cualquier españolito.
Todos tenemos un precio, y el que no roba es porque no puede.

Esta es la triste y dura realidad.