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lunes, 24 de diciembre de 2012

Nochebuena imaginativa


Nada de lo que eran las cenas de la Nochebuena de mis tiempos de juventud prevalece ahora, empezando por la propia materia prima.
Cuando decíamos que nos gustaría comprar unas angulas no nos referíamos a las gulas actuales, ni la gamba blanca de Huelva tenía nada que ver con estas que nos inunda los mercados procedentes del Índico o vaya usted a saber de dónde, que aunque más baratas no saben a nada, o esos pollos enormes y de carnes rojas que nos mandaban del pueblo, con el que teníamos para varias comidas en esos días de Navidad, ya que al no tener buenos congeladores había que consumirlo sobre la marcha o el jamón del que se compraba un cuarto de kilo como mucho, pero tenía un aroma y un sabor diferente al mejor actual.

                                                              
También en mi casa se solía hacer algunos años un lomo de cerdo relleno que no se si sería por el hambre, pero que nos sabía a comida celestial.
Los postres en esos días eran la caja de tres kilos surtida de mantecados, polvorones, roscos de vino y alfajores, y una barra de turrón de Alicante(duro) y otra de Jijona(blando), que no se reponían cuando se acababa.
Para beber, Oloroso y vino fino de Jerez, y para los postres sidra “El Gaitero” y una botella de anís y otra de coñac que cuando se acababan se acababan.
Hasta aquí los recuerdos, pues ya en las circunstancias actuales con mi hijo y mi nuera en paro, casi todo tiene que salir de la magra pensión mía, o sea del abuelo.
Para la cena de tan señalado día, somos: La familia de mi hijo, cuatro más mi consuegra, mi hermana soltera, mi mujer y yo. O sea ocho personas, ya que mis nietos comen más que nosotros.

                                                                
Yo tenía en el congelador una merluza de cerca de tres kilos, unos langostinos y una gran cabeza de rape que compré aprovechando una puntual oferta de Mercadona, con lo que preparé de primero una magnífica sopa de pescado y marisco, con su huevo duro y sus picatostes, de segundo la merluza rellena en salsa de almendras, y los aperitivos eran un picoteo de aceitunas, rabanitos, un surtido de patés que trajo mi hijo que ignoro cómo los compró (al ir a tirar las latas vacías me di cuenta que eran comida gourmet de gatos, pero no dije nada y la realidad es que estaban muy buenos), también chacinas variadas que aportó mi hermana. Para beber cerveza, mosto y un oloroso que me habían regalado. Mi  consuegra de su paguita, aportó una botella de anís y otra de coñac.

                                                               
Mi familia es muy alegre a pesar de las contrariedades, así que entre bromas, villancicos navideños y un rato de televisión, pasamos una magnífica noche.
Para el día de Navidad, nos comimos lo que sobró de la noche, más un arroz que hice con casi todo lo que quedaba en la nevera.
Menos mal que la paga me la ingresaron al día siguiente, con lo que ya ando administrando para preparar el fin de año de este maldito 2012.
Muchas felicidades a todos y que no nos quiten la alegría.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El cumpleaños


Por fin llegaba el gran día tan anhelado en que cumpliría sus dieciocho años. Ya sería mayor de edad, por lo que podría votar, ir a la guerra (Dios no lo quiera), irse de casa, pero lo que más le tiraba era sacarse el carnet de conducir.
No podía quejarse de la vida, pues sus estudios iban viento en popa, era bien parecido por lo que las chicas se le daban bien, y sobre todo tenía unos padres y una hermana que lo adoraban.

                                                            
La noche anterior a su cumpleaños se fue a la cama temprano, y mientras llegaba el sueño leía un librito de poemas que le habían prestado, con lo que poco a poco se fue quedando dormido.
Despertó muy temprano, con ansiedad sin saber por qué, quizás con la euforia de su gran día y al incorporarse observó que tenía un paquetito muy bien envuelto en la mesilla de noche, con una tarjeta que decía: “La vida es corta, busca la felicidad antes que tu tiempo se agote”.
Desenvolvió el paquete un poco nervioso, y descubrió un puzle de los difíciles, pues aunque solo era de cincuenta piezas, no tenía dibujos, era de espejitos y ya que era muy temprano se dispuso a hacerlo, aunque le intrigaba que no hubiera remitente en el extraño regalo.

                                                              
Conforme se aplicaba en encajar las primeras piezas, vio como iban apareciendo los bucles dorados de un pequeño bebé. Siguió buscándole acomodo a los pequeños espejuelos mágicos y observando como lo que parecía un niño se iba convirtiendo según iba encajando piezas en un muchacho que tenía algunos de sus rasgos.
Ya tenía completado casi la mitad, cuando aquel muchacho que reflejaba los trocitos se iba convirtiendo como por ensalmo en un hombre maduro.
Se le iba acelerando el corazón conforme completaba cada pieza, pues en cada encaje, se iba modificando el hombre que ya sin ninguna duda era él, pues era un fiel reflejo propio lo que los espejos le devolvían.

                                                                   
Su atemorizada mano fría atenazaba cada miniatura como si al ponerlas, fuera envejeciendo su joven cuerpo. Por fin completó las últimas piezas, con lo cual ya el conjunto reflejaba a una persona  mayor bastante castigada por la vida, pues aparte de las múltiples arrugas de aquella cara que parecía hablarle, el rictus de tristeza de los labios y aquella mirada glauca le pusieron los pelos de punta.
Se quedó un rato hipnotizado sin poder apartar la mirada del conjunto de trocitos que habían conformado un espejo, donde la cara reflejada se movía conforme el se apartaba. No podía ser.

                                                          
El puzle se fue oscureciendo y daba la sensación de que se contraía consumiéndose y deformando aún más aquella cara, hasta que acabó desapareciendo con unas pequeñas llamas azuladas.
Volvió a la cama llorando sin saber muy bien porqué, y con la mente tremendamente confusa por lo que acababa de ocurrir. Y así se despertó, pues con gran alivio por su parte, había soñado aquello tan terrible, pero jamás olvidaría la frase de la tarjeta:
”La vida es corta, busca la felicidad antes que tu tiempo se agote”.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Colores



Tenía la suerte de estar acompañado por toda la familia el puente pasado de la Constitución y la Inmaculada, por lo que disfruté, dentro de los límites de mi rehabilitación posquirúrgica, de mis nietos. Una de esas tardes me puse 
a dibujar y colorear con mi nieta Olivia lo que se nos ocurría.
Coloreamos los árboles de verde, a las casitas blancas les pintamos tejados rojos, de otros colores a los niños jugando en columpios y toboganes con sus madres al cuidado, a los coches, el río y todo lo que se nos vino a la mente les dimos colores más o menos apropiados.

                                                                
Estábamos ya un poco cansados de este pasatiempo, cuando se me ocurrió preguntarle a mi nieta de qué color sería la risa, y ella hizo un largo borrón de rosa, luego le dije el llanto y pintó lunares azules, los besos y los pintó de rojo y ahí dejamos el tema pues mi nieta ya quería otra actividad.
Pero ya yo en mis cosas, me quedé pensando en el código de color que daríamos cada humano a los diferentes sentimientos, sensaciones, comportamientos, hechos, y demás abstracciones que revolotean a nuestro alrededor. ¿Habría un solo color para todo y todos, o cada uno de nosotros  vería cada cosa de su personalísimo tono? Se me ocurrió que el cielo todo el mundo lo vería azul; pues tampoco. Lo vemos blanco, con nubes negras, amarillo de tanto sol o rojo en los crepúsculos, etc.

                                                                
Y entonces acordándome de las noticias leídas en el periódico por la mañana, empecé a elucubrar para mis adentros pensando en darle a cada titular de la prensa un color, aunque a muchos se nos antojara ponerlos todos sobre fondo negro.
¿Qué color ponerle a los desfalcos y robos continuados de políticos, banqueros, ex presidentes de la CEOE, constructores, jueces, yernísimos y cualquier otro espécimen que se me haya olvidado?
Creo que si le diéramos el color peor que se nos ocurriese, no seríamos capaz de sacarlo ni de la paleta de Murillo. Imposible.
¿Y si se nos ocurriese ponerle color a la Prima de Riesgo, al rescate bancario, a las torpezas de algunos ministros?
Pero más difícil sería dibujar y colorear a tanta gente cabreada, a tanto parado, a nuestros jóvenes mejor preparados que se nos van al extranjero a hacer “turismo” según una diputada súper enterada, a nuestros jubilados que le mordisquean la magra pensión desde cualquier esquina del estado, a nuestros enfermos dependientes, a… y a…. tantos y tantos decepcionados y tristes por lo que nos está pasando con esta puta clase política falta de ideas y en muchos casos deseosas de desmontar nuestro estado del bienestar para que sólo estudien los niños de papá, y que los enfermos que tengan dinero se curen y los demás se mueran, y que sólo los poderosos puedan mantener litigios en el juzgado, pues ellos sí los pueden mantener.

                                                             
Y nos faltarían pigmentos para dibujar la decepción del que cada vez trabaja más y gana menos, la de gente que luchó por los derechos de los trabajadores y ven cómo se los han cargado de un plumazo retrocediendo treinta años, de los que les quitan los pisos y los dejan en la calle, las caras de la gente cuando acude a comer a un comedor social o va a un banco de alimentos o acude a Cáritas.
Por favor, a ver si sois capaces de ponerles colores a todo esto, ya que yo he gastado todos mis lápices oscuros y los bolis de tinta negra se han secado del uso.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Mamá, cuéntame...


-Venga Olivia, ya a dormir.
-Mamá es de noche, no veo la luna y tengo miedo. Cuéntame un cuento. Pero uno que sea entre rojo claro y celeste pardo, que son los que más me gustan.
-¿Y por qué crees que los cuentos tienen colores?
-Hija, mamá, no sabes nada. Si no tuvieran colores ¿Cómo los ibas a ver? Incluso los que sólo tienen letras también dejan entrever colores, y risas cuando son alegres y lágrimas cuando hablan de tristezas. Algunos dicen hasta cosas que nunca han pasado ni pasaran.

                                                           
-Bueno venga, no te enrolles y dime cual te cuento.
-Si mamá, hasta algunos son musicales y mientras los dices suena una musiquilla de fondo.
-”Esto eran dos hermanos que andaban perdidos  por la nieve buscando ¿Qué estarían buscando de noche y con el frío?… “
-Ese no me gusta porque lloro y creo que soy yo y mi hermanito Santi.
-Tú me contabas antes uno sobre un barquito de caramelo, con su vela de chocolate y que surcaba el mar azul para salvar a todos los niños que caían al agua y no sabían nadar.
-Olivia, no me acuerdo de ese cuento ¿No te lo estarás inventando?
-Bueno da igual porque todo el mundo se inventa los cuentos.
-¿Quieres que te cuente el de “Dulce niña” que siempre te gusta?

                                                              
-No. Cuéntame cuando voy a ver a tita Viky, y a los abuelos, y que me compraran patatas en el bar de los chicos, y que íbamos a las burbujitas y que nos montábamos en los columpios y que la abuela me decía “Ay Dios mío de mi arma.” Y que estábamos todos, y Santi y que jugábamos a la “Rueda churumbel” y que me hacíais reír hasta que tenía hipo, y hacíamos muchas fotos y que el abuelo me decía: “A que te pillo y te como” y yo salía corriendo muerta de risa y …
-Ya tengo sueño mamá. ¿Me das un besito y hasta mañana?
-Hasta mañana princesa.