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miércoles, 25 de mayo de 2016

Una dolorosa historia

Habían sido una pareja casi de hermanos siameses desde muy temprana edad; creían estar en el centro del mundo, y que éste les pertenecía, ya que sólo existía ese universo que era el espacio entre ambos, por eso y a pesar de injerencias de otras cosas llamadas gentes, nunca pasaban más de uno o dos días sin verse, y así fueron creciendo hasta entrados en la pubertad, y luego en la juventud y madurez, asentando un poco la cabeza ya con unos veinte años, aunque sin abandonar la ingenuidad del que no conoce lo malo, el mal, y se habían dedicado a lo que más les gustaba, la pesca submarina y la investigación oceanográfica, y por supuesto que para ellos todo era gozoso, todo siempre pura diversión.
                                                               


Los padres de ambos ya jubilados, fueron humildes pescadores por toda la costa de Cádiz y norte de África, por lo que habían mamado del  mar desde pequeños, y así es como Marisa y Juan habían estudiado biológicas (bueno, aún estaban en ello),  ganándose la vida de una forma un tanto anárquica y divertida   de aquí para allá dando clases de inmersión, acompañando a turistas y locales que querían iniciarse en este bonito arte o pasatiempo bajo las aguas de Tarifa, Barbate, Conil, Chiclana y toda una serie de puntos de buceos de la Bahía de Cádiz, también con algunas becas universitarias de investigación marina.
                                                                     


Era una zona mimada por la naturaleza en esta denostada e indolente Andalucía, que lo tenía todo: situación, características geográficas, clima e historia, lo que había contribuido a que sus fondos marinos fuesen ricos en pecios y restos arqueológicos de antiguas civilizaciones, quizás no sólo de fenicios, sino también restos tartesios de ese maravilloso continente o isla soñada por poetas en la antigüedad, y que ubicaban los más eruditos de la investigación hacia el cercano Coto Doñana.
                                                               


Les encantaba a ambos los paseos bajo las aguas, sobre todo por una zona llamada “Los Boquetes” frente a la playa de Zahara de los Atunes, un roquedo de una profundidad media de unos 15 m. repletas de agujeros redondos, donde se encontraban gorgonias de varios tonos y algunos  ejemplares de tres colas, además de sargos, bodiones, doradas, borriquetes, salmonetes reales y centollos.
                                                                   
 

Así fue como un día con la mar picada y algunas traicioneras corrientes, Marisa se había despistado de su inseparable compañero, y cuando este empezó a buscarla como loco, la encontró enredada entre los restos de una “chalana”, con el conocimiento perdido ya ahogada a pesar del equipo y de todos los vanos intentos de reanimación que llevó a cabo el desesperado Juan.
                                                                  


Desde entonces nuestro amigo no era el mismo hombre hablador y divertido que había sido. Aquello le había convertido casi en un zombi callado y taciturno, que ya no tenía ilusión por nada, sólo vivía para sumergirse una y otra vez en la zona del accidente, pues decía que veía a su amada sentada en unas podridas tablas con su mejor sonrisa, llamándolo para que se le uniera,  que le daba miedo su soledad, que había un submundo maravilloso, que merecía la pena…Más que invitarlo lo llamaba a una obligación, a una felicidad de la que no podía disfrutar a solas.
                                                                  


Una tarde en que nuestro luminoso astro luchaba por no acabar sumergido en aquellas aguas procelosas, Juan se sumergió y ya nunca más salió, no supimos más de él, ni se encontró su cuerpo a pesar de que fue buscado con muchos medios y durante varios días.
                                                                     


Todo el mundo en la zona sigue acordándose de esa pareja de infortunados amantes, pero con el deseoso consuelo de que en algún lugar hayan encontrado la felicidad aquellas generosas y alegres almas gemelas.


martes, 17 de mayo de 2016

El pueblo que no quiso ser libre

Dicen, que hace tiempo, mucho tiempo, existió un pequeño pueblo perdido entre unas inhóspitas montañas de un oculto país (del cual no diremos su nombre), que vivía feliz y contento ya que todos eran familia de todos, y aunque aislados en aquellos picos inaccesibles casi siempre nevados, no les faltaba de nada o nada echaban de menos por no haber conocido sino lo que allí había, ya que sólo en la época de las fiestas locales subían hasta allí algunos buhoneros y saltimbanquis, lo que daba lugar a todo un acontecimiento.
No tenían alcalde, ni milicia, ni juez, y por supuesto ningún servicio en la comunidad, pues cuando había que apisonar la tierra de una calle  o  surgía algo, lo solucionaban entre todos.
Pero lo que originalmente fueron sólo unas pocas familias dedicadas a la agricultura y la ganadería, empezó a crecer y crecer, de tal forma que llegó un momento en que se empezaron a producir algunos conflictos, eternas riñas sin asomo de final, y al no haber ninguna autoridad empezaron los problemas entre unos y otros, apareciendo la violencia y los odios, cosas que allí eran nuevas, por lo que un día decidieron reunirse todos en la plaza para ver qué se podía hacer.
Se formó un guirigay enorme, pues cada uno empezó a gritar los agravios que había recibido, y como todos tenían algo de que quejarse no había forma de entenderse, por lo que el más viejo del lugar calmó como pudo los ánimos logrando que se callaran,  rogándole a continuación muchos de los asistentes que propusiera alguna solución.
Este buen hombre nunca había salido de aquel terruño, pero al haber leído libros lo consideraban sabio, y además por su  buen carácter era aceptado y respetado por todos.
Nuestro hombre se sintió tremendamente angustiado por la responsabilidad que le había caído encima, pero la aceptó proponiendo que lo dejaran pensar durante cinco días, después de los cuales volverían a reunirse.
                                                              


Pasado este tiempo y con muchas dudas, les propuso que había que nombrar a tres miembros de la comunidad, para que uno se encargara de los conflictos entre vecinos, otro de las normas de convivencia, y un tercero por encima de estos dos que decidiera en caso de duda o para otras cosas que necesitase el pueblo, siendo la decisión de este último de obligado cumplimiento.
Les propuso que estos cargos serían voluntarios y sin ninguna ventaja ni compensación  para los elegidos o sus familias, y que todos los habitantes podían en reunión quitar a unos y poner a otros.
                                                                


“¿A quién ponemos?”, decían mirando al viejo.
“Yo no puedo pues soy muy mayor, así que digo que levante el brazo quien quiera ser uno de estos tres”, dijo mirando a sus iguales.
La gente se quedó callada mirándose unos a otros, pues nadie quería un puesto que les diera más trabajo y problemas, y sin bienes ni ventaja alguna.
Acordaron retirarse hasta el día siguiente para que diera tiempo a pensar en la propuesta, y todos durmieron intranquilos dando vueltas en sus míseros jergones de paja.
                                                                   
 
Volvieron a reunirse callados, sin voluntarios, (aunque nadie lo decía pero todos lo pensaban), y es que nadie quería pringarse para no sacar ningún provecho, por lo que volvieron a preguntar a aquel hombre qué hacer.
Propuso con un gesto socarrón previniendo lo que ocurriría, que se creara un fondo comunal para pagarles a los tres voluntarios, aportando cada uno en función de las tierras, el ganado y las riquezas que tenían, y que se presentaran candidatos para los puestos, y el que más brazos en alto lograra seria el elegido.
                                                                   


Ahí empezaron a levantarse manos y escucharse gritos, pues unos se ofrecían para el puesto y otros protestaban por tener que dar algo de lo ganado con su trabajo para beneficio de algunos.
Después de un rato templando ánimos, dijo el enfadado anciano: “No queréis pagar para vuestra concordia y tranquilidad, y en caso de hacerlo, todos queréis el puesto. Decid qué hacemos”.
El murmullo de las primeras respuestas, se hizo general poco después, hasta que sólo se escuchó: “Seguiremos igual”.
                                                                        


En silencio todos se fueron retirando a sus casas, y así fue como después de un tiempo en que ni había paz, ni se podía vivir allí, la capital del estado ante tantos desmanes y asesinatos, mandó a un dictador y un retén de soldados para mantener el orden y cobrar injustos impuestos a todos.

Hoy, después de que se acabó la eterna dictadura y de muchos años de democracia, los nietos y bisnietos de aquellos pocos pobladores se preguntan, hartos de corruptelas y prebendas de sus próceres elegidos, de si no habría que volver al principio y hacer las cosas de otra manera.

martes, 10 de mayo de 2016

Lo inesperado es vivir

Poco a poco, de dos en dos, de uno en uno, se iban desvaneciendo los oníricos fantasmas cuando empezaba a entrar la primera claridad de la aurora por entre las semitupidas persianas de la habitación de descanso.
                                                                  


Sonaba con ira no contenida el crepitar de la lluvia sobre la claraboya del patio, y un olor a humedad con frío inesperado acogían  su cuerpo al sentarse en la cama y ponerse algo de abrigo para contemplar, desde los vidrios mojados y vahosos, este acuoso mes de mayo que nos había deparado el calendario.
                                                                       


“El mes de mayo, mes de las flores, el mes de María”, decíamos en el colegio cuando la infancia discurría entre aulas y juegos, sin achaques ni nostalgias. Ahora todo era distinto, hasta el tiempo parecía de otra época, quizás de cuando los dinosaurios poblaban nuestra malherida tierra, allá por los tiempos de “Maricastaña”.
                                                                      


Sin embargo el alma no envejecía porque estaba preparada y atenta a todo lo que fuera vida, alegría, y también por qué no, tristezas. Bullía y bullía la desazón, el interés por lo novedoso de cada mañana irrepetida, abriéndose como jugoso pomelo a todas las nuevas oportunidades de leer,  formarse, informarse, de estar al tanto de todo lo que ocurría a su alrededor, y esta curiosidad malsana lo hacía abrir los ojos risueños y agradecidos a todo lo inesperado que se le ofrecía en derredor.
¡Qué poco damos para todo lo que recibimos a espuertas! No es justo ser desagradecido, por eso y sólo por eso, hay que beberse la vida a sorbos o a grandes tragos, como venga; dando la bienvenida a  este bendito maná que se nos regala.
                                                                      


Y el que no sienta en cada bocanada de aire un calambre, hervir el zumo de la vida entre su piel y sus venas, es que está muerto aunque aún no haya salido su esquela en los periódicos matutinos.
                                                                      


Cerrarse en decir: “Ya con lo que se, tengo bastante. No quiero aprender nada más”, renunciar a las nuevas amistades, a viajar hacia donde nunca antes habías ido, ahora que puedes porque tu alma aún no está ahíta de nada, es irse apagando aisladamente en una absurda agonía, como si esa persona hubiera ya presentado su renuncia al  mundo de los vivos.
                                                                            


Cada día una sonrisa, una esperanza, un anhelar algo, sentir como vamos empapándonos de todo lo bello y agradable, de lo curioso y sorpresivo.
No acordarse de si nos duele algo o de que ya no somos los mismos. Cada día es igual a otro y a la vez diferente del resto.

Estás vivo, pues alégrate porque tienes ganas de seguir.

martes, 3 de mayo de 2016

Ese mundo invisible

Casi siempre estaba fuera de Sevilla por motivos de trabajo, a pesar de que  él, Antonio, lo que más deseaba en el mundo fuese estar más tiempo con su familia, por lo que aquel día  se  había comprometido con su hija de nueve años Nerea, a recogerla del colegio por la tarde e invitarla a un helado. Ya tocaba y le apetecía dedicarse unas horas.
                                                                    


Su pequeña estudiaba en el colegio “Sagrada Familia” en el barrio de Nervión cercano a su casa, por lo que ya que estaba cerca y quedó un privilegiado aparcamiento libre, dejó su vehículo detrás del “Corte Inglés” e iría andando dando un paseo a la salida del centro.
¡Cómo había cambiado aquella zona!
Cuando se casó hacía años, aquello era un lugar poco habitado y por supuesto sin este montón de tiendas y cafeterías, ni con esa  cantidad de gentes viviendo por aquí. Aquello se había convertido en una de las zonas residenciales más exclusivas y caras de la ciudad, aunque seguía habiendo un poco de todo.
                                                                 


Observó, como las aceras de aquella avenida estaban ocupada por cantidad de “manteros”, (inmigrantes legales o ilegales que vendían artículos falsificados), venidos huyendo de Dios sabría qué míseros mundos o de qué miedos y guerras, aunque seguro que a las tiendas de lujo que había por allí les haría poquísima gracia, ya que de hecho avisaban a la policía que requisaba mercancías y personas, aunque de alguna forma se tenían que ganar la vida aquella pobre gente.
Con su hija de la mano fueron dando un paseo y contándose cosas, y riendo mucho, pues este padre sabía cómo hacer reír. Se tomaron su helado y se dirigieron al coche, pues le había prometido a su mujer que no tardarían, pues la niña tenía que hacer algunos deberes, bañarse y acostarse tempranito, pues por las mañanas le costaba trabajo despertar.
                                                                  


Estaba acomodando a su hija en los asientos traseros del coche, cuando se vio sorprendido  por una joven de color con un gran hatillo de no sabía qué cosas, y que con lágrimas en los ojos le imploraba que la dejara entrar en el coche, pues la policía quería quitarle su mercancía y seguramente la deportarían, pues no tenía “papeles”.
Padre e hija se quedaron mirándose asombrados y sin respuestas, hasta que Antonio reaccionó abriendo el portamaletas del coche y diciendo a la muchacha:” Mete el bulto aquí y siéntate delante”, y una vez todos colocados, arrancó el coche saliendo rápido de allí, observando como la policía iba metiendo en una oscura furgoneta a un montón de manteros con sus bultos.
                                                                  


Ella no hablaba, solo lloraba desconsoladamente, hasta que Antonio le acercó un paquete de pañuelos, y paró cerca de una tienda  trayéndole una botella de agua de la que bebió con ansia, hasta que ya cuando se serenó, empezó a hablar sin que nadie le preguntara nada.
“Me llamo Sairan y vivo con mi marido, una niña pequeña y los abuelos en un  pisito del Polígono Sur. Mi marido si tiene papeles. Trabaja en lo que va saliendo; guardacoches, vendiendo pañuelos en un semáforo, de vigilante…de lo que puede. Ellos ya estaban aquí; yo vine de lo más profundo de Senegal hace un año, y después de cruzar el desierto y mil calamidades pasé la frontera en los bajos de un camión que casi me costó la vida, pero mereció la pena por estar con mi familia y huir de aquella muerte lenta. Nuestro matrimonio no lo reconocen aquí, por eso estamos arreglando las cosas para que todo esté bien, pues estoy nuevamente embarazada”.
                                                                   
Polígono Sur
Nuestro amigo y la pequeña escuchaban embobados sin interrumpir. No tenían respuesta para esto.
Dejaron a la chica donde ella les dijo; una calle muy sucia, desolada y con un personal de poco fiar. Quiso regalarle a la niña una camiseta de marca (falsificada), pero Antonio no lo consintió si no la compraba, por lo que a la fuerza le metió cincuenta euros en el hatillo sin opción a protestar.
Ya de vuelta a casa la niña empezó a hacer muchas preguntas, de las que su padre, o respondía a medias, o se sentía sin respuestas y corresponsable de aquel estado de cosas, ya que pensaba, que el silenciar cosas que no nos gustan ayudan poco a solucionarlas. Ya se estaba viendo, pensó, cómo respondía la “civilización occidental” de la antigua Europa, teniendo que buscar fuera de sus fronteras a quien le hiciera el trabajo sucio,  buscando como un estercolero nuclear, previo pago de su importe, claro.
                                                                      
Personal del Instituto y voluntarios
¿Despertaríamos alguna vez para ver, que estamos destruyendo los pocos principios éticos y morales que nos unían y que conformaron esta alianza europea, esta zona de privilegios? ¿O es que sólo nos unen los intereses económicos y nuestros inconfesados egoísmos?

Respóndete, y si no encuentras respuestas, lucha en lo que puedas porque, por lo menos, quienes nos rodean tomen conciencia de lo que está pasando, y que algún día la presión de mucha gente como nosotros  las encuentren, pues haberlas hailas.