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jueves, 13 de abril de 2017

El atropello

Era un día innombrable, era el fatídico día 13 de febrero en que toda su familia, padre, madre y sus hermanos menores, los mellizos, habían fallecido en un horrible accidente hacía ya varios años, pero Juan lo revivía cada día al despertar y cada año en esta fecha como si se acabara de producir, como si le acabaran de dar la terrible noticia.
                                                               


Cuando se despertó, pensó en no levantarse de la cama, ya que no tendría trabajo ese día, pero sus dos inseparables amigos Alberto y Santi, no paraban de llamarlo al móvil para que se reuniera con ellos en el Casino de Cazalla de la Sierra de donde eran, y ante tanto insistente cariño de sus únicos allegados, decidió coger el coche desde la casa heredada de sus padres donde vivía  en Constantina, y dirigirse a reunirse con ellos, aunque maldita las ganas de almuerzo que tenía.
                                                                  


Luego de llegar y tomarse las primeras cervezas se alegró, ya que aparte de sus inseparables, llegaron amigos, conocidos y amigas de los tiempos de instituto, por lo que cuando se sentaron a comer aquellos guisos caseros tan apetitosos, eran catorce.
Tuvo la fortuna de que se sentó rodeado de chicas, que con su gracia y continuos coqueteos, lograron distraerlo, por lo que la comida se alargó bastante, de forma que cuando se encontró un poquito puesto por las continuas copas, se recluyó en una zona apartada y solitaria donde estaba la televisión apagada en aquellos momentos, de forma que se repantigó en un mullido sillón orejero y se quedó dormido.
                                                                    


Era tardísimo cuando despertó, anocheciendo, y el camarero le comentó que sus amigos se habían marchado, que todo estaba pagado, y que Santi había insistido en que lo llamara para reunirse con él, pero no quería y además, estaba triste y cansado nuevamente, con lo que ni llegó a encender el móvil no fuera que le insistieran, y lo que quería era irse a su casa ya.
Estaba cayendo una densa niebla y lloviznaba, con lo que después de tomarse un café doble sin azúcar, se puso al volante del Golf y quería regresar sin prisas, ya que la tarde-noche no estaba para correr.
Iba pensando en el accidente de su familia, en cómo había truncado su vida, su proyecto de estudiar medicina; en fin, por  qué preocuparse ya de lo inevitable.
                                                                      


Sucedió en el peor momento de aquella desapacible noche; con una espesa niebla y la lluvia que, aunque no muy fuerte, no paraba de caer,  al salir de aquella cerrada curva, aquel joven se precipitó delante de su vehículo, y aunque frenó con todas sus fuerzas y el coche quedó clavado en el asfalto, vio el cuerpo estrellarse contra el parabrisas y salir despedido por encima del coche.
Nervioso y sin salir de un angustiado asombro, bajó a la carretera parta ver de auxiliar a la víctima del atropello. Buscó por todos lados a derecha, izquierda, delante y detrás sin encontrar ni rastro del accidentado, y observó con asombro que el coche no tenía ni el menor rasguño ni porrazo. ¡Qué extraño todo aquello!
Retiró el coche de la calzada y encendió un pitillo,  buscando nuevamente a su alrededor a la víctima sin resultado, por lo que en vista de lo cual siguió su camino hasta el pueblo, con idea de denunciar el hecho en el momento en que llegara.
                                                                      


Conocía al guardia civil que lo atendió, que iba tomando notas en el ordenador conforme le explicaba. Inspeccionó el coche que brillaba con la humedad, pero que no tenía ni el menor rastro en la carrocería, y el guardia le pidió ir de nuevo al sitio del suceso, esta vez en el patrullero de la Benemérita.
Llegados al sitio donde se veían claramente las marcas de la frenada, buscaron y buscaron con sendas linternas, pero nada, ni rastro de la posible víctima.
                                                                           


De  vuelta en la comandancia, el guardia quiso mostrarle fotos de posibles personas que vivían en los alrededores, y al pasar una de las páginas, nuestro amigo señaló gritando: “¡Este, este muchacho es el que yo he atropellado!”
“¿Estás seguro Juan, tan claro lo tienes?”
“Si, si seguro. ¿Lo conoces, quién es?”
El guardia se  quedó muy serio mirándolo fijamente, lo tomó por el brazo suavemente y se volvieron a sentar.
El silencio quedó roto con las palabras del agente:

“Juan, ese muchacho que has reconocido como el que has atropellado, es Venancio Arrasate, y ha muerto en el mismo sitio donde están las frenadas, pero el año pasado”.

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