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viernes, 20 de julio de 2012

La comida del gorrón


La verdad es que estaba abusando de mis amigos y parientes. Llevaba todo el verano comiendo de gorra a  costa de unos y otros, pero un día, el peor día imaginable ya que estaba más tieso que el lagarto de la catedral de Sevilla, se pusieron de acuerdo tres de ellos para que yo les hiciera de comer en mi casa, pues siempre fui un lenguas y había presumido tanto de mis habilidades en la cocina que me arrinconaron de forma que no pude decir que no.
Estuve dos noches sin dormir apenas, dándole vueltas al coco a ver qué podía hacer con poco dinero pero quedando bien con mis “patrocinadores”.
Tenía las llaves de casa de mi hermana que estaba en la playa y me había encargado regar las macetas, así que asalté su despensa para mangar algo sin que se notara demasiado.

                                                                       
Cogí unas latas de atún, berberechos y calamares a la americana. Ojeé el congelador que estaba repleto, así que no creí que se notara mucho si me llevaba dos puntas de solomillo ibérico. También rapiñé una tableta de chocolate de un 70% de cacao y  de la bodega de mi cursi cuñado tomé prestadas una botella de albariño blanco, que estaba más caducada que la momia de Tutankamon. Una vez depositado todo en mi cocina, bajé al bareto de mi amigo Rafa a tomarme una Cruzcampo helada y a intentar sacarle algo para mi comprometida comida.
Le tuve que explicar de qué se trataba para ablandarlo y así sacarle unas cervezas, una botella de ron y otra de soda, lo cual quedé en reponerle a final de mes, y un ramo enorme de yerbabuena recién cortada que cogí del mostrador sin que se diera cuenta.
Tuve que comprar, qué remedio, dos tomates grandes, dos manzanas, un racimo de uvas blancas y una cuñita de queso azul.
Con todo lo recolectado en mi cocina, ya podía ir pensando que exquisiteces les ofrecería a mis amigos para quedar a un mediano nivel de exigencia al día siguiente.
Tenía una lata de fritada a punto de caducar que no sabía ni que estaba allí, un gran tarro congelado de caldo de pescado y marico, que una vez descongelado añadiría a la fritada que estaba pochándose en la cazuela.

                                                               
Con las latas de atún, calamares y berberechos sumadas a la cazuela y el caldo en ebullición, que rectifiqué de sal añadiendo una pastilla de Avecrén y colorante alimentario, añadí el  arroz al refrito, le di unas vueltas y esperé a que todos estuvieran en casa para acabar el guiso.
El segundo plato iba a ser unas milhojas de tomate, manzanas y solomillo al roquefort.
Corté los tomates y las manzanas en rodajas no muy finas, pasando estas últimas por la candela con mantequilla hasta que estuvieron doradas. Los solomillos los corté a medallones y los sellé por ambos lados con sal y pimienta. Ya sólo había que montarlos en varias capas en una fuente de horno por este orden: una rodaja de tomate, manzana y el solomillo, cubriendo el último solomillo con queso azul un poco tierno.
Vacié una cubitera de hielo, poniendo en los huecos una uva blanca que recubrí del chocolate derretido hasta llenarlo, pinchando la uva con un mondadientes, de forma que pareciera un helado de palo y lo puse a congelar.
La mesa la cubrí con la mejor mantelería de mi madre, los platos y fuentes de la Cartuja de Sevilla,  la cubertería buena y  copas de Ikea para vino, agua y cerveza.
Por fin a la hora fijada llegaron mis amigos, que me traían una estupenda botella de gran reserva de Rivera del Duero de procedencia incierta, otra botella de whisky y  unos fiambres al vacío.
Los hice sentarse prohibiéndoles asomarse a la cocina, para lo cual los centré con las cervezas y los embutidos. Me senté con ellos a la espera de que estuviese lista la cazuela marinera, ya que las “milhojas a la parisina” ya estaba lista.

                                                            
Todo les pareció riquísimo, y más después de liquidar las botellas de blanco y de tinto, que desató la euforia a niveles que casi hicieron que me sintiera una gran chef. A los postres después del helado, les preparé unos “mojitos”, con lo que me mantearon y dieron vivas en mi honor con tal fuerza que se enteró todo el vecindario.
Ni que decir tiene que también nos bebimos la botella de whisky, con lo que estaban en un estado de euforia que me costó muchísimo echarlos.
Para conseguirlo acabamos en el bar de Rafa, de donde me pude escabullir en un descuido, ya que tenía que poner en casa todo en orden porque al día siguiente llegaban mis padres.
A las dos de la mañana acabé de arreglar los efectos colaterales de la comida, que fue recordada durante mucho tiempo por mis amigos del alma. Yo tardé seis meses en reponer las botellas del bar de mi amigo y aún no he conseguido que mi hermana y mi cuñado me hablen.
En los tiempos actuales hay que ponerle mucha imaginación a la supervivencia.

En Zizur Mayor, a 20 de julio del 20012

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