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sábado, 26 de septiembre de 2015

Un domingo en las carreras

El otoño resplandecía casi primaveralmente, por lo que era el domingo perfecto para acudir al inicio de las carreras de caballos en el hipódromo de Pineda, y aunque lo decidimos un poco tarde, hacia allí marchamos familia y amigos a compartir el glamour de Sevilla en esta “pasarela” de lo más variopinto que imaginarse pudiera.
Llegamos casi a punto de empezar la primera competición, por lo que mientras todos se dirigieron hacia las gradas, yo me quedé rezagado para apostar algo por si la suerte quería acompañarme, y en eso estaba, cuando observé a una bella joven de apenas veinte añitos, que no sabía cómo rellenar el boleto.
                                                               


Al poco, me miró sonriéndome y pidiéndome ayuda, pues decía que era la primera vez que lo hacía.
Una vez cumplimentados mi boleto y el suyo, me pareció cortés iniciar una conversación intrascendente delante de sendas copas de champan, a lo que ella aceptó encantada.
Casi imperceptiblemente, nos íbamos acercando el uno al otro con pequeños toques y roces, si no intencionados, tampoco carentes de picardía, y en eso estábamos, cuando cogiéndome por el talle, me dijo al oído:
“Eres muy guapo, ¿Lo sabes?”, y yo que aproveché aquella cercanía, le rocé sus labios con los míos, con la misma delicadeza con que un pétalo de gitanillas te cae sobre el hombro desde una maceta en el barrio de Santa Cruz.
                                                                   


La invité a dar un paseo por el recinto, apartándonos intencionadamente hacia una zona de setos junto a las cuadras, donde estábamos solos y se veía la carrera un poco de refilón, pero el momento así lo requería.
“¿Sabes?- me dijo-, que he tenido cinco novios y ahora tengo lío con dos hermanos a la vez, que me esperan en la balconada.”
“Pues yo sólo pienso que estoy aquí contigo, y la gente que viene conmigo que me espere.”
Nos volvimos a besar, pero esta vez con ansia, para a continuación rodearla con mis brazos por detrás mirando desenfocadamente y escuchando los gritos propios de los asistentes al evento, que nosotros casi teníamos olvidado.
                                                                      


Le besé el cuello, la nuca, mientras iba deslizando palabras dulces y escogidas, y mis manos hábiles y diestras, emprendieron la bajada por su generoso escote, para acariciar suavemente dos preciosas peras limoneras, hasta que dijo:
“Ya me tengo que ir, pues si no me pillaran contigo”, y diciendo esto, y quedando la dama en que me llamaría, me dirigí yo también hacia el gentío un poco aturdido y sin creerme aun lo que me había acontecido.
                                                                    


Al paso, deslicé una propina a uno de los camareros para que llevara cava de mi parte a la familia, y les dijese que estaba en la taquilla cobrando una apuesta en que me había tocado la pedrea.
Por supuesto mi novia no se creía esto, y me soltó: “Seguro que estabas en el bar con alguno de tus amigotes, y ahora para justificar tu mala conciencia, nos invitas generosamente a todos. Como si no te conociera…”
                                                                     


Ya solo en mi cama de madrugada, pensé mirando ensimismado al techo:

“¡Qué buen día he pasado en las carreras! Tengo que ir más a menudo”.

                                                                   

lunes, 21 de septiembre de 2015

Mal, muy mal

Harto, cansado, aburrido, asqueado, encendido, impotente. Así me siento cada vez que, en este maldito otoño de sangre, sudor y lágrimas, pongo la televisión o escucho la radio o se me ocurre ojear un periódico.
Siempre lo mismo. De un tiempo para acá, siempre lo mismo y en cantidades ingentes.
                                                                 



Aburrido de escuchar argumentos a favor y en contra de la posible independencia de Cataluña. ¡Que se vayan si quieren! A todas luces será peor para ellos, y no son cantos de sirena; los individuos que hoy se envuelven en la estelada, lo mismo se tienen que vestir de barras y estrella cuando les falte ropa con que tapar sus vergüenzas, cuando su cobertura de sanidad no exista, cuando sus jubilados no cobren sus pensiones. Entonces los culpables de todos sus males no será España. ¿A quién le cargarán la cuenta de los despropósitos?
                                                                    


Como si a esa mayoría silenciosa, aborregada según quien pretenda arrancarlas de su mutismo, les diera igual qué río le arrastre hacia sus procelosas aguas, quien manipule desde la sombra su mutismo e indolencia. Decidirán otros por ellos, ¡Que se jodan!
Sólo saldrán ¿Beneficiadas?, sus clases políticas, esa tropa de advenedizos que siempre están ahí para sacar tajada, “pillar cacho” de lo que venga, como auténticas garrapatas.
                                                                    


Después, te parece todo esto una gilipollés comparándolo con el grave problema de esas miles de personas que, desesperadas,  pues les va la vida en ello, acuden a nuestras fronteras huyendo de la masacre de la guerra siria y que ya puestos, les da igual morir en el intento, mientras las mezquinas naciones europeas, se las reparten vergonzosamente como si fuesen residuos nucleares.
Esto si es un problema que hay que solucionar por encima de todo, pese a todo, y en contra o a favor de todo.
                                                                      


Hombres, mujeres y muchos niños tristes, llorando, preguntándose en sus pequeñas vidas que qué es esto, que cómo los rechazan en todas partes hacinándolos en trenes o autobuses hacia ninguna parte.
Me recuerdan los reportajes donde se veían a los judíos en vagones de ganado conducidos hacia el crematorio de los campos de exterminio nazis.
Y los que nos mandan, esos que tanto se ríen cuando se dan la mano o se reúnen entre ellos, en esta comunidad de egoísmos inapelables en beneficio de su cortijo, planteándose reuniones o posibles encuentros sin prisas, a ver si mientras tanto esta gente se muere y desaparecen.
¡De puta pena!
                                                                     


Tenemos que revelarnos, vencer nuestra cobarde actitud, gritarles a esta panda de cretinos e impostores que no los hemos elegido para que se paseen en sus Audis de lujo, ni en sus aviones pagados por el contribuyente, que se tiene que mojar, que se tienen que dejar la piel en el intento de solucionar nuestros problemas, que su trabajo es el de servidores, no de casta con privilegios intocables, que es una vergüenza que sea la sociedad civil y las ONG, la que esté dando la cara.

Si no son capaces, que se vayan. Pero ya.

martes, 15 de septiembre de 2015

Saudade

Y transcurre lenta y pastosa la tarde de este septiembre donde ya siento  cómo se acorta la luz del día, cómo devienen las horas a otro ritmo, con otra cadencia, casi en sonoros minutos alargados en tic-tacs cadenciosos.
Y nada mejor para esta tarde cualquiera, que leer al maestro Borges, tan cercano a nuestro tiempo y sin embargo tan extraño. Y la realidad es que sí, que cuesta trabajo leerlo por todo lo que dice en cada párrafo, en cada palabra y hasta en cada letra.
                                                                         


Que cuando lees sus Cuentos  Completos, no puedes hacer otra cosa que leer; que no te distraiga la música ni la televisión, pues no te enterarías de nada. Hay que leerlo casi con esfuerzo físico, leyendo, releyendo y a cada momento volver atrás para adivinar, acertar con lo que ha querido decir en este renglón maestro, en esta certera frase que casi es ya un libro por su contenido, y seguir pausadamente, sin desesperarse.
Me gusta releerlo sobre todo en este tiempo de melancolías, de cambio de piel climática, de sensación de adioses que nunca vendrán de vuelta.
Paro un momento para tomarme un café, y dejando por un momento de lado la erudita lectura, me apetece escuchar un poco de Serrat, que siempre me pone nostálgico, melancólico, devolviéndome a ese estado decadente en que me siento tan a gusto.
                                                                  


Y se va cerrado la luz…mientras…:

“Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.”

Me quedo escuchando el viejo vinilo con la mirada perdida, ahogándome en un poso de nostalgias y recuerdos, que es lo único que me  va quedando, pues llega un momento en que ya nos volvemos parcos en palabras, incluso en gestos y maneras.
Que corta es la vida según para qué. No da tiempo a “saber”, es una carrera que cuando hemos acoplado ritmo y zancada, ya se termina, quedándote en la boca ese regusto a nada, a insipidez de vida por lo poco que somos, del sabor ácido de nuestra amargura, de la sombra que soy.

“Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece
un niño que el viento mece
con su balada en otoño.”

Se me han quitado las ganas de seguir leyendo, no puedo con todo lo que se me ocurre de golpe y a la vez.
                                                                        


Aquellas lejanas conversaciones que nunca acababan, donde se eternizaban en discusiones por esto o por aquello, con un vaso de whisky en las manos y fumando compulsivamente. 
Noches eternas, o que nos parecían así por creerlas trascendentales, porque nos iluminaban el alma y el sentimiento, algunas veces gritando para tirar a la cara frases filosóficas, silogismos, certeras pullas, noches donde estábamos todos, todos. ¿Cuántos se han restado de este grupo, es sólo uno el testigo de lo que aconteció…? Ya no son posibles los párrafos de aprendizaje, ya casi lo aprendimos todo, o peor aún; nos endiosamos. Me  creo casi todopoderoso.

Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.


                                                                         


Mi burbuja, a 15 de septiembre del 2015

martes, 8 de septiembre de 2015

Historia de un infame

Se llamaba Antolín; perdón, lo llamaban. Su nombre completo era Antonio Mayoral Pinzón, apellidos de sus últimos padres adoptivos, y cuando adquirió cierta popularidad entre convecinos y lectores de prensa, nadie sabía de verdad de donde había salido, ni cuál era su vida o mejor dicho su historial, a todas luces muy negativo para los biempensantes y la gente de bonhomía, pero yo conocía su historia completa, aunque no os voy a revelar mis fuentes. Ahí va.
                                                               


De solo unos días, fue dejado por alguien a las puertas del convento de San Leandro, (Sevilla), y enseguida llegó a lo que entonces se llamaba “La Casa Cuna”, institución que recogía a los niños abandonados y que los daban en adopción a deseosas familias sin vástagos, como así sucedió con nuestro sujeto.
No se sabe bien lo que pasó, pero con pocos años, volvió a la misma institución de la que había salido, parece ser que por la separación o el divorcio de sus padres de adopción, o quizás y también, porque ya desde muy pequeño era un ser sumamente “latoso”.
A partir de aquí y con el tiempo, (pues nadie se interesó nuevamente en adoptarlo), pasó a una institución tutelar de menores donde se inició en estudios básicos, hasta que con sólo ocho años se escapó de esta casa de acogida, para volver harapiento y desnutrido a la semana de haberse ausentado.
                                                                     


Se vuelve a marchar nuevamente con nocturnidad y alevosía recién cumplidos los doce años, aunque esta vez su motivo era una familia que había demostrado en sus distintas visitas a le institución cierto interés por su persona, aunque estos, alarmados, delataron su huida, aunque después de un periodo de dimes y diretes, acabaron por acogerlo en su casa y en sus vidas.
Nuestro Antolín, puesto que así empezó a llamarlo su nueva parentela, se percató de que no haría nada en la vida si no se preparaba convenientemente, por lo que cambió a ser un muchacho modelo por su comportamiento y sus brillantes notas en los estudios, los que acabó un poco tarde, pero que le brindó la oportunidad de ingresar en la universidad, en la rama de  “Económicas y Empresariales”.
                                                                 


Al aprobar el segundo curso, consideró que ya sabía bastante de economía, por lo que se pasó a la carrera de derecho, donde nuevamente abandonó a mitad del tercer año, para insistir a sus adoptivos padres, para que hablaran con sus amigos más poderosos al fin de encontrarle un puesto de trabajo, por supuesto bien remunerado. Y sucedió que  al poco de empezar a trabajar, empezó a presumir como si hubiese hecho sus dos carreras iniciadas y no acabadas en un tiempo récor, lo que unido a sus iniciativas de líder y a su bien hacer con sus responsabilidades, llegó al puesto de jefe del departamento financiero.
Sucedió que murió el dueño de “Limpader,S.L.”, empresa dedicada a la “limpieza y restauración de espacios”, como les gustaba definirse, sucediendo en el puesto de dueño y director el hijo del fallecido, hombre indolente y disoluto que delegaba en todos, pues su preocupación parecía que era acabar, o mejor dilapidar, la fortuna familiar de su antecesor y padre, hombre que había sido sabio en la labor de amasar dinero, pues sus contactos en la Administración del Estado, fueron muy fluidas y más que beneficiosas para su actividad.
                                                                     


Corría el año 85 del siglo pasado, y los conflictos reivindicativos y sociales se multiplicaban por doquier, no siendo menos en la organización antes mencionada, de forma que el llamado “D. Indolente” por los 250 trabajadores de la empresa, se encontró inmerso en una huelga indefinida tremendamente salvaje y violenta.
Y un buen día de estos tiempos convulsos, se presentó nuestro Antolín ante un jerarca sin ideas y agobiado, para ofrecerse como persona idónea para acabar con el conflicto, aceptando el dueño sus oscuras y poco ortodoxas  propuesta, siéndole concedida “carta blanca”.
Y vaya si lo acabó.
Reunió al Comité de Empresa, a los que no consiguió amedrentar con un despido colectivo y el cierre patronal, por lo que empezó a entrevistarse por separado con los miembros de dicho comité.
A algunos los convenció con dinero, a otros con amenazas, y hubo a uno que lo amenazó literalmente con “follarse a su mujer y secuestrar a su hija”, por lo que acabó con la huelga en setenta y dos horas.
Cuando la empresa volvió a la normalidad, llegó como un triunfador y hombre plenipotenciario que lo catapultó a la cabeza de la compañía, pues casi sustituyó y suplió en casi todo al dueño, que por lo demás, siguió con su vida de vicio y depravación.
Nuestro Antolín, en este tiempo, iba siempre acompañado por dos secretarios o mejor dichos guardaespaldas, que actuaban como disuadidores ante cualquier conflicto violento, pues los éxitos obtenidos con los trabajadores los trasladó a la esfera de los negocios,  dedicándose a sobornar con cualquier método a su alcance sin importarle parta nada la ley, a políticos, funcionarios, competidores, y hasta a algún ministro llegó el fango de sus métodos.
                                                                      


Pero la suerte que tanto lo benefició, un día le dio la espalda.
Lo que primero ocurrió fue, que pillaron a su jefe y a estas alturas amigo y compinche de francachelas, con un montón de quilos de cocaína en su coche y en una de sus oficinas, implicándose nuestro Antolín más allá de lo conveniente, por lo que desquició sus métodos ya de por sí desmesurados.
Cuando intentaba robar de los almacenes judiciales las pruebas del delito, fueron sorprendidos por la Guardia Civil, iniciándose un tiroteo que acabó con la vida de Antolín y tres de sus secuaces.
Nadie reclamó su cadáver, por lo que acabó en la fosa común, y nadie le lloró.

Pobre hombre. Al final, no mereció la pena.