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viernes, 27 de mayo de 2011

Transmutación

Se levantó temprano, como siempre, con una extraña sensación  de ahogo, con un tremendísimo deseo de salir a fuera, a espacios abiertos.
Se duchó dejando caer el agua mansa sobre su cabeza, quería pensar en algo que le daba vueltas al cerebro, pero que incompresiblemente, no lograba fijar.
Seguía teniendo una necesidad apremiante de escapar  a la calle, de andar por anchos y etéreos volúmenes donde sentir el aire y reclamar  a la naturaleza tomar posesión de sus ganas de todo.

                                                                               

Por fin ya estaba fuera, donde comenzó a caminar  tranquilo, pero con una decisión no asumida, en la que solo sus piernas mandaban sin brújula ni tiempo, andar por andar.
Iba tan concentrado en si mismo que no oía nada, solo un murmullo de ruidos y voces  quedas, como de no querer molestar.
Llevaba ya andando bastante tiempo cuando se paró a mirar en donde se encontraba, ya que no reconocía ni las casas ni las calles que su vista abarcaba. No estaba cansado, por el contrario se sentía tremendamente ligero, como si fuera levitando y sus pies apenas rozaran el suelo.
Al rato, sintió antes de ver, que ya no había casas ni aceras, solo el campo en todo su esplendor de primavera, y un angosto camino por el que transitaba solo,  con sus pensamientos inconexos.

                                                                                
No sabía a dónde le llevaban sus pasos, pero se sintió pleno de libertad,  con la mente ligeramente confundida,  atraído como por un imán que cada vez lo llamaba mas fuerte hacia algo desconocido, y al que dirigía sus pasos con todas sus fuerzas.
Cada vez se presentía más ligero, casi flotando, pero sin dejar de mover las piernas. A lo lejos veía un horizonte de llanuras salvajemente verde, que acababa donde empezaba el azul nebuloso del cielo.
Sin saber por qué, se sintió quieto en un extraño paraje donde terminaba el campo y empezaba una tierra arenosa de muy escasa vegetación, como si de un punto y aparte de la naturaleza se tratara.
Iba en volandas, ya que no tenía dificultad para andar por este arenal en que se había convertido el camino. Al momento y sin avisar, olió y se vio frente al mar que lo llamaba a voces, con dulzura pero imperativamente.

                                                                              
Sin dejar de mirar al horizonte fue andando despacio hablando con alguien que no veía pero que entendía perfectamente.
Fue entrando en el agua y sintió como sus pies desaparecían, luego su tronco y al final supo que solo la cabeza seguía con él, pero que también se iba por momentos difuminando en la nada. 
Se fue fundiendo poco a poco, poro a poro, completamente  mezclado con la inmensidad, con el Todo.
Y al fin fue feliz porque se sintió libre, descansado, desprendido de la tara del cuerpo que lo comprimía.
Se sintió sólo espíritu intangible, sin naturaleza propia. Puro.

viernes, 20 de mayo de 2011

Dos en discordia

Es curioso como nuestro mundo se ha repartido o dividido de forma bipolar, ya que si miramos a nuestro alrededor, bien sea en la naturaleza o en las acciones creadoras o modificadoras del hombre, vemos como todo se va deslizando en esa dirección.

                                                                                
Desde pequeño nos enseñaron que había cielo e infierno, donde se iba en función de haber sido malo o bueno, que había noche y día, que te aprobaban o cateaban, que vivías y después morías, que había hemisferio norte y sur, que teníamos mamá y papá, incluso después de la guerra civil que vivieron y padecieron nuestros padres, nuestro mezquino mundo nacional se dividió entre azules y rojos, católicos y ateos, vencedores y vencidos.

Viene esto a cuento, porque observo la acritud que se ha instalado entre nosotros que somos de sangre caliente como buenos latinos, pero que intuyo en esta ocasión, que el calentón viene inducido por la infame clase política de los dos partidos hegemónicos que padecemos.

                                                                              
Nuestros partidos, dos mayoritarios por cierto, no quieren ser ni de derechas ni de izquierdas, sino de centro y socialdemócrata, para así pillar a la mayoría de paniaguados ciudadanos, que no nos gustan los extremos.

Pero luego resulta que si no hay mayoría, no se duda en aliarse con el diablo para conseguir gobernar y que el mundo siga en binario, sin importarles la opinión que de estas alianzas contra natura tengan sus sufridos votantes.

Pero es que no estamos preparados para el tercero en discordia, ni en la pareja cuando se cuela un amante de uno de los dos, ni en política con los partidos minoritarios que sin embargo luego se utilizan como bisagra, y por supuesto en la liga de futbol tiene que ganar el Real Madrid o el Barcelona, si no el campeonato sufre una humillante degradación porque la gana un advenedizo.

¿Por qué somos tan estrechos de miras y todo tiene que estar adentro o afuera? Que alguien me lo aclare.

Entre los defectos que no nos reconocemos los españoles, está nuestra constante actitud a estar cabreados y a ponernos en contra de la opinión de cualquiera, por lógica y bienintencionada que esta sea, y por muy mayoritaria aceptación que tenga entre los presentes. En esta discusión a dos, se nos infla la vena y ya nos da igual quien esté escuchándonos para soltar nuestra opinión a voces, y sin dejar que se oiga ningún otro razonamiento.

                                                                                
De esa intransigencia tan española vinieron nuestras guerras, y también la perdida de amigos o el enfado con parientes por no comulgar con nuestra opinión, que a falta de argumentos, estamos convencidos de que el que más chilla tiene la razón.

Por eso es tan importante abrirnos a un mundo amplio, de varias opciones, donde resolvamos o discutamos entre varios con respeto a las opiniones de los demás, pues casi nada es blanco o negro, ya que entre medio suele haber una gran escala de grises, ¿Sí o no?



viernes, 13 de mayo de 2011

Imágenes

Toda mi vida he sentido una tremenda afición por la fotografía. Cualquiera que me conozca sabe, que siempre que acudo a una reunión familiar o a algún evento, voy pertrechado con mi cámara, por eso cuando alguien necesita fotos de personas o de algo, me preguntan si tengo de tal o cual encuentro.

Pero lo que verdaderamente me atrae es contemplarlas, sobre todo esas fotos antiguas en sepia o en blanco y negro, casi siempre deterioradas, de familiares o de amigos de parientes ya desaparecidos.

Me pregunto qué estaría pensando esa persona en ese momento en que el fotógrafo disparó, que problemas le angustiaban o que alegrías le embargaban su alma.

                                                                               
Si se imaginaría que en la posteridad iba a posar en un marco, en un álbum o simplemente se perdería en un cajón que ya nadie abre, o lo que sería más triste aún, en el contenedor de papel para reciclado.

Hace algunos años coincidiendo con el día de Reyes, me regalaron un montón de fotos de abuelos, tíos, padres y hermanos de mi tronco familiar. Las puse en un libro junto con otro sinfín de imágenes que yo había ido rescatando y coleccionando a lo largo de mi vida.

Es una manía personal, pero cuando contemplo alguna instantánea donde estoy reflejado, me acuerdo perfectamente en lo que estaba pensando en ese momento. Diréis que es una costumbre un poco rara, pero imaginad que cuando cogiéramos una de estas copias, nos pudieran hablar los personajes que aparecen en ellas, o por lo menos que nos comentaran algo de su vida y su relación con las personas queridas con quienes vivieron, sufriendo y amando, y también, por qué no, riendo.

                                                                                
Sería un poco como los personajes de los cuadros que cuelgan de las paredes del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería que aparecen en los libros de Harry Potter, que se mueven y hablan como si estuvieran vivos.

Diréis que para eso tenemos el video y el cine, pero para mí, no es lo mismo.

En la mayoría de las casas de la gente de mi pueblo, es normal ver colgados en las paredes las fotografías de las bodas, primeras comuniones y recién nacidos de la familia, en grandes formatos, que aunque a alguien le pueda parecer hortera, es una forma de tener a los seres queridos siempre a la vista y por tanto en el pensamiento.

Cuando hojeo los enormes álbumes de fotos que tengo y veo a través de las imágenes como han ido creciendo los niños o como hemos envejecido los mayores, no dejo de pensar en donde acabaran tantas personas y tantos buenos ratos atrapados por la cámara.

                                                                                    
La realidad es que me gustaría que en el futuro, cuando alguien contemple una imagen mía y no me reconozca o no me estime, en vez de romperme y tirarme a la papelera, que me dignifique quemándome, así me quedaré más tranquilo si es que lo veo desde algún sitio, aunque este sea el infierno del Dante.

Bueno, también una forma de recordarme sería releer las tonterías que escribo, pero eso ya es otra perdida historia de la que no quiero hablar hoy.

Por favor, si tenéis fotos de eventos, seres o cosas que ya no os importa, hacédmela llegar. Tendrán una segunda oportunidad.

jueves, 5 de mayo de 2011

La mala educación

Si hay algo que nunca he podido soportar es la mala educación y el gamberrismo. Esto viene al caso, porque últimamente observo, sobre todo en los jóvenes, una total falta de civismo en algunos comportamientos.

Desde el pueblo donde vivo suelo trasladarme a Sevilla en autobús. A pesar de los carteles prohibiéndolo, es normal ver a un chico o chica con los pies encima del asiento de enfrente, que aunque el autobús esté lleno, no quitan hasta que alguien que se quiere sentar les dice algo, no sin antes dirigirle al interfecto una mirada llena de chulería y desprecio.

También es normal que estos jóvenes, cuando van en manadas, no respeten la cola ante la parada del bus y se cuelen en tropel como si de una gracia se tratara. Con anterioridad, los ves sentados en el respaldo de los bancos y con las extremidades inferiores en el asiento.

                                                                               
Así mismo su forma de hablar a gritos, casi siempre empleando una jerga soez y utilizando insultos que nunca he oído en mi vida, deja mucho que desear. Es curioso, pero si estos mismos chavales van solos, su comportamiento suele ser diferente.

En mi juventud estos comportamientos eran impensables, pues si cualquier persona adulta, no tenía que ser necesariamente un guardia, te llamaba al orden obedecías humildemente.

Otro tema diferente pero con la misma raíz, es ver como cuando hay acontecimientos multitudinarios, ya sea la celebración de un éxito deportivo o una manifestación reivindicativa, estos suelen acabar en un destrozo sistemático de todo el mobiliario urbano. Amén de arrasar cuantos cajeros automáticos, escaparates bancarios y comerciales que estas masas histéricas encuentran a su paso.

Otra forma de gamberrismo, que algunos quieren ver como arte, son los “grafitis”.
Por qué tengo que aguantarme con mi fachada, el cierre de mi tienda o el capó de micoche con estas pintadas hechas en su mayoría por descerebrados gamberros.
¿Cuanto nos cuesta esta imbecilidad?

¿Los anti sistemas? ¿Los gamberros de toda la vida que ahora llaman “frustrados”? ¿Es eso una forma reivindicativa?

A esta gentuza que incluso se enfrenta a la policía no sin antes taparse la cara, habría que hacerles pagar los desmanes que cometen, y si no tienen dinero para responder de ellos, que trabajen para la comunidad y que vean que estos destrozos no les salen gratis.

                                                                                                                                                           
Me pregunto qué pasaría, si a ese salvaje que hace esas tropelías le incendiaran su casa, su moto, su coche o su local de trabajo, ¿Cómo reaccionaría? ¿Qué haría?

No veo difícil comprender que lo que no quiero para mí no lo debo querer para los demás. Mi libertad acaba donde empieza la de mi vecino.

También es verdad, que las autoridades competentes cuando ven estas cosas, si no hay delito miran para otro lado.

Por desgracia, la mala educación, la ordinariez y el salvajismo no las contempla el código penal.