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lunes, 29 de junio de 2015

Colaboración ciudadana

Llevaba ya casi un mes en Madrid, y como cada mañana  me fui a comprar algunas cosas que hacían falta en casa, desayunar, y fumarme el primer pitillo del día.
Estando en la puerta del inmueble, observé que había en la acera donde se estacionaban los automóviles, un gran cartel y una cinta roja anunciando que vendría un camión de mudanzas y que ese sitio lo tenían reservado, por lo que si algún coche aparcaba ahí, lo podría retirar la grúa municipal con la consabida sanción.
                                                                       


Encendía el proscrito cilindrín, cuando un vehículo se estacionó en la zona anteriormente descrita, y en un impulso de solidaridad, me acerqué al ocupante que en ese momento abría el portamaletas sacando un gran maletín, y a la vez que le advertía sobre el peligro de la multa, vi por el rabillo del ojo, un brazo, la frente y melena de una mujer semioculta por una sucia manta.
No dije nada, pero aunque me puse bastante nervioso, tuve tiempo de quedarme con la cara y vestimenta del individuo, que me dio las gracias y dejó el coche a unos metros del lugar.
                                                                      


Empecé a dar paseos dudando sin saber qué hacer, pues podría tratarse de un asesinato o un secuestro, por lo que decidí dirigirme a un vehículo de la policía que había estacionado dos calles más allá, esperé a que salieran del bar los agentes que seguramente desayunaban, y les conté con pelos y señales todo lo visto, e indicándoles donde estaba estacionado el “cuerpo del delito”.
Me indicaron que me marchara, pero yo me quedé por las inmediaciones, y aunque bastante retirado veía todo perfectamente. Al poco llegó otro coche oscuro del que bajaron lo que entendí como dos trajeados inspectores, aguardando todos al dueño del maletero y su contenido de una forma discreta.
                                                                        


Habría pasado una media hora cuando llegó el dueño del coche, y antes que abriera la puerta fue abordado por los policías, que después de lo que pareció un intercambio de palabras, se dirigieron todos al portalón trasero para ver su contenido.
                                                                    


Yo me fui acercando al ver que aquello quedaba en nada, y cuando se fue el individuo, me dirigí al policía con quien había hablado anteriormente, que me dijo:
“Muchas gracias por su colaboración, pero ha resultado que lo que llevaba el hombre en el maletero era una muñeca hinchable que le habían regalado sus compañeros en el 10º aniversario de su boda. Mejor así.”
Pues vaya corte, pero como dijo el policía, “mejor así”.
                                                                      


En Madrid, a 29 de junio del 2015



domingo, 21 de junio de 2015

Jubilado

Llevaba unos años en descanso obligado después de toda la vida trabajando duro, pues en los tiempos en que era un hombre activo pasó por varios trabajos, debido a que en la última gran empresa en la que estuvo, lo despidieron a los 43 años, y al no encontrar trabajo en lo que había hecho siempre, montó varios negocios por lo que ya fue autónomo hasta su jubilación, por lo que con las matemáticas de los últimos años cotizados, le quedó una pensión bastante exigua para todo lo que había pagado con sus nóminas.
Vivía solo en un piso de su propiedad, (sus ahorros de toda la vida), pues aunque sus hijos querían que habitara con ellos, a él su independencia le parecía fundamental.
Gran aficionado a los libros desde siempre, poseía una enorme biblioteca aunque en los últimos tiempos compraba pocos libros, estaban carísimos, y siempre en ediciones de bolsillo o en mercadillos de segunda mano.
Pasaba por todas las bibliotecas públicas a su alcance para abastecerse de lectura, su único vicio, pues hasta del tabaco se había quitado y no por prescripción facultativa, sino porque el peculio no le alcanzaba.
                                                                     


Estricto en las comidas y bebidas ya que los gastos fijos no le permitían ningún dispendio, aunque no renunciaba a Internet ni a su teléfono fijo, esta última exigencia de su prole, ya que el móvil lo devolvió por no poder pagarlo.
Su entretenimiento aparte del anteriormente descrito y el de visitar gratis todo lo que a su condición de jubilado se le pusiese a tiro, eran sus largos paseos sólo o con sus nietos que verdaderamente le hacían renacer en ánimos y juventud, pues se identificaba perfectamente con los jóvenes que le aportaban un aire nuevo que él absorbía como vitaminas, y a los que siempre les decía lo mismo:
”Aprovechad todas las oportunidades que se os presenten en la vida. El único tiempo es el presente”.
                                                                           
 

No le interesaban ni la política ni el deporte, lo único que veía en televisión eran algunas series y películas del “Viejo Oeste”, con las que disfrutaba.
Y así era feliz. No necesitaba más, aunque tampoco podía vivir con menos, ya que su pensión prácticamente estaba congelada a pesar de todo con lo que había contribuido a “papá estado”.
Quería no morirse nunca sin ver otra vez la caída de las hojas, ni  oler cada vez las rosas en primavera, volver a paladear el jugo de una buena naranja, o probar lo último en artilugios audiovisuales.
                                                                            


Se le veía alegre y entusiasta.
¿Quién dijo que la vejez era triste? Mentira, y si no ved la mirada de mi amigo Eugenio.


viernes, 12 de junio de 2015

Y no estaba muerto...

Llevaba dos días despidiendo con los compañeros el haber aprobado limpio el 1º de medicina, y me recuperaba del cansancio de la juerga y el trasiego dormitando a ratos en casa, y al despertarme de una profunda cabezada, vi que tenía dos llamadas perdidas en el móvil, de mi amigo Fernando.
Lo llamé, para enterarme de que su padre había fallecido en accidente de coche. Le di el pésame y le dije que iría en un rato a acompañarlo, pero me comunicó que tranquilo, pues su padre estaba en el Departamento Anatómico haciéndole la autopsia, quedando que nos veríamos en el tanatorio de la S-30 por la tarde.
Estaba muy mal, pero no tenía más remedio que estar al lado de mi amigo en estas trágicas horas, por lo que después de picar algo, me puse mi traje de las grandes  ocasiones, y tomando prestada una corbata sin estrenar del cajón de mi padre, salí a la calle para coger un servicio público que me dejaría cerca del tanatorio.
                                                                          


Al llegar, después de media hora de espera el autobús, le pagué el billete al conductor, y estaba guardando la cartera, cuando en el súbito arranque me vi echado de golpe encima de una señora mayor, que pasado el primer momento de sorpresa, empezó a pegarme paraguazos diciendo que había querido aprovecharme de ella.
Me disculpé repetidamente con la vieja, pero ella seguía empeñada en que yo era un violador y que merecía la cárcel, por lo que después de un rato en que aguanté estoicamente la mirada de todos los viajeros y los improperios de la dama, decidí bajarme dos paradas antes, por lo que ya más tranquilo empecé a andar hacia mi destino.
Ya cercano el edificio decidí tomarme un café antes de entrar, y como quería echarme un pitillo, me quedé en la barra exterior junto a un pequeño perro amarrado a una mesa, y que no paraba de olisquearme, pero cuando ya no le prestaba atención, el puto animal decidió levantar su asquerosa patita y mearse en los bajos de mi pantalón. El dueño vino a pedir perdón, pero el mal ya estaba hecho y como para ayudar en sus excusas, me dijo que llevaba colgando la etiqueta de compra de la corbata. Di las gracias educadamente, y al quitar el cartoncito vi que era de un “chino”, y que le habían costado a mi progenitor “dos 5 euros”. Y eso que decía que las corbatas suyas eran de una exclusiva tienda italiana. ¡Qué jodío embustero!
                                                                         


Me fui al servicio de señoras porque era el único que tenía lavabo, y cerré. Me quité el pantalón y empecé a restregarlo con agua, y estando en esa pose, entró una mujer que pegó un fuerte tirón de la puerta, pegando un grito que apagó todas las conversaciones del bar. Me puse el pantalón rápidamente y salí a dar las pertinentes explicaciones a la señora, al dueño del bar, y a todos los parroquianos que quisieron oír mis excusas. ¡Joder con el día que llevaba!
Ya en el mortuorio, fui a recepción a preguntar por el difunto, y el empleado un poco chuleta, después de mirarme y de decirme que si venía a una boda, me indicó donde podía estar la familia.
Allí me dirigí para constatar que aún no habían llegado, por lo que salí a una especie de jardincillo que había como zona de fumadores. Había toda una multitud de personas, con niños incluidos, de etnia gitana, y al preguntar por educación a uno de ellos, me dijo que:
 “Ha muerto nuestro patriarca, el señó José del clan de los Naranjo”, pasándome a continuación un vaso con un líquido que al tomármelo por educación descubrí con las lágrimas saltadas que era puro aguardiente de Cazalla.
Lo que le faltaba a mi estómago que empezó a dolerme queriendo expulsar gases, por lo que disimuladamente me fui a un rincón que parecía desierto, donde sin ruido pero con un nauseabundo olor, escaparon mis indeseados ocupantes. Pero el desahogo no había sido anónimo, porque al momento escuché una voz a mis espaldas que me decía:
“Será guarro el payo este lo que ha largao”.
Era una señora muy viejecita en una zona oscura de aquel rincón detrás de un macetero, que por lo visto estaba dormitando en una silla de ruedas.
                                                                      


Salí de allí entre torvas miradas, para ir en busca de unos servicios para aligerar el peso de mis intestinos, encontrando un sitio muy limpio donde descargué de todo, pero cuando fui a limpiarme, no había papel higiénico. ¿Y ahora qué?
Busqué en los bolsillos en busca de papel, encontrando un duplicado de una antigua matrícula, pero al darme para poco, me metí mi pañuelo de bolsillo en lo profundo de mis nalgas, y de esa guisa me dirigí al velatorio un pelín “apretado”.
Ya estaba allí la familia al completo, recibiéndome como casi un hijo que era para aquella cantidad de mujeres, cuya media de edad rondaba los 80 años, dejando mi cara húmeda de babas y señales de carmín.
Estuve charlando durante bastante tiempo con mi amigo y su hermana, pues su madre, la recién estrenada viuda, no paraba de llorar y no quería hablar con nadie, y eso que el cadáver aún no había llegado al velatorio.
Pregunté si me necesitaban para algo, pues tenía ganas de  tomar un café y pasar por el baño, adonde me dirigí con mi amigo, que siguió en dirección al bar mientras yo hacía mis necesidades, que no eran otras que encajarme bien de nuevo el pañuelo en mi culito, y limpiarme la cara que ya me estiraba la piel con tantas  salivas secas de aquellas ancianas lloronas.
Ya con mi amigo en el bar tomamos dos copas en vez de café, a ver si así animaba a mi acompañante, aunque de lo que hablamos fue de la tragedia, y de lo que tardaba el cuerpo en llegar, pues empezaba a hacerse de noche.
                                                                    


Todos se fueron marchando incluidas las mujeres, pues nos dijeron que el cuerpo estaba en espera del permiso del juez de guardia y podía dilatarse, siendo la hora del sepelio por la mañana a las 9,45. Yo le dije a Fernando que me quedaría con él, pero después de tomar otros cuantos güisquis, él se quedó dormido en un sillón, pero para mí eso era imposible, por lo que decidí buscar un lugar mejor para echarme un ratito.
Fui dando vueltas y abriendo puertas, hasta que di con una habitación que tenía un gran diván hasta con almohadas, donde según me imagino me quedé dormido al momento.
Estando en ese bendito sueño, por lo visto según me contaron luego, entraron empleados de la funeraria y creyéndose que yo era el fallecido, me arroparon con una colcha hasta la barbilla, y empezaron a ponerme flores encima y coronas en tan gran número que me cubrieron por completo; y yo tan pancho.
Me desperté al escuchar que se abría una gran persiana, que en vez de ser una ventana a la calle como yo creía, era el escaparate para que los familiares pudieran despedirse del muerto en cuerpo presente.
                                                                    


La que se armó cuando yo surgí blanco como la pared y como un tallo en primavera por entre tantas flores y cúmulos de coronas. Salió gente corriendo, gritando y pisando a alguna vieja que se había caído desmayada. Pero más corría yo buscando una salida a la calle entre puertas y escaleras.
Por fin logré salir de allí, respirar aire fresco y acercarme al bar cercano a beber mucha agua, pues tenía la boca como una lija del doce, me acicalé lo mejor que pude en el baño, y me fumé tres cigarros seguidos con un café doble.
Estuve vigilando hasta que salió el féretro del padre de mi amigo, caminando abrazado a él durante un rato, para después mezclarme con la multitud pero haciéndome ver, incluso pude escuchar y ver cómo me señalaban entre risas  diciendo:
 “Ese era el muerto”.
Hasta que ya consideré que era suficiente, que había cumplido y quería terminar ya ese día con su noche, llegar a mi casa, ducharme, comer y descansar en mi cama durante 24 horas después de todo lo acontecido.
Tomé un taxi hasta casa, y al bajarme sin dar propina, me dijo el chofer en venganza:
 “Perdone la indiscreción, pero huele usted a muerto”, y pegando un portazo me fui del tirón.
Llegué a casa cuando estaban desayunando mi madre y mis hermanas, donde me asaetearon a preguntas viéndome la cara y el desaliño que portaba, “que qué me había pasado”.
                                                                          


Empecé a contarlo entre las carcajadas de todas, pero lo grande vino cuando al quitarme la americana, mi hermana Julia me dijo a carcajadas:”¿Qué llevas en  la espalda?”
Llevaba una cinta  pegada en la chaqueta que me quitó mi madre, y que decía:
“Tus amigas nunca te olvidarán”.
Así se reían tanto los del entierro, pensé.
Ellas  ya lloraban de risa, pero ya el colmo de los colmos fue cuando mi hermana Lola, entre jipíos  y casi sin poder hablar, me señaló diciendo:
“¿Pero dónde has estado que llevas los pantalones al revés?”.
Allí las dejé avergonzado dirigiéndome a mi dormitorio, y una vez desnudo me metí en la ducha en donde estuve más de una hora reponiéndome de los sucesos de aquel tremendo día que nunca olvidaré.
Aún cuando ya estaba casi dormido, oía las risas de las mujeres desde mí cama.
Un día para no recordar, aunque lo pasado en el tanatorio de la S-30, se comentó hasta en la prensa local.

Y eso que la realidad nunca la sabrán completa

viernes, 5 de junio de 2015

Virus

Salió de casa cabreado, porque le fallaba la conexión inalámbrica del ordenador y no había podido leer las noticias de los más importantes periódicos, y como era temprano entró a tomar un café antes de incorporarse al trabajo diario.
                                                                       


Se quedó en la barra, y escuchó una conversación de una cercana mesa:
-“Pues yo, a los equipos de futbol en cuyo campo se pite al escuchar el himno, les negaba su participación en la Copa del Rey.
-Lo que habría que hacer, repuso otro, es irse donde haya algún acto en donde se toque el himno de cualquiera de los nacionalistas, repartir silbatos a la entrada y pitarles a ellos, a ver si entonces el Mas también se reía.
-Pues yo creo que eso es una moda, es como un virus que se contagia cada vez que hay un acto institucional, o no os acordáis cuando el Zapatero iba al desfile del día de las Fuerzas Armadas, como también le silbaban siempre el mismo grupo de ultras.
-Es como tú has dicho, un virus contagioso.”
                                                                    


Me acabé el café, y tomé el camino del despacho. Al llegar, noté que la secretaria de la entrada no estaba, así que le pregunté a Quijano:
“-¿Qué pasa que Gema no está en recepción?
-Ha llamado diciendo que estaba enferma, por lo visto un virus de esos que andan.”
Por lo visto en este país, el culpable de todo es un ente desconocido y perverso, que nadie ha visto pero del que todos hablan achacándole todos los males: UN VIRUS.
En el receso de media mañana, llamé a un informático para que me dijera qué le pasaba al ordenador y si podía arreglármelo, diciéndome que se lo llevara, pero que seguramente sería un virus. Otra vez aparecía el bichejo.
                                                                 


Al llegar a casa a comer, puse el telediario para ponerme al día, y en una tertulia política de las de aquella cadena, nuevamente escuché hablar de aquella pesadilla nacional: “Esto de que aparezcan nuevas formaciones políticas, es como un virus que se ha extendido por España y que acabará en convertirse en una pandemia.”
Echando una cabezada en el sillón después de comer, soñé que el país volvió a ser otro mucho mejor y sin problemas, desde que se destinaron cientos de millones de euros en recursos para acabar con esta maldita plaga que todo lo invade, aunque no acabó de desaparecer del todo, pues se contagiaron corruptos, inmigrantes, políticos, funcionarios, hospitales, sindicatos, patronal, Colegios Oficiales, parados, autónomos y casi todo tipo de comunidades de más de tres miembros o miembras.
                                                                       


Todos los desastres mundiales se deben: En Cataluña y País Vasco, achacaban el contagio del virus de sus males a España, en Madrid a los nacionalistas, en Estados Unidos a China, en Rusia a USA, y en Bruselas centro neurálgico de la CEE, a los “Pig”, países incontrolados del Sur de Europa que con su buen vivir en la anarquía, ponen en peligro a todos.
Tengo que consultar a alguien que sepa, si a Australia también ha llegado el temible bicho.
Si creéis que soy exagerado, “que venga un virus y lo vea.”




En Madrid, a 5 de Junio del 2015