lunes, 20 de agosto de 2018

Siempre juntos


Eran vecinos, y como el agua que sigue su curso y predice como lo más natural su camino, así Berta y Juan tenían como cosa normal estar siempre juntos, desde la cuna. Iban de paseo con sus madres, que eran amigas, dando sus primeros pasos, en los primeros juegos, compañeros de clase en el mismo colegio sin mezclarse con otros amigos más que de  forma ocasional, ayudándose en los estudios, riendo o llorando siempre en collera.
                                                                   


Se sentaban al atardecer en el poyete de la puerta del cuarto de ascensores en la azotea de su vivienda  para contemplar cómo iban saliendo una a una las estrellas, inventando hipotéticos viajes estelares a la luna o a cualquier desconocido planeta, nombrándolas por turnos con soñadores nombres al cual más pelegrino: cristal, luciérnaga, torete, pigmea, etc…
                                                                   


Pero llegó un día que sus vidas, sus mundos, se separaron. Ella haría una carrera en una escuela de negocios para incorporarse a la empresa de su madre; él se marchó a Madrid a la escuela de ingenieros de telecomunicaciones, y si bien se llamaban por videoconferencia en los primeros tiempos, poco a poco se fueron distanciando por los vericuetos laberínticos de la vida.
                                                                     


Eran ya personas incorporadas al mundo laboral cuando quedaron para verse en unas vacaciones, los dos tenían ganas de reencontrarse. Ella iría a recogerlo al aeropuerto, ya que él volvía de Los Ángeles en Estados Unidos, donde trabajaba.
Estaba soltero y nunca había salido con ninguna chica cuando tuvo ocasión. En la mente de Juan la imagen de ella a través del tiempo estaba idealizada, como su única posible compañera para crear un hogar, tener hijos; retomar su amistad donde la dejaron, porque ya sus sentimientos eran de algo más que cariño. Se creía enamorado.
                                                                        


Habían quedado en el bar del aeropuerto, y ella coqueta se había arreglado a fondo para  impresionar a su amigo, que la viera  igual  que cuando se separaron, aunque los años transcurridos  habían pasado y eran dos personas diferentes. O a lo mejor no tanto, pensaban ambos.
Después del abrazo y los besos de bienvenida, los dos hablaban a la vez nerviosos contemplándose ávidamente para relacionar a esa nueva persona que tenían delante con su sombra inseparable de tanto tiempo atrás, y ya un poco más tranquilos empezaron a contarse sus vidas, aunque se habían seguido en la lejanía.
Y vino el desengaño y el fin de lo soñado, la realidad. Así era ese río al que llamamos vida.
                                                                        


Berta le pidió a Juan que fuera su padrino de bodas la próxima semana, cuando se casaba con Felipe que era una persona estupenda, que ya lo conocería, y que estaba embarazada.
La vida es sueño, y los sueños, sueños son.

No hay comentarios:

Publicar un comentario