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lunes, 29 de abril de 2013

Carta de un alcohólico


Querida esposa:
Otra vez ha vuelto a suceder, y temo que cuando leas esta carta ya te habrás marchado, no se a donde, pero lejos de mi.
Te lo juré y perjuré de rodillas la última vez que sucedió y que me aseguraste  que ya no aguantabas más, que te ibas si me volvías a ver tomando una copa. Y ha sucedido.

                                                  


No sé qué pasó, ya llevaba dos años sin beber y creía tenerlo superado, pero me acerqué a la barra de aquella celebración, y sin pedirlo, me pusieron delante aquel whisky solo con hielo, y no pensé que es lo que hacía mi mano, pero antes de darme cuenta ya me lo había bebido, y sólo vi tu imagen reflejada en el  espejo, mirándome muy seria pensando que aquello que veían tus ojos era imposible. Yo también pensé que aquello no había podido suceder, pero pasó y aunque intenté que me volvieras a perdonar ya tenías tomada tu decisión.
Te quiero con toda mi alma y no quiero perderte. Sabes que cada día me levanto luchando con mi enfermedad, y que como nos dijeron las recaídas suelen suceder y hay que levantarse de nuevo, con ganas de lucha renovadas.
                                                     

Sé porque lo he visto a mi alrededor, que este vicio lleva a la muerte, como le ha sucedido ya a algún familiar y a otras personas conocidas, y te aseguro que yo no quiero que esto me suceda, pues quiero envejecer a tu lado plácidamente, de tu mano cogido, por lo que no puedo soportar que te vayas de mi lado.

Si supieras la angustia que me embarga y que me asfixia hasta hacer insoportable el dolor que me oprime el pecho, si vieras mis ojos que ya no pueden llorar más de secos. No soy yo, soy un muñeco roto que sin tenerte a su lado ya no le importa la vida, que no tiene sentido si tú no estás a mi lado para ayudar a levantarme.

                                                   


Te quiero demasiado, amor mío. Vuelve y perdóname una vez más dándome fuerzas para luchar juntos contra esta lacra que tengo encima y que nos separa.
Tantos años juntos y no soporto ni que por un instante nos separe una habitación, una pared, de tanto como eres yo mismo. Te quiero mucho, amor mío.
Vuelve.
Tu marido

martes, 23 de abril de 2013

Feria de Abril del 2013


Muy buena Feria de Abril la de este año; buen tiempo, caseta nueva y alegría entre familiares y amigos que es lo principal.







Calurosa temperatura, sol radiante, garganta deseosa de manzanilla o Cruzcampo fresquita, y los pies deseando marcarse unas sevillanas.
Vi este año que había más carruajes y caballistas que en los años anteriores, sobre todo a partir de las cinco de la tarde, ya que parece ser que las horas han cambiado o que la gente no tiene como para irse a almorzar y acude a media tarde y se retira cuando puede. Había que escuchar como las reuniones pedían una jarra de “rebujito” y una tortilla de patatas con doce tenedores.
Atrás quedaron los tiempos en que la gente hacía la Feria de la mañana de 12 a 17 horas, y después volvía de noche hasta que el cuerpo y la cartera aguantasen. Por supuesto después de escuchar algún grupito de sevillanas, de una buñolada en las casetas de los gitanos o de unos chocolates con churros.
He tenido la suerte de estar tan bien, después de todo lo pasado, que hasta me bailé unas sevillanas con mi mujer y mi hija, aunque mi yerna adjunta y doctora favorita  Viky , no quiso bailar conmigo.
¡Como disfruté viendo bailar a mi nieta Olivia y hacer el gamberro a mi nieto menor Santi!
¡Qué alegría de Feria junto a mis amigos Pedro (mi hermano),con su mujer Aurora, con Rafa y Sra. y  otros muchos con que te encanta coincidir.
Si tengo que decir que me dio pena no coincidir ni con mi hermano Eduardo y Margarita, ni con mi hermana Mª del Carmen, enclaustrada por culpa de una tendinitis.
Sin embargo si estuve con la mayoría de mis sobrinos y amigos, donde por cierto tengo que constatar que una de estas amigas que considero como a mi hija, se molestó porque creyó que le cogía el culo, cuando es un gesto cariñoso y sin intención que le hago normalmente a todas mis sobrinas. Lo siento, no te volverá a suceder.
Bueno, y os pongo un reportaje fotográfico de toda la Feria.

miércoles, 10 de abril de 2013

El adiós


Era invierno, el único tiempo en que la inquieta y desapacible Sevilla aplacaba su ardiente entusiasmo.
En plena noche, una luz tenue, apacible, se filtraba a través de un techo de nubes blancas, tras la cual se adivinaba la majestad circular de la luna.

                                                   
 
Desvanecidos los aromas familiares, sólo ascendía el frío y agobiante céfiro del río cercano. En el silencio,  la ciudad parecía diferente, azulada y como muerta, en el fondo del valle que definía al Guadalquivir. Las rocas se aborregaban en las laderas, más allá de las murallas, en alegres copas de los limoneros mustios de  la pena culpable de perder  sus frutos.
En el lado opuesto, se adivinaban las vides salvajes y algunos almendros vestidos tempranamente de claras flores, visibles aún en la penumbra.

                                                    


Te hallabas sentado en la terraza del solitario minarete, esforzándote en desterrar de tu corazón tantos y tantos recuerdos, mientras te sumías en la contemplación de los tejados y azoteas, las solemnes fachadas de las iglesias, las callejuelas desiertas, la quietud de los cercanos campos, la inmovilidad, al fin, de los árboles y el río.
En raras ocasiones reinaba una calma así en  esta Híspalis de desmesuras y desafíos. Porque podía decirse que aquel era el lugar del ruido y del desasosiego. ¡Cuánta gente! Quien pudiera entretenerse y contarla. Decían que había más de medio millón de personas dentro de sus murallas. Una humanidad venida de todas partes, que vendía y compraba una y diez veces, sin señas ni memoria, arrastrada, malqueriente, astuta y azarosa, como suele ser la gente de ninguna parte. Una muchedumbre que ahora dormía, tal vez para olvidar los excesos de las noches de estío, o por puro agotamiento.

                                                     


El cielo se abrió repentinamente sobre la blandura que coronaba las agujas eclesiales al norte, y la luna llena apareció brillantísima en el firmamento rodeada por un blanco anillo de nubes. La brisa fue entonces helada, y se estremeció en su ensueño de la noche sevillana.
Habías renunciado al sueño para encontrarse con la extraordinaria clarividencia que solía regalarle Selene. Necesitabas meditar para ahuyentar la nostalgia, o tal vez se tratara de todo lo contrario y, en el fondo, buscabas en regodearse en esa pena, ese vacío que se apoderaba de ti en este momento de abandonar el lugar preciso y precioso donde habías querido, donde habías descubierto que el amor se escribe con mayúsculas, en donde de tu duro corazón de rechazos y reencuentros, había renacido la innata pasión por esa persona que creías desaparecida y pretenciosa.

                                                   

                                                  
Ya no había vuelta atrás, solo el destierro de las cosas que aunque no te afectaran, te responsabilizaban de aquello cometido por tus ancestros.
Adiós amor, sólo me queda lo nuestro.

En los escalones del Archivo de Indias (Sevilla), a 8 de Abril del 2013

jueves, 4 de abril de 2013

Tu cuello


Como por descuido, sin pensar, con menosprecio al ambiente canalla que dominaba tu presencia, entré en aquel bar donde lo único que destacaba era el cerúleo brillo de tu cuello imperfecto, por culpa de aquel infame paño que enrollabas, como casualmente, para no dejar al aire ese lunar primorosamente esculpido en la sombra de la blancura manifiestamente desafiante.

                                                   


Yo no sabía lo que hacía, de tan atento como estaba a ese cuello de cisne malherido y doliente, por aquellos movimientos inapropiados a los que sometías tu cabeza enmalezada de esos rizos convulsos y tan bien puestos por cualquier peluquero de barrio popular y anodino, pero que con la gracia con que combatías los bucles rabiosamente rebeldes, resultaba de todos modos poco estudiada por espontanea.
Yo, estúpido de mí que iba con alguna copa de más, volví a la realidad enjuta y exuberantemente sexi de ese arco blanquecino, terso y de una perfecta y delicada curva ascendente, del que me enamoré al instante anterior de haberlo sentido, ya que respondieron en mis vellos de punta que no era capaz de controlar.

                                                   


Cómo decir que no recuerdo tu cara, ni las palabras, las pocas palabras que pudimos cruzar en aquella tolvanera de ruido infernal al que llamar música, cuando la verdadera melodía era la de tu desnudo hombro ascendiendo a la perfecta curvatura de la que no era capaz de apartar la atrevida y lujuriosa mirada con que respondía al desafío de las formas.
No sé como salimos de allí sin enturbiar el encanto, la magia o ensoñación de lo que veía o creía vislumbrar  en las sombras de tus hombros, o cómo sin merecerlo acabaste compartiendo lecho con tan atrevido admirador, que sin atreverse a tocarte a pesar de tus deseos, solo miraba, besaba y revesaba tu perfecta curvatura, la blancura perfección de aquel perfecto hombro que jamás se borrará de mis recuerdos.

                                                     
         
Y nos amamos, vaya si no amamos, sin prisas, sin atrevimientos extraños o no deseados a esas dos personas entregadas y rabiosamente pasionales, en que nos convertimos durante el tiempo que tardó en vencernos el cansado sueño al que ya no éramos capaces de oponer resistencia.

                                                     


No me dejaste nada de ti, sólo el recuerdo de tu torso perfectamente escultural, blanquecino y cubierto de besos, de aquellos mis besos con que quería darte las gracias de haberme enamorado de una parte de ti, ya que no recuerdo tu cara, sólo recuerdo mis besos y tu cuello, tu cuello de cisne sin lago, sólo sin  ballet, en quieta escultura de perfección y deseo.
Tu cuello.