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martes, 20 de septiembre de 2011

Deporte de riesgo


Nunca me habían comprado mis padres  una bicicleta, así que no sabía pedalear, y como nunca es tarde, un día llegó la ocasión de sacarme esa espinita.
 En casa de  mi amigo Adolfo había dos increíbles máquinas a mi disposición, una  de él y otra   de su hermana Chela, de quien por cierto estaba locamente  enamorado, lo cual yo llevaba en secreto como se lleva el dolor de  las hemorroides.
Cierto día lo comenté en su casa, lo del pedaleo, pues no sabían que  ni tenía bicicleta ni sabía montar, ya que se le había ocurrido a mi amada niña,  hacer una excursión a no sé  dónde, por lo que se dispusieron  a enseñarme en dos tardes lo que ellos llevaban haciendo años.
                                                                                 
Ni os podéis imaginar las fatiguitas que pasé, pues mientras ellos se reían a carcajadas, yo me caía continuamente, hasta  que por fin logré andar  solo como cien metros sin caerme, con lo que se dio por concluido mi intensísimo cursillo.
Yo quería entrenarme más, pues en realidad mi inseguridad era manifiesta, así que en vez de ir a clase, me iba al Parque de Mª Luisa y alquilaba una bicicleta por dos horas para irme soltando de verdad.


                                                                                 
A la semana consideré que podía defenderme bastante bien, así que les dije a mis amigos que podíamos ir de excursión cuando quisieran, pues hasta había comprado una bici de segunda mano con mis ahorros.
Me exigieron una prueba definitiva de mi destreza, así que un día a una hora que había escasa circulación, me dispuse a mostrar mi preparación para este deporte, para mí de riesgo.
Para chulear hasta me llevé a su perrito Juancho en mi manillar, y empezamos a rodar con tranquilidad aunque sin mucha confianza.
Ya había dado dos vueltas triunfales a la manzana, cuando al pasar por delante de mis fans, y con Juancho ladrando, creía yo de alegría, me solté de manos mirando al tendido, sin percatarme de que una moto salía por mi derecha, con lo que todos fuimos al suelo con gran ruido de hierros y consternación de mis espectadores.
                                                                                
No nos pasó nada, aparte de mi brazo roto, el perrito maltrecho, la moto y el motorista enteros y mi bici para el chatarrero.
Había pasado casi un mes de aquello, cuando visité a mis amigos. Entre el perro que aún tenía una pata entablillada y  me ladraba sin parar queriéndome morder,  y Adolfo y su hermana con su hiriente cachondeo, lograron que mi incursión por los circuitos y el enamoramiento por Chela,  murieran enfriado por mi  vergüenza y “amor propio”.
 Desde entonces me caen mal los perros, los ciclistas y los deportes de riesgo.

En Zizur Mayor, a 20 de Septiembre del2011

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