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martes, 14 de marzo de 2017

La llamada

Nunca, nunca se lo perdonaría. Sabía que nunca podría dejar de quererlo, pero por su hijo, jamás le perdonaría lo que había hecho con ellos.
Desde que él los abandonó, ni recibía  noticias ni le enviaba un céntimo para comer ni para nada. Ella tuvo que colocarse en una cafetería de camarera para  comer y pagar las facturas, dejando a su hijo en una guardería.
                                                                


Miraba el teléfono en una mesita lateral que ya nunca sonaba. Estaba sola, nadie contaba ya con ellos. Hasta los amigos y la familia fueron distanciando las llamadas. Lo daría de baja; un gasto menos.
Aunque todo ocurrió aquel día, toda esta historia, esta triste y trágica historia, venía de lejos. Muy atrás quedaban los días felices de noviazgo, de la boda y del principio de la convivencia.
                                                                      


A raíz de quedarse embarazada y quizás debido a sus múltiples molestias (pues hasta después del parto ella no fue la que era), Alfonso se fue despegando, de forma que cada vez llegaba a casa del trabajo más tarde; que si se tuvo que quedar, que si una avería del coche, un cliente intempestivo, o unas copas con los amigos, las más de las veces.
Pero llegó un día en que discutían a gritos por todo y todos los día; aquello empezaba a ser insostenible. Hasta que una noche de madrugada, lo esperaba con el niño enfermo para que fueran a “Urgencias”, y él se presentó tan borracho, que sin decir palabra ella pidió un taxi por teléfono y marchó al hospital con el crío, aunque menos mal que no lo dejaron hospitalizado, pues le bajó la fiebre y siguió con el tratamiento en casa.
                                                                      


Al día siguiente era fiesta, y Alfonso se despertó muy tarde sin acordarse de nada (o eso decía), pero ella desahogó sus nervios y la angustia que había pasado recriminándole la historia de sus desatenciones, con lo que la discusión llegó a un término de gritos e insultos, que  acabaron cuando él metió en una bolsa de deportes cuatro cosas y con un portazo acabó la relación y la comunicación.
Estaba tan ensimismada que no se dio cuenta que el teléfono sonaba sin parar, y ella se quedó anonadada cuando escuchó la voz de Alfonso:
                                                                   


“María por favor, perdóname.”
-Pero tú crees que después de dos años sin preocuparte de nosotros, ¿Ahora por qué?
“Por favor, por favor,  perdóname”
-No, no te perdono, nunca te perdonaré por lo que le has hecho a tu hijo.
“Por favor…”
¿Pero de donde me llamas, donde estás? Casi no te escucho. Vamos a vernos y hablamos si quieres. ¿Alfonso, Alfonso, estás ahí?
                                                                           


La comunicación se había cortado. Estuvo junto al teléfono hasta las doce de la noche sin que sonara, y cuando ya se iba a la cama, llamaron a la puerta.
Al abrir esta, se encontró con Juan, amigo de su marido y que no veía hacía mucho tiempo; traía un gesto muy serio, y quedó un rato mirándola sin saber que decir, hasta que rompió en balbuceo:
                                                                        


Alfonso, Alfonso…
Sí, me ha llamado hace un rato pero me colgó.
¿A qué hora te ha llamado María?
Pues no sé, serían las nueve y media o las diez ¿Qué pasa?
María es imposible que hablaras con él a esa hora.
Si, si, sería sobre esa hora, seguro.

María, Alfonso ha muerto en un accidente de coche sobre las siete de la tarde.

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