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miércoles, 12 de mayo de 2010

La recomendación

Temblad, temblad de envidia, malditos parados con lo que os voy a contar. Pero antes permitidme deciros que las oposiciones a cualquier estamento de la Administración del Estado es la solución de vuestra vida, da igual la estatal que la autonómica, al Ministerio de Hacienda o a la Junta de Andalucía. Es el futuro si queréis ser seres felices en compañía de vuestras mujeres e hijos, y generosos con los tiempos y los espacios. Os engañan en el sueldo, no en el trabajo.

Os quiero hablar de Braulio, un amigo que tenía mi padre, que era de su pueblo y que vino buscando un enchufe.

Estaba mi progenitor en su despacho, cuando le anunciaron que tenía una visita en la puerta:

- D. Ramón es un señor que lo conoce del pueblo, viene con un paquete enorme que huele de maravilla, dice que se llama Braulio y viene con su hijo para hablar con usted.

-Espera veinte minutos y me los pasas.

El conserje, que estaba bien aleccionado, se los pasó a mi padre a la hora y media.

-Hombre Braulio, pasa. Perdona el haberte hecho esperar, pero es que tengo trabajo para ahogarme y no he podido atenderte antes. Me imagino que tu familia está bien y ¿Este? No será Santito.

-Pues sí, don Ramón. Es que ha crecido más de la cuenta. La leche en polvo de los americanos ha hecho milagros.

(A todo esto Braulio y “el Santito” permanecían en pié y mi padre sentado)

-Bueno dime qué te pasa.

-Antes de nada, le quiero dejar estas chacinas de la matanza que la Rosario me ha dicho que le entregue, pues sabe lo que le gustan a usted y a la señora de usted, Dña. Caridad.

-Gracias Braulio. Pero vamos al tajo y dime qué quieres.

-Don Ramón: Ya soy viejo para la labranza, mi mujer enferma y los niños chicos que necesitan mucho. Y el campo no da para tantas bocas. Me gustaría colocar al Santito en la ciudad. Tiene 17 años, en la escuela le han enseñado a leer, a escribir y de cuentas. Por favor, búsqueme algo para el niño y que nos eche una mano para poder ir tirando.

-Hostias Braulio, yo no soy ni Franco ni Dios, y ya sabes que las cosas están muy malas. Todos los días vienen diez del pueblo para que los coloque. ¿Quién coño os habéis creído que soy? Bueno venga, vete y ya te avisaré con el “bollerito” si hay algo.

-Por favor, Don Ramón, que nuestra vida depende de usted.

-Id con Dios y si hay algo ya te aviso.

Hubo unas oposiciones “de estado” para celadores de hospitales y mi padre recomendó al Santito, no sin antes decirle lo que tenía que hacer:

-Tienes que contestarlo todo bien o mal. Tú lo contestas todo. Al final y antes de la firma pones que eres sobrino del camarada Ramón Olivares Guzmán y con grandes letras mayúsculas “Viva Franco y Arriba España”.

El Santito, que aunque de apariencia cazurro y mal encarado, de tonto no tenía un pelo y con su flamante “lápiz de tinta”, que le había regalado D. Luis su maestro, respondió a todo. En una cuenta con decimales que tenía dudas, el mismo vigilante del aula se la corrigió. Por supuesto que al final del examen puso el nombre de su benefactor y los “vivas” de rigor que tanto puntuaban.

Así fue cuando al mes y medio, ya estaba trabajando en el “Hospital García Morato”, de la mariana y bendita ciudad de Sevilla. Lo destinaron al “Mortuorio”, que al principio le daba un poco de repelo, pero a la semana se había acostumbrado, ya que era una zona muy tranquila y sus “pacientes” no se quejaban.

Tanto se acostumbró al entorno de su trabajo, que era normal en este mes de Julio tan caluroso, se metiera en el frigorífico de los “cayetanos” para dormir la siesta.

Y ahí fue donde tuvo el primer percance por el que fue amonestado, pero sin que el agua llegara al río, ya que el cachondeo duró mucho tiempo en el hospital y en toda Sevilla.

Estaba tendido en una camilla en el “frigo”, tapadito con dos sábanas y soñando con su Dolores, cuando entraron en la estancia refrigerada dos camilleros con un fiambre y al chocar con la camilla del Santito, esté se despertó gritando sobresaltado, de tal forma que los enfermeros salieron de la cámara chillando y demudados en la color. En el silencio del hospital a las cuatro de la tarde solo se escuchaban los gritos desgarrados de estos desdichados diciendo: “un resucitado, socorro, un muerto ha resucitado, venid”.

A los dos camilleros hubo que darles tila y un buen copazo de coñac para tranquilizarlos y al Santito después de la regañina lo cambiaron a quirófanos de la segunda planta, de donde otro día os contaré alguna historia del figura ya famoso, conocido de todos dentro y fuera del hospital como leyenda viva, por el “mote” de “El Resucitado del Morato”.



Villanueva del Ariscal a 12 de mayo del 2010





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