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domingo, 22 de abril de 2012

El maleficio


Zaida y Husayn habían venido de lo más profundo del desierto de Libia, de un pueblecito llamado Al-Krim,  solo arena, arenas, hambre a todas horas, y…arenas, huyendo de las hambrunas de la guerra y se habían instalado con lo poco que traían 347,50 €,  en una casita pequeña de una planta y azotea en Torreblanca, muy cerca de Sevilla, donde ambos trabajaban en lo que salía que en estos tiempos de penurias era poco, pero con la ayuda de la gente humilde de alrededor, las más solidarias siempre,  iban tirando, pues además de alegres y confiados eran personas siempre dispuestas a ayudar a los vecinos en lo que fuera.

                                                                            
Tenían un diminuto jardín donde Zaida había plantado geranios, clavellinas, petunias y cualquier maceta que encontraba o le regalaban. Un día observó que  su vecina tenía un hijo un poco retrasado y cuando ella regaba se la quedaba mirando escondido en la tapia que hacía de medianera, donde había hecho un agujero para observar a Zaida y se masturbaba a través del bolsillo del chándal contemplándola oculto y jadeando.

                                                                              
Una mañana Zaida, estando tendiendo ropa en la azotea,  vio un pájaro negro muerto a sus pies que identificó como una mirla. Se quedó paralizada por el miedo, ya que en su país era señal de que se avecinaba alguna desgracia y como era tremendamente supersticiosa, salió corriendo de su casa en busca de una gitana del vecindario que tenía fama de bruja y adivina.
Con mucho misterio y después de toda una puesta en escena de calaveras y búhos disecados, la gitana Trona le dijo que alguien del vecindario quería perjudicarla y que si sospechaba de alguien. Entonces le contó lo del subnormal que la espiaba y se masturbaba.

                                                                                  
Como remedio, tenía que mezclar la sangre de dos gallinas con sus plumas y unos polvos que le entregó, derramarlas sobre la cabeza del enemigo y que esperara sin salir de la casa dos días, para que el sortilegio surtiera efecto.
Al día siguiente lo preparó todo en un cubo y lo mezcló, poniéndolo al lado de la pared por donde era observada.
Comenzó a regar sus plantas como cada día y al percatarse de que la estaban mirando, se subió a un taburete que tenía preparado junto a la tapia y derramó todo el contenido del cubo sobre el mirón que salió de su escondite dando gritos cuando se vio correr la sangre con las plumas por su cara.
¡La que se armó en el vecindario! Todos gritando sin explicarse que le había pasado al chaval. Al fin alguien llamó a “emergencias sanitarias”, mientras su desolada madre lo limpiaba e intentaba ver de dónde manaba la sangre.

                                                                               
El Momo, que así le llamaban solo decía:
-Estaba midando a mi amó, tuando se me abrió la tabeza y chodeó sandre   po todas pactes y yo sólo quedía gustito”.
Ni que decir tiene que nadie comprendió al tonto, por lo que una vez que los sanitarios vieron que no había heridas, se marcharon casi riéndose por el extraño incidente.
Zaida salió después de dos días de su casa como si tal cosa, sorprendiéndose de los acontecimientos acaecidos a la pequeña comunidad y pretextando que había estado enferma.
Después de aquello ya no hubo más mirones por la tapia de la guapa Zaida, ni más lluvia de sangre en la cabeza del Momo.

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