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lunes, 8 de agosto de 2011

La fiesta de aquel verano


Había llegado los días más esperados del año en la Urbanización “La Ponderosa” de Valencina de la Concepción, la fiesta que veníamos preparando durante dos meses largos para que nada fallase; recaudar dinero, la banda de música, el escenario, las actuaciones, los cohetes, y el largo etcétera que conlleva la preparación de un evento al estilo del “Carmona”, mi cuñado, el más pesado y seguido del mundo mundial.

                                                                                
Tuvimos que ir a contactar con el grupo que iba a amenizar la fiesta en su día principal, y no se nos ocurrió mejor cosa, que ir a  contratar a los “Incansables de Torreblanca”, ya que nos habían dicho que era un grupito muy animado, y vaya si lo eran, y el nombre les venía que ni pintado, pues a altas horas de la madrugada y después de seis horas de actuación, totalmente borrachos, hubo que echarlos con una  escopeta de dos cañones y palabras gruesas.

                                                                                 
Los niños y algunos mayores se disfrazaban el primer día y recorrían detrás de la música las calles de la urbanización, llevándose premios los más gansos o los más originales. 
Los cohetes que tirábamos los tres cuñados a cualquier hora eran innumerables, y empezaron a llamarnos “Los putos  Carmonas”. Uno de estos artefactos de pólvora, me chafó completamente mi pulgar, pues al encenderlo, en mi estado de media papa, no me di cuenta que mi dedo estaba debajo de la mecha, y para no herir a nadie, aguanté hasta que el cohete salió disparado, igual que yo, que con lágrimas en los ojos, buscaba desesperadamente y a gritos, alguna cremita milagrosa para mi tremenda quemadura entre el cachondeo del personal.

                                                                                  
El fin de fiesta, el domingo, precedidos de la banda de música, desfilábamos los esforzados próceres, disfrazados de algo, un año de vacas, otro de marineros y este año tocó de romanos y no nos faltó ni un “Cesar” laureado  subido a una cuadriga tirada por un borrico y su entrenador vestido de hebreo, el más borrico de los dos.
En cada parada que hacía tan solemne desfile, libábamos toda clase de tragos, de esos que quedan en las casas después de Navidad y que sólo nosotros éramos capaces de echarnos al coleto.
El resultado era que al final del desfile y ante tan enormes borracheras, la piscina actuaba como refresco y bálsamo de tantos afectados.
Luego, como final del fiestorro, se organizaba una sardinada gratuita para todos y todas, y acabada la cual, la gente iba desapareciendo sin hacerse notar camino de  la cama, pues había que descansar para volver al trabajo el lunes.
Buenos tiempos en que estábamos todos: Rosario (Que inventaba y hacía los disfraces de los padres), Emilio Rubiales, Cesar, Paco Millán “El Gordo”, Pepe Cortijo, Perales, los Carmona (José Manuel, Julio y yo), y toda la gente que ayudaba en lo que podía o sabía.
Buena gente, sana diversión y buenos recuerdos.

1 comentario:

  1. Adoro seu blog, os textos e as fotos.
    uma festa. Que buena su visitacion.

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