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martes, 2 de agosto de 2011

Recuerdos de playa

Las seis de la mañana. Hora de levantarse, aunque ya llevaba casi una hora despierto  y el resto de la noche, los nervios no me habían dejado dormir. Por fin me llevaban a conocer la playa y ver el mar, que sólo conocía a través de fotos y de imaginármelo idealizado por alguna película vista, aún en blanco y negro.
Llegar a la estación y montarme, también era mi primera vez, en un tren que nos llevaría a Cádiz, para mí, desconocida y lejana ciudad a más de doscientos kilómetros, yo que lo más lejos que había ido era a Montellano, el pueblo de mis padres y mis hermanos mayores.
                                                                                
Todo el tiempo de las cuatro horas de camino, con la frente pegada al cristal de la ventana del vagón, donde el resto del grupo bebía aguardiente, comía rosquillas y cantaban sevillanas, fandangos y demás canciones que la ocurrencia del momento propiciaba.
Al fin las primeras salinas y esteros de Puerto Real y de San Fernando, y a la salida del pueblo contemplé por vez primera el recibidor del mar que era la bahía de Cádiz, surcada por barquitos de pesca y algún mercante recién salido de los astilleros gaditanos.
Ya llegamos, y cada uno con algún bulto en la mano, en la espalda o casi arrastrando como era mi caso, emprendimos el camino de la playa.
¡El mar! Qué maravilla el perder la vista en la lejanía, donde un carguero en el horizonte, navegaba hacia países de extraños nombres, que yo difícilmente visitaría ni imaginativamente.
Asentamos nuestro real posicionando la gran tienda de campaña cerquita del mar, para aprovechar las humedades y los vientecitos que aliviaran el calor y el sofoco que ya teníamos. Nos cambiamos a ropa de agua, yo me puse unas calzonas fabricadas por mi madre, un poco grandes y largas, pero bueno, es lo que había.

                                                                                
Corrí como un poseso hacia la orilla donde pequeñas olas rompían con un cascabeleo de conchas que a mí me parecía música celestial.
No salía del agua, hasta que me obligaron a sentarme en la arena y secarme al sol, porque tenía los dedos arrugados y esto era síntoma de que había que salir del baño o me daría algo malo.
Ya era pasado medio día, y a la sombra del toldo de la tienda, estábamos comiéndonos las viandas traídas: Tortilla de patatas, filetitos empanados, patatas “aliñás”, picadillo y chacinas variadas. Una comilona que me llevó a dormir casi toda la tarde, hasta que hubo que ir recogiendo para volver al tren que nos llevaría de vuelta a Sevilla.

                                                                               
Más canciones, y algún que otro chiste verde en el tiempo que agotábamos lo que nos había quedado del almuerzo. 
Poco a poco todo el mundo se fue quedando dormido, menos yo que con la cabeza pegada al cristal, miraba las lucecitas de las casas desperdigadas,  y el reflejo en la ventana de la mano de Juan metiéndose por el escote de mi hermana; el, vigilando por si alguien se daba cuenta de su maniobra y ella haciéndose la dormida.
Ya llegábamos. Para mí fue, la mejor experiencia  en mis doce años de vida. El mar, la mar, era aún más infinito de lo que yo había imaginado.

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