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domingo, 12 de junio de 2011

Acoso

Marcos era un chaval normal, en la encrucijada de los ilusionantes años de la adolescencia. Sacaba unas notas superiores a la media del curso, pero su carácter algo retraído lo dificultaba para hacer amigos con facilidad, si bien con sus compañeros era un muchacho correcto.

Sus problemas con algunos de estos venían desde el curso anterior, cuando sin pretenderlo dejó en ridículo a uno de ellos en clase. Este, Felipe, y dos o tres “valentones” más, se habían dedicado a insultarlo y a aislarlo con desprecios y malos tratos mal disimulados, que practicaban a la menor ocasión. Esta circunstancia hacía que lo tuvieran amargado.

                                                                                  
Al principio del curso, le habían quitado la ropa de la taquilla del vestuario mientras hacía deporte en el campus, y esta no había aparecido a pesar de la denuncia al director. Otro día le quitaron la mochila y se la tiraron en un retrete sucio y maloliente encima de excrementos.

Los profesores decían que eran “pequeñas gamberradas propias de la edad”, sin darle mayor importancia.

Pero lo último fue peor, y es que saliendo del Instituto, le habían empujado desde la acera a la calle y un ciclomotor que pasaba en ese momento, lo había arroyado rompiéndole un brazo. Si hubiera pasado un coche lo hubiera matado.

Esto hizo que sus padres fuesen a hablar con el director a denunciar los hechos. Este llamó a los alumnos señalados, que lo negaron todo diciendo que ellos no habían salido aún de clase cuando esto sucedió; nadie vio el accidente, por lo que no había testigos.

                                                                                   
El atentado, no solo no los frenó en sus acciones, sino que los envalentonó ante la impunidad en que se movían, teniendo como consecuencias más despropósitos de estos energúmenos, que le amenazaron con matarlo si volvía a chivarse al director.

No podía más. Tenía que hacer algo que les sirviera de escarmiento definitivo. No se iba a dejar amedrentar por estos delincuentes.

Dejó de ir a clases durante una semana, aduciendo que tenía depresión, lo cual no era totalmente mentira. En este tiempo estuvo pensando un plan de acción que acabara definitivamente con las agresiones.

Pasadas las Navidades volvió al Instituto, ya con un plan de actuación.

Pasaron quince o veinte días y una mañana, se encontró con un gran revuelo en el instituto, pues habían reventado la cerradura del despacho del director y se habían llevado bastante dinero, varios CD con información confidencial y una pluma estilográfica de gran valor físico y sentimental, ya que fue un premio del ministerio por eficacia organizativa al equipo de dirección. Aparte de esto, habían destrozado dos ordenadores y rota la documentación de varios ficheros.

La policía estuvo indagando entre los profesores y los alumnos, por si habían observado algo que los llevara a esclarecer el delito cometido, pero pasaban los días y nada se sabía.
Había pasado un mes y medio desde el robo, cuando el director recibió una carta anónima que le decía que si quería coger al culpable del asalto a la dirección, que mirara en las pertenencias de los alumnos de segundo de ESO.

A las once, citó a todos los alumnos de ESO en el Salón de Actos, sin decirles ni a profesores ni a nadie de qué se trataba.

Con todos los alumnos en el Salón de Actos, puso a profesores en las puertas para que nadie saliera de allí hasta que él lo ordenara.

Acompañado de los dos docentes más antiguos del centro, como testigos, y puestos al corriente de lo que sucedía, fueron mirando las pertenencias de todos los alumnos, sin salir de su asombro por las cosas que encontraban, pero su sorpresa llegó al máximo cuando en una prenda de abrigo colgada en un perchero, encontraron la pluma estilográfica robada, junto con dos papelinas de algo parecido a cocaína.

El director ordenó a todos que volvieran a sus clases, ya que se había tratado de un fallido simulacro, sin especificar de qué.

Cuando a la hora del almuerzo empezaron a salir la gente, en la puerta del curso donde había aparecido el robo, había dos policías cacheando a todo el mundo y detuvieron al portador de la pluma y lo demás, que resultó ser Felipe, el cabecilla de los acosadores de Marco.

Joder la que se armó.

El principal inculpado dijo no saber cómo había llegado aquello a sus bolsillos, pero lo cierto es que también aparecieron los CD, que estaban en su taquilla del vestuario de deportes, y lo definitivo fue, que el dinero se encontró entre sendos libros de los dos sicarios del jefecillo acosador.

Ya recuperado el dinero, la pluma y lo demás, los tres fueron expulsados del Instituto, sus padres multados, y Felipe pasó un tiempo en una centro de reclusión de menores.

¿Fue esta venganza desmedida?

Yo no soy nadie para valorar el sufrimiento y la soledad del acosado, pero pónganse en su lugar.





En Zizur Mayor, a 11 de Junio del 2011



                                                                                 

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