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lunes, 11 de julio de 2011

De cuento

Cuando hablamos de iniciar a los niños en la cultura de los libros, instintivamente pensamos en los cuentos y en nuestra propia infancia. De cómo por Reyes se nos regalaban libritos multicolores donde casi siempre se nos contaban las imaginativas historias  de Caperucita Roja, Blancanieves y los Siete Enanitos, La Cenicienta, etc.…
Este era el principio de nuestra, quizás, afición a los libros en el futuro, pasando de estos inicios, nunca mejor dicho de cuento, a la literatura de aventuras y a las libros juveniles de Salgari, Julio Verne y otros, hasta desembocar en una bendita adicción que generalmente te dura toda la vida.

                                                                                   
Pero esos cuentos tan queridos por conocidos y universales, han “evolucionado” hacia otro mundo, nuestro mundo del siglo XXI, en que entre las múltiples versiones cinematográficas de la factoría Disney, y algunos escritores que a falta de ideas propias destrozan las de los demás, hacen que no reconozcamos en ellos esas historias de nuestra tierna infancia.
Hay veces que ante esas películas, te queda la duda de si la madre de Caperucita era una descerebrada al mandar a una niña por la tarde, cerca ya de la noche y por el bosque, a llevarle un pastel a la abuela enferma. Y aquí entran los ecologistas defendiendo al lobo, como especie protegida que tiene que comer, y que el olor a pastel y el abrigo rojo de Caperucita, lo provocan y atraen irremisiblemente.
                                                                           
¿Por qué ese afán en hacer desaparecer a los siete enanitos, que a veces son cuatro y a veces ni están ni se les espera? ¿Por qué una limusina en vez de una carroza? Seguramente la calabaza era una cucurbitácea  transgénica.
Otro fenómeno es el rol de madrastra que estas nuevas historias nos muestran. Que si celos por competir por el cariño del marido-padre, que si mujeres bellas que al estilo del “Retrato de Dorian Gray” (Oscar Wilde), no quieren envejecer, incluso toda una suerte de  escalas competitivas dentro del amor filiar, ya que es natural querer más a las hijas propias, por feas que sean, que a una advenediza que aporta tu marido como dote al matrimonio.
                                                                                 
Cuanto no sería más bonito crear cuentos nuevos, que nos lleven en volandas a nuestros sueños del niño que nunca dejamos de ser, sin tener que destrozar los clásicos ya imposibles de mejorar. ¿A quién se le ocurriría modificar, aunque fuera una versión cinematográfica con efectos especiales, a nuestro “Quijote”?
Otro capítulo aparte merecería el sinfín de seudocuentos o historietas, donde en un porcentaje altísimo todo es violencia, y donde muchas veces el fin justifica los medios, por mas angelicales que aparezcan estos nuevos pequeños héroes.
Si queréis retomar esos cuentos clásicos de primera mano, os recomiendo “Cuentos al amor de la lumbre I y II”, de Antonio Rodríguez Almodóvar, sobre los cuentos tradicionales españoles, y los repertorios clásicos de los hermanos Grimm, Perrault, Afanásiev o las básicas obras de Bettelheim y Vladimir Propp.
Benditos cuentos que nos enseñaron a leer y a soñar.

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