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martes, 21 de febrero de 2012

Todo para ellos


Veníamos de ganar mil pequeñas batallas contra quien siempre juega en su terreno. En el camino se habían ido quedando los mejores, pero el derramamiento de esfuerzos había merecido la pena de nuestros muertos. Poco a poco, gota a gota habíamos ido conquistando mínimas ventajas frente al indeseado y tacaño poder del oro. Del oro ganado por todos pero que sólo unos pocos eran sus dueños, que lo defendían con todas las armas posibles que tan preciado don ponía a su alcance.
Al fin se había creado un escaso pero tenaz equilibrio, que siempre los mismos poderosos de todo, intentaban medrar a causa de sus gruesos y ágiles tentáculos que a todos los rincones llegaba, incluso hasta la empobrecida cueva de los titanes del trabajo, escondida en lo más íntimo del pensamiento proletario. Llegaban sembrando confusión, dudas y traiciones, fomentando la bilis negra de los desposeídos de casi todo.
                                                                              
En esa lucha desigual estábamos, cuando en la diosa Europa sonaron las botas teutonas centro económicas rompiendo y cambiando las reglas de tan precaria lucha, creando unas normas que sólo a unos pocos convenía. Avasallando a los mismos de siempre que, con miles de pequeñas luchas de sangre habíamos ido sacando puntos para defender nuestro precario esfuerzo en conservar los pequeños avances, las llamadas “conquistas sociales”.
Y abonaron los miedos a perder la ropa que nos cubría y el tasajo que alimentaba a nuestras familias. Pensaban darnos lo justo para poder comprar el pan al doble de los dineros que nos habían concedido por recoger el grano, hacerlo harina y amasarlo. O te sometías a sus nuevas leyes o quedabas en la más absoluta de las miserias.
Los nuevos amos decían: “Si no obedecéis, os Rajo y para que los Guindos de Santa María los vean, y a Mon toro en el ruedo ibérico haciendo caja con vuestros harapos ante la atenta mirada de los exigentes mercados”.


                                                                             
Los niños iban a la escuela con un banquito para sentarse y una manta para aguantar el frío de las aulas sin calefacción ni cristales, y los maestros cubiertos de andrajos preguntaban la tabla de dividir y de restar, ya que la de multiplicar y sumar  habían sido prohibida por la troica comunitaria y sus cooperantes nacionales.
Los que caían enfermos eran rematados por sus parientes, pues en los hospitales para entrar tenías que depositar un aval bancario que cubriera el coste de las medicinas y el de la posible intervención quirúrgica, lo que sólo estaba en las manos de unos pocos. Tenías la posibilidad, si eras trabajador domesticado, de firmar en barbecho un contrato de trabajo para tus descendientes en dos generaciones, de forma que pagaran los costes que los amos estimaran.
No existían jueces, ya que la autoridad emanaba del dinero y este lo tenía quien te daba trabajo, siendo tu jefe quien dirimía los posibles conflictos que pudieran surgir, por supuesto siempre resueltos a favor del bendito benefactor que había tenido a bien dejarte trabajar doce horas diarias en su empresa.


                                                                              
Dejaron de existir las cárceles, ya que los reos eran controlados por un chip que les anulaba el pensamiento y la voluntad  y a otros, los peores, les practicaban una lobotomía directamente como escarmiento para la masa trabajadora reincidente o rebelde.
Hasta aquí hemos llegado. La guadaña del poder y del capital nos ha podado de raíz la pequeña siembra de los derechos.
Cantemos todos con el brazo levantado en romano saludo : “Volverán banderas victoriosas/ al paso alegre de la paz…”

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