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sábado, 19 de noviembre de 2011

Indeseada parentela


Todos estos años atrás, hemos vivido felices y contentos con poco o mucho dinero, con una suerte a menudo esquiva pero otras veces pletórica, sin imaginarnos ni por asomo, que un día no muy lejano vendría un indeseado pariente a fastidiarnos la convivencia familiar, las fiestas con los amigos y nuestros monótonos trabajos y quehaceres, sembrando  nuestra vida con desasosiegos, intranquilidad y aquellos viejos miedos que creíamos olvidados y que han reaparecido sorpresivamente.


                                                                                          
Este indeseado pariente lejano, de quien nunca habíamos oído hablar ni a padres, ni a abuelos, ni  a la demás cercana parentela, es la “prima de riesgo”.
Una mañana al levantarnos, o quizás fue una placentera tarde de una negra primavera  en la que en vez de golondrinas venían cuervos, apareció primero en nuestras televisiones, luego en los periódicos, y por fin en nuestra cotidiana  y descuidada vida , con tal fuerza y pesadez que ya nunca hemos podido quitárnosla de encima.


                                                                                   
¡Jodida “prima”, te podías haber quedado por todo el resto de tu hedionda vida con tu pu…madre!
Y es que todo lo ha pervertido: El trabajo, robándolo y expulsándonos al temido paro y provocando la pelea a muerte con nuestro crédito hipotecario, también nos ha fastidiao el médico, el colegio de los niños y hasta la cesta de Navidad que cada año nos regalaban en nuestra oficina como desagravio  por el atraco  a nuestra nómina.
Se acabó esta pequeña fiesta para algunos, pues los de siempre siguen viviendo como dios, mientras nosotros humilde clase media, nos deslizamos sin remisión hacia la más paupérrima de las estrechísimas situaciones pecuniarias.


                                                                                     
Que si los mercados no se fían, ¿De mí que no los conozco de nada?, que si los especuladores, ¿Yo que me pierdo hasta el comprar la bombona de butano el día que baja?, que si los bancos, ¡Si me cobran hasta el aliento que echo en la sucursal!
Conocemos a los culpables de todo, y sin embargo toda la carga de sus despropósitos, son para el humilde ciudadano de a pié; se llevan la pasta para ellos  arruinándonos a nosotros.
Dejemos que se desplomen los bancos, metamos en la cárcel a los especuladores que  quieren nuestra carroña, persigamos a los corruptos y que paguen el daño causado, y a los políticos…
No debemos ya acojonarnos por nada ni amargarnos, sino intentar que nuestro día a día sea feliz independientemente de quien nos gobierne, de quien nos riña desde Bruselas o desde Alemania, y si perdemos el trabajo o nos quitan el piso, alguien de entre la familia o los amigos nos echará un capote, pero no perder la sonrisa ni la paz interior. Eso es lo que desean los bárbaros del norte. Y repetir conmigo: “que le den por el culo a lo que suba nuestra prima de riesgo”.
No podemos estar en la cárcel y asustados.




En Zizur Mayor, a 19 de Noviembre del 2011

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