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martes, 10 de mayo de 2016

Lo inesperado es vivir

Poco a poco, de dos en dos, de uno en uno, se iban desvaneciendo los oníricos fantasmas cuando empezaba a entrar la primera claridad de la aurora por entre las semitupidas persianas de la habitación de descanso.
                                                                  


Sonaba con ira no contenida el crepitar de la lluvia sobre la claraboya del patio, y un olor a humedad con frío inesperado acogían  su cuerpo al sentarse en la cama y ponerse algo de abrigo para contemplar, desde los vidrios mojados y vahosos, este acuoso mes de mayo que nos había deparado el calendario.
                                                                       


“El mes de mayo, mes de las flores, el mes de María”, decíamos en el colegio cuando la infancia discurría entre aulas y juegos, sin achaques ni nostalgias. Ahora todo era distinto, hasta el tiempo parecía de otra época, quizás de cuando los dinosaurios poblaban nuestra malherida tierra, allá por los tiempos de “Maricastaña”.
                                                                      


Sin embargo el alma no envejecía porque estaba preparada y atenta a todo lo que fuera vida, alegría, y también por qué no, tristezas. Bullía y bullía la desazón, el interés por lo novedoso de cada mañana irrepetida, abriéndose como jugoso pomelo a todas las nuevas oportunidades de leer,  formarse, informarse, de estar al tanto de todo lo que ocurría a su alrededor, y esta curiosidad malsana lo hacía abrir los ojos risueños y agradecidos a todo lo inesperado que se le ofrecía en derredor.
¡Qué poco damos para todo lo que recibimos a espuertas! No es justo ser desagradecido, por eso y sólo por eso, hay que beberse la vida a sorbos o a grandes tragos, como venga; dando la bienvenida a  este bendito maná que se nos regala.
                                                                      


Y el que no sienta en cada bocanada de aire un calambre, hervir el zumo de la vida entre su piel y sus venas, es que está muerto aunque aún no haya salido su esquela en los periódicos matutinos.
                                                                      


Cerrarse en decir: “Ya con lo que se, tengo bastante. No quiero aprender nada más”, renunciar a las nuevas amistades, a viajar hacia donde nunca antes habías ido, ahora que puedes porque tu alma aún no está ahíta de nada, es irse apagando aisladamente en una absurda agonía, como si esa persona hubiera ya presentado su renuncia al  mundo de los vivos.
                                                                            


Cada día una sonrisa, una esperanza, un anhelar algo, sentir como vamos empapándonos de todo lo bello y agradable, de lo curioso y sorpresivo.
No acordarse de si nos duele algo o de que ya no somos los mismos. Cada día es igual a otro y a la vez diferente del resto.

Estás vivo, pues alégrate porque tienes ganas de seguir.

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