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domingo, 7 de noviembre de 2010

Daños colaterales

Se habían casado muy jóvenes. El veintitrés, ella veinte. El trabajaba en una empresa de mensajería, ella en unos Grandes Almacenes. Desde siempre Andrés había sido muy celoso. La recogía por la noche algunas veces y si la veía entretenerse o charlar con alguien, ya estaba la discusión montada.

Sole siempre cedía convenciéndolo de que ella solo lo quería a él y que veía fantasmas, pero esos ataques de celos eran cada vez más frecuentes y el carácter se le hacía cada vez más agrio e insoportable.

Tuvieron un hijo al poco tiempo, pues ella pensó que cambiarían las cosas, pero vino a empeorarlas, ya que ella tuvo que reducir la jornada en el trabajo y el dinero les venía muy justo ahora.

Otro problema que tenían era que él nunca ayudaba en la casa, así que Sole tenía que organizarlo todo antes o después de su trabajo, lo cual era motivo de muchas broncas. Además él estaba envenenado porque decía que a pesar de llevar siete años en el trabajo, sus compañeros ascendían y él no.

Esto último lo hizo aún más amargado, y siempre lo pagaba con su mujer, haciéndola culpable de todo lo malo que le pasaba.


                                                                              

Un día empezó a llegar muy tarde a casa y casi siempre con copas y peor humor. Una vez que Sole le recriminó su actitud, le contestó una burrada y le pegó un tremendo empujón que casi la tiran a ella y al niño.

A partir de aquel día aquella casa se convirtió en un infierno, aunque el siempre le prometía a ella que las agresiones y los porrazos no volverían a pasar.

Llevaban casados seis años pero la cosa iba cada vez peor, de tal forma que ella un día planteó el divorcio después de que él le diera una tremenda bofetada delante de su hijo, que lloraba desconsoladamente sin saber muy bien a que venía tanta violencia.

Fue una separación tremendamente traumática, pues él no reconocía nada y todo se hizo a las malas con intervención de policía, jueces y abogados.

Ella se quedó con su hijo, y con la ayuda de los abuelos empezaron a salir adelante.

Un día fue a verla una amiga con su hija y mientras ellas charlaban los niños jugaban en otra habitación. Al rato la niña empezó a llorar y a llamar a su madre, diciéndole que el niño le había pegado. Al preguntar Sole a su hijo el por qué, este lo único que le dijo es que jugaban a los padres y que le había pegado porque ella era mala.

Ambas amigas no sabían que decir, hasta que Sole reaccionó abrazando a su hijo: No Juan. Los hombres no le pegan a su mujer, y si alguno lo hace se les denuncia a la policía porque no merecen tener una familia. Los hombres que pegan son malos.

Pobre niño. El daño que le había hecho el mal ejemplo de su padre ya estaba hecho y le costaría trabajo y sicólogos que se fuera para siempre. Los hijos imitan lo que ven aunque no lo comprendan.

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