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sábado, 3 de diciembre de 2011

Pecadillos juveniles


Era una “Maruja” en todo el sentido peyorativo de la palabra. Por eso apareció aquel día por la habitación mas oculta de la casa para cogerme “In fraganti”, liado con la chica que venía a ayudar, Toñi,  metiéndole mano de forma inequívoca, pues tenía la falda levantada, las bragas en las rodillas y uno de sus magníficos pechos , al que yo ensalivaba con fruición, fuera de la blusa.


                                                                            
Por supuesto que lo puso en conocimiento de toda la familia para avergonzarme de mi lujuria, delante de una cortadísima y llorosa Toñi, que de forma interina, había venido a sustituir por unos días a su madre enferma de gripe.
Esta chivata y metomentodo era mi tía Rosa, solterona de cincuenta y muchos años, hipocondriaca, “corre ve y dile” con matrícula de honor, infatigable mandona e histérica de la limpieza y beata meapilas de vocación monjil tardía, que decía rezar por la salvación de mi alma irredenta, lujuriosa y pecadora.
Aquel “pillarme con las manos en… la masa”, tuvo sus consecuencias inmediatas, por esto fue el despido de Toñi y mi reclusión forzosa durante cuatro fines de semana en los ámbitos de la casa, lo que me dio tiempo a mi planificada venganza que iba a poner en acción cuando menos se lo esperara y mas fastidio le causara a esa bruja de hermana de mi madre.


                                                                                 
Habían vuelto, después de casi dos meses, el agua al cauce de la normalidad y el olvido, cuando entendí que había pasado suficiente tiempo como para empezar a servir el frio plato de mi venganza.
Mi adorada tita, tenía la costumbre de quitarse la dentadura postiza antes de acostarse, la limpiaba y cepillaba con meticulosidad, y la dejaba sobre un paño blanco sobre su mesilla de noche junto a una botellita de agua, precaviendo por si de madrugada tenía sed. Una noche aprovechando su profundo sueño, le refregué la susodicha prótesis dental, con unos “chiles jalapeños” picantísimos que casualmente regalaron  a mi padre,  sabedores de que  estas guindillas le encantaban acompañadas en las comidas.


                                                                           
Cuando al levantarse por la mañana se puso la dentadura, se oyó un grito estremecedor en la tranquilidad del emotivo amanecer de mi revancha. Echó mano del agua que yo había cambiado oportunamente por Linimento Sloan que había encontrado en un ropero de la abuela y que ya no se usaba, bebiéndose del tirón casi medio bote del oloroso relajante muscular.
A partir de ahí pierdo el hilo, solo sé que al querer ir al cuarto de baño a enjuagarse la boca, se asustó mucho con el gato que dice que estaba amarrado al picaporte de la puerta, y huyendo de sus zarpazos, se cayó por la escalera partiéndose una pierna y amoratándosele la cara con irisentes tonos intensos de toda la gama cromática. También tenía varios arañazos en los brazos, probablemente del susodicho felino.
Yo casualmente había desaparecido la noche anterior para ir a estudiar a casa de mi amigo Germán, que fue quien me ayudó a entrar de noche a mi casa y perpetrar dicha fechoría, por lo cual no se me pudo culpar de nada. Todo se achacó a un despiste de Rosa que habría limpiado la dentadura con un paño de cocina contaminado, y el linimento es que estaba al lado de la botellita del agua y nadie sabía cómo había llegado hasta allí, y con los nervios... ¡Ah! El gato nadie lo había visto aunque mi tía juraba que era verdad.


                                                                             
Cuando llegó del hospital toda escayolada, tenía que ir a verla a su dormitorio, pero antes tuve que pasar por la cocina y ponerme varias cebollas cerca de los ojos para que así mis carcajadas tremendas, parecieran histéricos lloros de su compungido sobrino. No sé cómo no se dieron cuenta.
Por otra parte y aprovechando el alboroto general, deslicé unas pulgas en la escayola de mi amada tía, con lo que los picores y los gritos no cesaron en muchos días.
¡Con lo limpia que era ella, pulgas!
A partir de aquel día no paraba de mirarme de forma acusadora, a lo que yo le respondía con la mejor de mis sonrisas. Incluso alguna vez cuando nos encontrábamos a solas, le pedía a carcajadas que me contara lo del gato y le aconsejaba lavarse más a menudo para no tener bichos, con lo que conseguía que saliera llorando y llamándome malvado y pecador sobrino endemoniado.
Al estar encamada tenía que hacer sus necesidades en una “cuña” que se introducía entre las sabanas y sus partes pudendas, pues bien, yo puse un montón de comprimidos efervescentes en la susodicha cuña, con lo que se originó un extraño y tremendo espumerío al contacto con el pipí. Se creyó enferma grave, llamando a gritos al médico y encomendándose a todos los santos para que la salvaran de su nueva y terrible enfermedad.
Sólo ella sospechaba de mí, pero no pudo convencer a nadie de mi intervención en sus repetidas desgracias
Bueno, pues hoy lo vamos a dejar aquí, pero ya otro día retomaré nuevamente el tema y os seguiré contando el resto de putadas que le hice a tita Rosa para hacerle la vida lo más jodida posible. Fueron los dos años más felices de mi vida y los más desdichados para ella.
¡Ay! ¡Cómo la echo de menos!

2 comentarios:

  1. Pobre, ser el blanco de un maquiavélico bichito tiene que ser muy duro
    Un besote corazón

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  2. Seamos justos. ¿Se lo merecía o no? Un beso

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