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lunes, 21 de enero de 2013

Enredo en la oficina



Bueno, pues después de una temporada en el paro, iniciaba una nueva andadura en una empresa que gestionaba las deudas y los pagos de pequeñas y medianas compañías.
Era un contrato de tres meses prorrogable en función de demanda y resultados, que no llegaba a los mil euros, pero es lo que había. Éramos tres en el “equipo” según decía Toni, que ejercía como mando intermedio con el “supremo” al que no veíamos, pues su despacho se ubicaba en la denominada “planta noble” del pequeño chalet, donde se ubicaba la empresa.

                                                              
El tercer componente del equipo era María, despampanante mujer que me pareció medio liada con Toni, a la que aliviaba constantemente del trabajo, pues se llevaban más tiempo en la cafetería que en la mesa de trabajo, de forma que yo me llevaba casi todo el peso de los abultados expedientes que había que analizar y resolver.
Yo no protestaba, pero en la cara se me veía que no estaba de acuerdo con lo que estaba pasando, pues mientras ellos tonteaban mi horario de salida se iba dilatando por el peso del trabajo pendiente, a pesar de lo cual tuve que aguantar que se me dijera que mi trabajo era lento y que se acumulaban los expedientes.

                                                             
Tuve la preocupación de ir señalando de una forma astuta todos los papeles que pasaban por mi mano, pues como perro viejo que era, sabía a lo que me exponía en aquella oficina siniestra.
Además del estrés del trabajo, tenía que soportar el socarrado  acoso del que era objeto con amenazas indirectas que tanto la niña como Toni dejaban caer cada dos por tres en forma de frases lapidarias, aunque llegó un momento que me encerré en mi mismo mejorando todo lo que podía el trabajo.
Hasta que un día observé como mi compañera no dejaba de llorar ante la indiferencia de Toni, por lo que pasados dos días me atreví a preguntar a María que qué le pasaba, y a borbotones de llantos se desahogó conmigo, ya que estábamos los dos solos.
Estaba embarazada, pero no sabía si de Toni o de su novio de toda la vida. Joder, aquello era demasiado y coincidía con el final de mi contrato de tres meses, con lo que no sabía en qué me iba a salpicar todo aquello, pero seguro que me manchaba y debía estar preparado.

                                                              
El día último de mi trabajo, fui llamado al despacho del gran jefe, al que sólo conocía de cuando me contrató. Me recibió con cara seria, sin invitarme siquiera a sentarme.
Me echó en cara la lentitud y mi desgana para el trabajo, mis escapadas continuas al bar y a otros asuntos, (esto no lo entendí hasta el final), con lo que sintiéndolo mucho no iba a continuar en el puesto, presentándome el finiquito para firmarlo y se acabó.
Yo me quedé donde estaba y le pedí cinco minutos de escucha.
Con desgana me dijo que hablara, pero que la cosa acababa allí.
Yo le desgrané una a una todas las cosas que ocurrían en la oficina, incluidos los manejos de Toni con María, y que el 90% del trabajo de aquellos meses había pasado por mis manos, aún a costa de echar muchas horas extras.
Su escéptica cara se fue transformando en enfado, pero yo le dije que cada contrato o expediente que había pasado por mis manos tenía una pequeña ese en la esquina inferior izquierda, con lo que le rogaba que repasara todo y vería quien había hacho el trabajo.
-Además, me dijo, está el embarazo de María del que eres responsable, ya que Toni me lo ha contado todo.
Me quedé de piedra ante dicha acusación y le pedí que llamara a los compañeros para hablarlo juntos. Le di pelos y señales del tonteo que se traían aquellos dos, lo que podía corroborar tanto en la cafetería de enfrente como en los Apartamentos “El Águila” donde se refugiaban casi todos los días.
Me miró muy serio  con cara de duda pero a la vez de furia.
-Coja el finiquito y adiós, me respondió sin darme la mano siquiera.
Al pasar por la oficina tenía ganas de echarme en cara a Toni y a la niña, pero no había nadie y la recepcionista me dijo que tenía orden de que le entregara las llaves. Así lo hice y me marché.
Iba cabreado por la injusticia que acababan de cometer conmigo. Así se hundían las empresas y la culpa a los currantes.
Llegué a casa en este estado, pero queriendo disimular delante de mi familia, a la que comuniqué mi despido.

                                                              
Estaba a punto de acabar aquella semana nefasta, cuando recibí una llamada del “señorito” director que me había echado, pidiéndome me pasara el lunes a primera hora por su despacho.
Todo el fin de semana estuve dudando si iría, pero al final acudí a la llamada pero con una actitud de persona seria y agraviada por aquellos ineptos.
Me recibió correctamente sin llegar a la efusión. Me hizo sentarme frente a él, pidiéndome lo perdonara por todo lo anterior que había sido un malentendido, y que había llegado al fondo de todo.
Yo sería el jefe del nuevo departamento, y que debía buscar dos personas capaces para hacer el trabajo que se venía haciendo. De mis antiguos compañeros no quedaba nadie por lo que empezábamos de cero.
Por supuesto me subió bastante el sueldo ya con un contrato indefinido, y aquí he pasado los últimos 35 años de mi vida. Compré la empresa hace unos años, pero aún recuerdo todo aquello por lo que me sigo preocupando personalmente de mimar mi capital humano, pues me están haciendo rico.

1 comentario:

  1. hola, sabes acabo de entrar a un trabajo hace 8 meses y tambien me esta´pasando algo parecido de comontarios quew no son, paro tengo una responsabilidad con 3 hijas asi que esperar hastavv donde llegan, espero que sigas contando.

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