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domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Caridad o justicia?

Habíamos acudido a la playa como cada día de estas vacaciones del mes de Agosto, en que toda la familia compartía descanso y comunicación, y como cada año esta gran fraternidad se reunía en la casa que los abuelos tenían en esta playa estupenda de Barbate, en la provincia de Cádiz.
Entre mayores y pequeños éramos más de quince, y mientras los pequeños jugaban con la arena, los adolescentes y mayorcitos se bañaban, y los padres, madres y abuelos charlaban, leían, o hacían punto como la abuela y algunas de las hijas mayores.
                                                                  


En eso estábamos ya cercano el medio día, cuando Mendi, unas de las pequeñas que se bañaba, vino corriendo hacia nosotros, diciéndonos que había zombis que salían del agua, con las consiguientes risas  con que nos miramos, pero después de este primer momento y con la niña en brazos, atendí hacia donde me señalaba la pequeña, y pude ver cómo efectivamente salía gente del agua pero no muertos, sino casi muertos pues eran inmigrantes que sabe Dios cómo habían llegado hasta allí.
Me llamó la atención una mujer que gritaba llorando señalando hacia el mar, y por sus gestos entendí que hablaba de un niño, pero que salió corriendo hacia el rompeolas cuando salía un joven con un pequeño agarrado a su espalda.
                                                                   


Había que hacer algo, pues se les veía con frío y con sed, ya que acabaron rápidamente con las botellitas de agua que habíamos llevado para los niños, por lo que los mayores fueron a buscar mantas, bebidas y algo de comer para aquella pobre gente, mientras llegaba la Cruz Roja a la que habíamos dado aviso.
Cuando llegaron éstos, ya habíamos aliviado a estos once inmigrantes en lo más urgente, pero el médico que también acudió con la Guardia Civil, dictaminó que los tres niños de la expedición, una mujer y un anciano, necesitaban hospitalización.
                                                                      


Cuando ya se marcharon todos y nos quedamos solos, eran pasadas las cinco de la tarde y nos dirigimos cansados y cabizbajos hacia casa a comer algo también nosotros, que apenas hablábamos, pues todo aquello había dejado una impronta de impotencia en nuestro ánimo.
Ya enfilábamos el espigón del puerto hacia el Paseo Marítimo, cuando vimos a un mendigo pidiendo bajo la sombra de una raída sombrilla, y le mostré la evidencia de que al ir en bañador  no podía darle nada porque nada llevaba encima.
                                                                   


El pobre hombre agachó la cabeza en el momento que me decía: “Bueno, esos que habéis atendido en la playa lo necesitaban más que mi familia, pero luego, mañana o pasado o algún día, acordaos de mí, que yo también tengo hambre y sed, y no tengo trabajo con que alimentar a los míos”.
Aquello me dejó pensando en algo que aún viene repitiendo mi cabeza. Mirad alrededor; ¿Es esta situación justa para esta pobre gente que vienen o los que ya están aquí?
                                                                       


Nuestra enferma sociedad debe, tiene que cambiar para que no lleguemos a la desesperación de los que no tienen nada, y que precisamente por eso, tampoco tienen nada que perder.
Demandar justicia, después, donde no llegue ésta, cuando sea imprescindible, caridad.


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