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miércoles, 11 de marzo de 2015

Primavera...¡Primavera!

Iba a coger el coche, pero ante el magnífico día que hacía, decidí dar un paseo por mi pueblo, pues los olores a naturaleza se te metían por los poros pidiéndome salir al campo y disfrutar de lo auténtico.
Pero aún no había puesto un pié en el verde, cuando empecé a estornudar reiteradamente y se me pusieron llorosos los ojos, pero no era que me hubiese resfriado, sino la jodida alergia que atacaba de nuevo.
                                                                  


Acababa de empezar a andar entre olivos y naranjos cuando mis pies fueron a posarse sobre una olvidada mierda que no podía ser de persona humana por su enormidad, por lo que con el cabreo correspondiente me dirigí hacia lo que era una acequia de riego que corría por allí para limpiar mis zapatos de los excrementos de aquel maleducado animal doméstico, seguramente pastosa vaca.
La porquería del primer zapato salió sin problemas, pero me estaba costando más el pié izquierdo, y en un raro movimiento sobre el agua, me encontré inmerso en el líquido elemento hasta las mismas rodillas.
                                                                   


Bueno, aquello iba de mal en peor, pero lo soporté deportivamente, pues tampoco salía mucho al campo y seguramente lo que me estaba pasando era por falta de oficio.
Me senté sobre una piedra para que se me secaran zapatos y pantalones, aunque la realidad era que me estaba molestando el sol, pues padezco de rosáceas y debería haber llevado sombrero para que no me salieran esas feas manchas rojas de la cara, que me salieron por cierto.
                                                                   


Aunque apenas me había secado fui volviendo a la civilización, cuando me metí por acortar por un huerto de naranjos y limoneros, y como conocía al dueño, decidí llevarme unos frutos de aquellos, con tan mala suerte que fui a tocar un panal de avispas, que al sentirse atacadas, salieron en tropel para picarme rabiosas en la mano y en el cuello.
                                                                    


Tiré naranjas y limones para salir corriendo hacia el ambulatorio cercano, en donde irrumpí presa del pánico pidiendo auxilio.
Todo el mundo se quedó callado y sorprendido mirándome, pues venía ya os podréis imaginar cómo, llevándome a continuación una enfermera al interior para curarme asustada, preguntándome que de donde salía y qué me había pasado.
                                                                     


Estaba con toda la cara roja y los ojos irritadísimos que se querían salir, los pantalones y zapatos chorreando, y la mano y el cuello hinchados de las picaduras; para resumir, estaba hecho un Cristo, vamos.
Como siempre, me prometí no volver a salir al campo nunca más, pero seguro que cuando llegue la primavera del año que viene se me habrá olvidado.
Dice el refrán, “que el hombre es el único animal que mete los pies en la misma mierda dos veces”.



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