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miércoles, 18 de marzo de 2015

Terremoto

Cómo, poco a poco, se iba oscureciendo la luminosa mañana, que nada hacía presagiar ni por asomo, lo que vendría después.
                                                                   


Me sorprendí a mismo encendiendo la lamparita del despacho, y al mirar por la cercana ventana, pude observar cómo la luz del sol se había apagado; era como si le hubiesen echado un capote por encima al astro rey, y ya no pude seguir trabajando en el documento que tenía por delante, pues me llegó una especie de lejano murmullo seguido a continuación de violentas sacudidas que me arrojaron al suelo, arrastrándome como por instinto de supervivencia hacia debajo de la mesa.
Sabía y a la vez quería ignorar que estaba a punto de que se me fuera la vida, de que aquí se acababa todo. Acurrucado, abrazándome las rodillas y con los ojos cerrados, esperaba el último porrazo, el postrer hachazo que separara definitivamente mi cuerpo de esta realidad mundana.
                                                                        


En el momento en que pensaba todo esto, tuve conciencia de que era un terremoto, y acto seguido se volcó la enorme librería sobre el sillón donde, hasta hacía un rato, había estado sentado.
El estruendo exterior e interior parecía la misma cosa, aunque de eso sólo tuve conciencia mucho después, ya que en ese momento la realidad era que estaba inmovilizado debajo de la mesa, pues estaba rodeado totalmente de libros, muebles y cachivaches rotos casi todos.
Fui empujando cosas para abrirme camino hacia la puerta, pero ésta estaba cerrada y encajaba rota contra el marco, de forma que como pude, fui rompiendo la madera hasta abrir un hueco que me permitiera salir hacia la entrada de la casa que parecía haber resistido los temblores, aunque nos habíamos quedado sin luz y agua, de lo que me percaté cuando pude empezar a evaluar los daños sufridos.
                                                                      


Intenté llamar con el móvil a mi familia que estaban pasando unos días en el pueblo de los abuelos, pero tardé bastante en encontrar cobertura, aunque después no me cogían el teléfono, lo que me llevó a un estado de ansiedad por enterarme si todos estaban bien.
En la espera estaba, cuando llegó un vecino a interesarse por si nos había pasado algo, diciéndome que el terremoto había sido de siete grados y medio, pero que el epicentro estaba muy cerca, por lo que nos había afectado más.
Por fin pude hablar con mi mujer, que ni siquiera se había enterado de nada, pues allí apenas se había sentido.
                                                                      


La estructura de la casa se había salvado, aunque había varias grietas por algunas paredes, la antena de TV se había caído y un árbol estaba con raíz y todo dentro de la piscina.
En fin, cosas que tienen solución, pero a mi aún me tiemblan las piernas, pues en esos momento piensas en lo que piensas.


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