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viernes, 12 de febrero de 2016

¡Vaya corte!

Para que una mentira parezca verdad, sólo hay que envolverla con un bonito papel. Y eso fue lo que hizo  Javier. Os cuento.
                                                                       


Le habían dado una buena oportunidad al concederle una  plaza de profesor de literatura en la universidad estatal de Ohio (USA), y allí llevaba ya unos meses viviendo en un precioso chalet del campus con su mujer, y rodeados de césped y de otras viviendas parecidas a la suya,  queriendo la casualidad, que en la parcela vecina vivieran una pareja de investigadores con lo que ya habían cogido amistad a base de varias invitaciones mutuas a lo típico de allí, las barbacoas chorreantes de carnes grasas y regadas con abundante cerveza.
                                                                   


Ella era una mujer exuberante y excesiva en todo, pues no desperdiciaba momento de enseñar sus preciosos atributos personales y curvas con procaces vestimentas, de tal suerte, que al pobre de Javi lo tenía soliviantado.
                                                                     


En el último encuentro con algunas birras de más y en un aparte, le dijo: “Pero que buena estás”, respondiéndole ella con risas, “y desaprovechada; mi marido se lanza poco, y el vecino que tengo ni caso”, a lo que él le respondió, “cuando quieras”, y ella, “pues mi marido no viene hasta el miércoles y la llave ya sabes dónde está”.
                                                                   


Aquella noche cuando ya su mujer dormía a pierna suelta después de tomarse para relajarse un “Valium 5”, salió despacio y sin hacer ruido de su casa, entrando en casa de la vecina con la llave que estaba en una macetilla junto a la ventana, y con oscuridad y alevosía se metió en la cama de la susodicha, pero cual no fue su sorpresa, que al abrazar al durmiente cuerpo que encontró, se topó con carnes de hombre, y allí empezaron los qués y porqués, los dimes y diretes, pues el hombre acababa de llegar a su casa adelantando el regreso inesperadamente sin notificarlo a su esposa, y esta también reaccionó asombrada ficticiamente, a lo que nuestro personaje muy serio se explicó más cortado que un fraile en una botellona, “he salido a dar un paseo porque estaba mareado de tantas copas, y al volver a casa y como todas las viviendas son iguales y en la oscuridad para no despertar a nadie, me he equivocado de chalet y me he metido en vuestra cama creyendo que era la mía”.
                                                                    


Y después de un rato pidiendo perdones muy serio, lo tomaron con risas a una equivocación sin maldad, así que todo quedó zanjado por este lado. Ahora había que convencer a la “contraria”, lo cual fue más trabajoso y hasta tuvo que jurar varias veces para que su amada esposa lo creyera.
De buena se había librado, aunque decir, que ya pasado un tiempo de aquello, estuvo varias veces en apasionados encuentros con su vecinita, que era puro fuego y él un experto bombero hispano.
¡Tened cuidado con las citas tan a ciegas!
De las mentiras, ni hablamos.

En Madrid, a 12 de febrero del 2016


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