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domingo, 11 de diciembre de 2016

La historia de Belén

Estaban desesperados, no veían ninguna salida a lo que estaba sucediendo en aquella zona de Malí normalmente tranquila y trabajadora.
                                                                


Primero fueron las luchas internas de los señores de la guerra por controlar el poder étnico del país, luego fueron los robos y asesinatos de gentes desplazadas que carecían de todo y que asolaban los campos en manadas, dejando a su paso destrucción y muerte, y ahora las guerrillas de la Yihad en el África occidental, por lo que habían tomado una determinación. Huirían de aquello.
                                                                   


Desde toda su vida, Hadid se había dedicado a la agricultura y la ganadería en aquel trozo de tierras heredadas de sus padres muertos en trágicas circunstancias, pero que desde tiempos inmemoriales había pertenecido a su familia ahora mermada, ya que había sido el mayor de siete hermanos, de los cuales tres habían muerto, y de los demás desconocía su paradero.
                                                                    


Una noche habló con su joven esposa Mactzil de qué iban a hacer, y con lágrimas abrazados, decidieron partir sin tener muy claro a donde, pero seguro que a Europa. Aquella noche se enteró también de que esperaban un hijo, y que su mujer por no preocuparle más no lo había dicho, pero ya estaba de cinco meses. ¡Ni lo había notado!
Ya con la decisión tomada, empezaron por  vender y hacer dinero de todo lo que tenían para aquel viaje que esperaban definitivo. Eran jóvenes y querían otra vida para sus descendientes, y a sus ventipocos años sólo le temían a las miserias de la violencia y sus consecuencias.
                                                                     


Una  noche de cielos luminosamente  serenos y rodeados de  lo único verde en muchos quilómetros, montaron en su vieja pero segura camioneta con lo imprescindible para tan largo viaje concienzudamente preparado, pero con muchos interrogantes de los que Hadid no había hablado a su esposa por no preocuparla más allá de lo necesario.
Dejando a un lado la ruta hacia Bamako, se dirigieron a Ségon, luego Kayes en donde comieron algo, y se aprovisionaron de agua y gasoil antes de entrar en Senegal ya con la noche cerrada. Cuando ya el cansancio les había doblado, durmieron unas horas en la cabina del coche, para continuar antes de despuntar el caluroso día hacia Tonba y St. Louis con la idea de tomar un barco hasta Marruecos, pero aparte de que el precio era prohibitivo, (las mafias esquilmaban a los viajeros sin ninguna garantía de llevarte a destino), no había barcos,  decidiéndose a continuar el viaje por ¿carretera?, aquello sólo era un arenoso camino intransitable, difícilmente de seguir sin paradas continuas para orientarse y ver por donde se pisaba.
                                                               


En una de estas paradas, fueron asaltados por un contingente armado de guerrilleros capitaneados por Makhtar Belmokhtar, conocido terrorista que capitaneaba la Yihad en el África Occidental, que se decía fiel al Daesh, y que desde Burkima Faso hacía la guerra a todo lo que se moviera.
Tuvieron que darle parte del dinero que llevaban, haciéndoles creer que era cuanto tenían. Menos mal que no quisieron la vieja camioneta aunque lo estuvieron pensando, pero como se veía achatarrada desistieron, aunque a cambio del dinero, les dieron un salvoconducto para circular por aquel inhóspito territorio.
                                                                 


A cierta distancia de la frontera entre Mauritania y Marruecos, la camioneta dijo que allí se quedaba; no había forma de recuperar el motor y que funcionase; menos mal que todas sus pertenencias estaban en las dos mochilas, por lo que se pusieron en camino aunque empezaba ya a caer la tarde.
Durmieron a ratos en aquel desolado camino pendientes por si alguien pasaba, pero no hubo suerte y tuvieron que seguir andando dos días más hasta cruzar la frontera a Marruecos.
Tardaron casi una semana en llegar a Nador. Días enteros andando, otras veces en autobús y alguna vez almas caritativas que los dejaban subirse en la caja de los desvencijados camiones, y en la última etapa que montaron en camellos un día entero, él agotado, sin decir nada que no fueran palabras cariñosas y de aliento para su esposa, que a pesar de su embarazo y las penalidades de aquella huida, nunca  le escuchó un lamento.
Habían llegado con lo que creían el dinero justo para montar en algún viejo barco o en cualquier lancha que los dejara en costas españolas, pero pasaban los días y con el dinero que tenían nadie los llevaba, hasta que después de  mucho tiempo esperando, se metieron hacinados en una patera que los dejaría de noche en la playa de alguna ciudad ribereña española, con el agravante de que Mactzil tenía dolores y molestias, por lo que no había que ser médico para otear el parto en poco tiempo.
                                                                   


Las aguas estaban tranquilas en el estrecho, pero a la mitad y cuando ya se veía la costa en lontananza, el motor se averió y tuvieron que remar, hasta que el que dirigía la embarcación les dijo que ya no podían acercarse más, que había que llegar nadando.
Aquello era el fin, aunque nada se decían en aquella noche repleta de estrellas y con luna llena que ya empezaban a retirarse. Ella llorando exhausta y él nadando por los dos al límite de sus fuerzas, hasta que una barca de pesca que salía de algún puerto los rescató cuando estaban a punto de ahogarse a unos metros de lo que creían el Edén, el paraíso, Europa.
Los dejaron en la playa, frente a unas diseminadas casitas de pescadores, por lo que se refugiaron en un chozo abandonado, y entre un tractor herrumbroso y un montón de cachivaches abandonados cayeron agotados y temblando.
Se despertó con los lamentos de su mujer que vaticinaba un prematuro  parto cercano. ¿Qué iba a pasar ahora?
                                                                  



Salió corriendo hacia las casitas dando gritos pidiendo auxilio, saliendo varias mujeres, hombres, niños y ancianos por ver lo que pasaba, pero no lo entendían, hasta que ya con gestos indicando la dirección donde estaba postrada su mujer y lo que estaba por venir, lograron entenderlo.
Las mujeres de estas humildes familias pobres siempre habían sido solidarias con los más desfavorecidos, paradojas de la vida, por lo que llegaron con mantas, organizaron una hoguera a la entrada de la casamata para calentar agua y ayudar en lo que se avecinaba, pues de partos sí que entendían, ya que casi todos los niños que nacían allí, lo hacían en sus casa, porque el hospital más cercano estaba a cincuenta quilómetros y los médicos o comadronas tardaban mucho en llegar.
                                                                    


Las fechas en que todo esto sucedía eran cercanas a la Navidad, por lo que algunos de los que se calentaban en la hoguera y acompañaban al joven futuro padre, decían que aquello se parecía al Portal de Belén, sólo que en vez de mula y buey solo había maquinaria vieja.
Al poco de amanecer, se oyeron los lloros del recién nacido, que era una preciosa niña.
La madre estaba bien, arropada y dando el pecho al bebé después de ingerir un caldito que le habían traído sus nuevas vecinas, y los hombres entre bromas, dijeron que a la niña deberían ponerle de nombre Belén, ya que todo había pasado como lo ocurrido al nacer Jesús de Nazaret.
Esta historia la conocí de primera mano, un veraniego día en el salí a pescar con gente del lugar, entre ellos Hadid, que se había integrado en aquella pequeña comunidad a las afueras de un pueblito de la provincia de Almería llamado Balerma.

Los heroicos inmigrantes que huyen de las guerras y la miseria no necesitan caridad, solo solidaridad y justicia.

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