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martes, 12 de abril de 2011

Esas vidas felices

Llevaban cerca de cuarenta años juntos. Ese flechazo del primer y único amor, tuvo lugar cuando ella tenía quince años y el diecisiete. Todo era muy bonito; el primer rose, el primer beso de contacto solo, los titubeos al cogerse de la mano, “que no nos vayan a ver”, escaparse de la clase de gimnasia para ir a recogerla a la salida de su colegio, juntar durante toda la semana lo suficiente para invitarla a una discoteca y poder bailar agarrados inspirando el aroma de los cuerpos jóvenes y el de las hormonas tan salidas, y que todo acabara en dolores y porqués”.

Cada noche, cuando se despedían, siempre había bronca por cualquier cosa. Se despedían para siempre, pero al día siguiente les faltaba tiempo para llamarse como si nada hubiese ocurrido la tarde anterior.

Lo invitaban a comer los domingos en casa de ella, porque según la abuela era el pretendiente de la niña. Menos mal, que el ambiente de múltiples parejas diluyó el corte de verse observado por todos.

El dejó los estudios, hizo la “mili” y se colocó en una empresa de comercial, y a los dos años se plantearon casarse. Ella veinte, él veintidós.

Alquilaron un piso, con cuatro duros compraron los muebles imprescindibles, juntaron para dar un desayuno a los invitados y se casaron cualquier día a las nueve de la mañana.

Lo que fue importante fue el viaje de novios; Se fueron en un Seat 600 de los años 70 del siglo pasado y visitaron, a pesar de que las ruedas estaban súper gastadas, media España en hoteles de lujo, acudieron a todos los teatros que pudieron, y comieron en los mejores restaurantes de moda.

                                                                            
Tuvieron a poco una gran recompensa, lo mejor de su vida. Una hija que nació al año de casados y que colmó todas sus expectativas de felicidad conyugal.

El cada vez viajaba más por motivos de trabajo, por lo que su familia fue un matriarcado. Sólo los fines de semana se comportaban como una familia normal. Nunca hubo ninguna carencia en su casa, pues el siempre solucionaba el apuro. En su hogar había alegría. Había felicidad.

La niña estudió, se colocó, se enamoró y se casó. Y les dieron a estos padres una nueva alegría: Una nieta tan guapa como la madre y tan simpática como la abuela.

Y después de toda esta vida juntos ¿Qué?

El ya jubilado, todo el día en casa con ella, conociéndose y peleándose nuevamente como en la época de novios.

¿Volver a empezar?

Sí. Y ¿Qué?” Estamos conociéndonos de nuevo, mucho mejor que cuando novios, ya que no tenemos que deslumbrarnos de nada, solo estar el uno con el otro es lo único e importante”, dicen a boca llena.

No sabemos cuántos años les quedan de historia, pero la que ya han vivido es muy importante.

Y desde fuera veo con envidia que se sigan queriendo como cuando eran casi niños.

Cosas como estas siguen pasando a tu alrededor.





En Villanueva del Ariscal, a 12 de Abril del 2011

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