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sábado, 18 de agosto de 2012

Cuento a Olivia


Estoy pasando un delicioso mes de Agosto en compañía de toda mi familia, jugando con mis nietos en la piscina, haciéndoles tonterías para que se rían, paseándolos en el columpio y todas esas cosas que solemos hacer los abuelos cuando tenemos a nuestro lado a tan agradables enanos.
Una costumbre que ha cogido mi nieta Olivia, es que cuando va a acostarse, pasa por mi habitación para darme las buenas noches y para que le cuente siempre el mismo cuento. El zapatero.
Es un cuento sacado de un DVD que se llaman Cantajuegos, y que resumiendo se trata de un zapatero que recibe la visita de un genio que le enseña una canción, de tal forma que si la canta bajito le salen zapatos pequeños y si la canta fuerte puede hacer zapatos enormes.

                                                                 
Bueno, pues con la idea de acostarse lo más tarde posible, me lo hace repetir un montón de veces y me dice riéndose que se lo cuente “otra vezzz”.
Pues bien, la otra noche le dije: “Vamos a contar el cuento de otra forma más acorde con la realidad”.
“Erase un zapatero que  anunciaba por internet que podía hacer cualquier tamaño de zapatos, con lo que recibía multitud de peticiones, unas más raras que otras, pero ese día le solicitaron  unos zapatos enormes para un gigante de diez metros de altura. Después de constatar que él no podría fabricarle unos zapatos tan enormes por más canciones que cantara, mandó al gigante a la sección de tallas grandes de “El Corte Inglés”.

                                                              
Este enorme cliente, vivía en un castillo adosado de la calle Gente Especial s/n, con lo que la policía municipal  tuvo que montar un dispositivo enorme para que pudiera acceder tan difícil cliente a los grandes almacenes: El recorrido sólo por grandes avenidas, cortar la circulación de automóviles, poner dos motos con sirenas detrás y delante, y otras minucias propias del traslado urbano de gigantes.
Una vez llegado al sitio de la compra, se situó en una plaza cercana sentado, para así poder probarse los zapatos que el departamento correspondiente tenía en la azotea del edificio, aunque el hubiera preferido subir por las escaleras mecánicas para pasearse un rato.


                                                              
Había poco surtido, se quejó, pero se quedó después de varias pruebas con unos botines rojos que le quedaban bien aunque le molestaba un poco el dedo gordo del pié izquierdo, por lo que se los volvió a quitar, y para sorpresa de todos, salió una dependienta sofocada del zapato que le molestaba, diciendo: “Estaba amarrándoles los cordones y me caí dentro. Menos mal que no le olían los pies”.

                                                               
Como el gigante resultó contento y agradecido, le regaló al zapatero 1.000 acciones de Bankia, que no sabemos lo que valdrían.
Pasados unos días el zapatero recibió otro encargo curioso, y eran unas sandalias para un ser muy pequeñito que ya conoceréis por otros cuentos; un “yerbito”.
Aquí tampoco el zapatero pudo hacer gran cosa a pesar de que cantó en todos los tonos que sabía infinidad de canciones mágicas, por lo que recurrió a una tienda especializada en miniaturas llamada “Mínimo”, situada en el centro de la ciudad.
De tan especial traslado  se encargó él mismo, por lo que se dirigió hacia el parque donde el yerbito tenía un loft donde vivía acompañado de todos sus congéneres.
Metió al pequeño en una cajita de esas de joyería donde iba muy cómodo echado en un cojín, por lo que sin incidentes dignos de mención llegó dormido a la tienda. Había muchos zapatitos, pero todos le venían grandes, por lo que el zapatero tuvo que trabajar duro para adecuarlo a sus medidas irrisorias. En agradecimiento el yerbito le pagó con “Acciones Preferentes”, que vete tú a saber cuándo cobraremos.
Después de estos encargos tan especiales y tan bien resueltos, al zapatero le llovieron los encargos, montó una fábrica de tallas especiales con cincuenta empleados, y ya nunca más ni tuvo dinero, ni  ya nunca  pudo dormir la siesta.
Y este cuento no se puede acabar diciendo “fueron felices y comieron perdices” porque estas aves son una especie protegida, por lo que tuvieron que comer ensalada mixta y sushi”.
Y entonces dijo Olivia:
-Abuelo, estás loquillo.


                                                              

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