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sábado, 11 de agosto de 2012


Recién amanecido, totalmente desconectado en la cama y con la mente en blanco. ¡Qué felicidad! No quería moverme de este momento donde me extrañaba no escuchar nada, ni trinos, ni música, ni coches. Me debería levantar y no podía o no quería salir de mi relajada circunstancia.
Haciendo un considerable esfuerzo, me incorporé para retomar mi actividad normal  de un día cualquiera.
Di una vuelta por la casa y constaté que no había nadie de la familia, lo cual era raro a esta primera hora de la mañana. Fui a tomarme un café, pero era incapaz de poner la cafetera ¿Por qué?

                                                                           
Bueno esperaría sentado en mi sillón favorito a que apareciera mi mujer o cualquiera de mis hijos.
Había pasado lo que yo consideraba bastante tiempo, pero me sentía tan a gusto que dejé pasar los minutos sin sentir ningún deseo de hacer nada. La única función del tiempo es consumirse: arde sin cenizas.
Por fin decidí ponerme en marcha, así que me fui al baño para ducharme y ponerme en movimiento, cuando constaté que algo extraño ocurría, pues al ir a afeitarme vi como mi imagen no se reflejaba en el espejo. ¿Qué coño pasaba? Primero el café y ahora esto…
Me fui a mi despacho e intenté poner el portátil en funcionamiento, pero mi dedo no lograba apretar la tecla de puesta en marcha.
Ya esto era demasiado, así que me volví al sillón para tranquilizarme y pensar sobre todo esto  que me ocurría.

                                                                            
Al poco, escuché como se abría la puerta, y una tenue conversación llegó a mis oídos. Mis hijos intentaban cariñosamente de conformar a mi mujer de algo, por lo que me levanté y salí a su encuentro.
Que impresión. Sofi, tan alegre siempre, vestía de negro y por su cara sin maquillaje rodaban lágrimas de una forma descontrolada. Mis hijos con ropas oscuras y muy serios trataban de consolarla no sabía yo muy bien de qué, pero lo que más me sorprendió es que parecía que no me veían ni escuchaban mis preguntas.

                                                                                
¿Qué estaba pasando? Parecía que las penas procedían de algo que me atañía, pero no veía claro de qué se trataba.
Estaba realmente intranquilo, tenía que pensar en todo esto, pero poco a poco se iba abriendo camino en mi mente una certeza que no quería reconocer y aunque  sé que hay demasiada gente con miedo, yo no lo tenía.
Era eso. Ya no tenía cuerpo y era mi espíritu el que vagaba por mi casa. Ahora empezaba a darme cuenta de la cruda realidad; me había muerto. 

                                                                           
Bueno y ahora ¿Qué?
Me volví a serenar y una gran tranquilidad me invadió por todos mis poros inmateriales, y así de relajado pude ver como mi cuerpo, perdón mi espíritu, se iba disolviendo lentamente en la nada.
¿La nada? El hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo.
Lo que vino después no fue la nada, sino otra cosa sorprendente y  muy gratificante… Pero que me han prohibido contar, por lo cual,  se me acabó el tiempo del cuerpo y aquí se queda este relato que sólo el espíritu pudo terminar. 

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