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miércoles, 3 de octubre de 2012

El Cartujo


Anselmo, aparte de primo lejano, fue uno de mis mejores amigos a pesar  de que era unos quince años mayor que yo, y compañero en algunas empresas donde la casualidad o el destino hicieron que coincidiéramos.
Su hermana me llamó una madrugada, que es la hora en que se dan las malas noticias que por desgracia ya no tiene arreglo, anunciándome que había muerto en la Cartuja de Miraflores, ya que fue cartujo los últimos veintitantos años de su vida. Si queríamos velarlo la última noche antes de su entierro, teníamos que ponernos en camino hacia Burgos.

                                                            
Nos fuimos en mi coche, y en las muchas horas de viaje, fuimos hablando de la vida de mi amigo que fue un poco como de novela.
Fue un magnífico y superdotado estudiante, pues se hizo las carreras de Filosofía y la de Ingeniero de Caminos en seis años, pero simultaneándolas con varios trabajos.
Con el dinero que recibió en el año 1970 de la herencia de sus padres, compró una pequeña empresa que había cerrado, y que se dedicaba al envasado y comercialización de productos de farmacia, como bicarbonato, esparadrapo, agua oxigenada y un montón de esas cosas que se venden de mostrador en estos negocios.

                                                            
Tenía muchas ideas y me arrastró a mí a dejar la empresa donde yo estaba para irme a trabajar con él, encargándome de toda la comercialización de estos productos, más otras patentes que compró a precio de saldo. Yo era muy joven, no acabé los estudios universitarios, así que me dediqué en cuerpo y alma al difícil reto de hacer rentable aquella empresa casi clandestina, pues nos movíamos en un terreno donde la audacia vencía a la ignorancia.
La realidad es que nos fue bien durante cinco años, a partir del cual se obsesionó con vender la empresa y montar una fábrica de pequeños electrodomésticos. Me lo planteó cuando ya estaba todo  hecho, pues había vendido la empresa por cuatro veces más de lo que le costó. Tuvimos una enorme discusión donde nos dijimos de todo, pero ya no tenía arreglo, y aunque Anselmo contaba con la seguridad de que yo me iría con él, me negué en redondo a esta manipulación, con lo que nuestros caminos se separaron.  


                                                            
Aunque a partir de aquí nuestra comunicación fue nula,  yo seguía su vida a distancia. Compraba pequeñas empresas que no eran rentables, las relanzaba y las vendía para meterse en una nueva aventura. Se había hecho de un gran capital, pero un buen día se cansó de todo  y se fue a dar clases de filosofía a una universidad americana.
A su vuelta a España, entró como director de fabricación en unos laboratorios farmacéuticos, donde la casualidad quiso que yo estuviera de comercial para hospitales, pero no nos vimos en todo este tiempo, hasta que un buen día me llamó para decirme que se metía a cartujo en la orden de San Bruno, pues había sentido la llamada del Espíritu Santo. Me dejó de piedra.

                                                             
Quedamos a cenar en mi casa, donde me confesó que había estado profundamente enamorado de Maite, una compañera de universidad que había muerto de  cáncer hacía unos meses. Esto y otras cosas que ya llevaba rumiando algún tiempo, le llevaron a plantearse qué había sido su vida. Tenía claro que no le llenaba lo que había hecho hasta entonces.
El resto de su tiempo lo dedicaría en soledad al rezo y a la vida contemplativa, en un monasterio de cartujos donde iba a profesar como “converso”.
Estábamos muy cansados de carretera, pero por fin habíamos llegado al Monasterio de Miraflores, donde nos recibió el padre prior, que después de unas breves palabras de condolencia, nos llevó a una humilde y estrecha celda donde tendido en un camastro y con el hábito de la orden, estaba mi amigo; bueno lo que quedaba de él.

                                                               
Aquella habitación sólo tenía la cama, un crucifijo en la pared y una sola silla donde nos estuvimos sentando por turnos durante toda la noche.
Estaba amaneciendo, cuando un hermano lego nos trajo una jarra de chocolate caliente y dos vasos de barro. Como no tenía donde dejar todo esto, sólo se le ocurrió darnos los vasos y poner la jarra de chocolate hirviendo en la barriga del cadáver, diciéndonos que siempre se hacía así.
Acababa de irse el fraile y ninguno de los dos nos atrevíamos a servirnos, cuando una sonora y enorme ventosidad o pedo, se escuchó en el silencio del claustro; nos miramos blancos los dos al ver que el estómago del muerto se movía, y salimos corriendo aterrorizados buscando la puerta ante aquel hecho tan extraño, que mi amiga creía sobrenatural.
Así llegamos hasta el coche, donde nos alcanzó el prior preguntándonos qué había sucedido. Se lo explicamos ya más tranquilos, pensando entre los tres, que al poner la chocolatera hirviendo en la barriga de Anselmo, se habrían propiciado la escapada de gases del interior del difunto.

                                                             
Nos negamos a volver a entrar, por lo que fuimos directamente al pequeño cementerio situado al lado de un hermoso huerto, donde después de una sencilla ceremonia quedó enterrado mi amigo, no sin pensar que pronto las vecinas coles, recibirían nuevo abono de primavera con aquellos restos que se acababa de comer la tierra.
Cuando cuento lo que  pasó, creen que es una broma de las mías, pero la verdad es que si entonces no me dio un infarto, ya nunca me lo dará. Ahora me río de aquello, pues me parece que fue la última broma de mal gusto de mi amigo el cartujo.

3 comentarios:

  1. En tu linea, muy bueno. Roberto

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  2. Ah, ¿pero dejan que familiares y amigos asistan a los funerales de los monjes en la Cartuja?

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  3. Tenía entendido que, desde el momento que fallecían y preparaban el cuerpo, eran velados en la iglesia hasta la misa conventual del día siguiente...

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