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lunes, 17 de diciembre de 2012

El cumpleaños


Por fin llegaba el gran día tan anhelado en que cumpliría sus dieciocho años. Ya sería mayor de edad, por lo que podría votar, ir a la guerra (Dios no lo quiera), irse de casa, pero lo que más le tiraba era sacarse el carnet de conducir.
No podía quejarse de la vida, pues sus estudios iban viento en popa, era bien parecido por lo que las chicas se le daban bien, y sobre todo tenía unos padres y una hermana que lo adoraban.

                                                            
La noche anterior a su cumpleaños se fue a la cama temprano, y mientras llegaba el sueño leía un librito de poemas que le habían prestado, con lo que poco a poco se fue quedando dormido.
Despertó muy temprano, con ansiedad sin saber por qué, quizás con la euforia de su gran día y al incorporarse observó que tenía un paquetito muy bien envuelto en la mesilla de noche, con una tarjeta que decía: “La vida es corta, busca la felicidad antes que tu tiempo se agote”.
Desenvolvió el paquete un poco nervioso, y descubrió un puzle de los difíciles, pues aunque solo era de cincuenta piezas, no tenía dibujos, era de espejitos y ya que era muy temprano se dispuso a hacerlo, aunque le intrigaba que no hubiera remitente en el extraño regalo.

                                                              
Conforme se aplicaba en encajar las primeras piezas, vio como iban apareciendo los bucles dorados de un pequeño bebé. Siguió buscándole acomodo a los pequeños espejuelos mágicos y observando como lo que parecía un niño se iba convirtiendo según iba encajando piezas en un muchacho que tenía algunos de sus rasgos.
Ya tenía completado casi la mitad, cuando aquel muchacho que reflejaba los trocitos se iba convirtiendo como por ensalmo en un hombre maduro.
Se le iba acelerando el corazón conforme completaba cada pieza, pues en cada encaje, se iba modificando el hombre que ya sin ninguna duda era él, pues era un fiel reflejo propio lo que los espejos le devolvían.

                                                                   
Su atemorizada mano fría atenazaba cada miniatura como si al ponerlas, fuera envejeciendo su joven cuerpo. Por fin completó las últimas piezas, con lo cual ya el conjunto reflejaba a una persona  mayor bastante castigada por la vida, pues aparte de las múltiples arrugas de aquella cara que parecía hablarle, el rictus de tristeza de los labios y aquella mirada glauca le pusieron los pelos de punta.
Se quedó un rato hipnotizado sin poder apartar la mirada del conjunto de trocitos que habían conformado un espejo, donde la cara reflejada se movía conforme el se apartaba. No podía ser.

                                                          
El puzle se fue oscureciendo y daba la sensación de que se contraía consumiéndose y deformando aún más aquella cara, hasta que acabó desapareciendo con unas pequeñas llamas azuladas.
Volvió a la cama llorando sin saber muy bien porqué, y con la mente tremendamente confusa por lo que acababa de ocurrir. Y así se despertó, pues con gran alivio por su parte, había soñado aquello tan terrible, pero jamás olvidaría la frase de la tarjeta:
”La vida es corta, busca la felicidad antes que tu tiempo se agote”.

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