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miércoles, 14 de agosto de 2013

Contra corriente


(Dedicado a mi amiga Ana Pereyra con mi respeto y cariño)

Ya no puedo más, es hora de volver a casa y descansar después de esta agotadora jornada de más de doce horas”.
Ana, cerró su ordenador, recogió el cuaderno donde tomaba apuntes y se preparó para marcharse. Estaba agotada.
Trabajaba para una empresa de diseño gráfico, pero a ella lo que le atraía de verdad vocacionalmente era el mundo de la ropa, la moda y su diseño, por eso cuando de vez en cuando veía un momento libre en su cansado trabajo, dibujaba en su bloc todo lo que se le ocurría.
                                                     


En la calle hacía frío aunque la primavera estaba recién iniciada, y ya los naranjos empezaban a mostrar su oloroso azahar. Se abrigó y cogió su moto para volver a casa. ¿A casa?
Vivía con su madre y la última se sus conquistas, pues era una viuda de cincuenta años y no renunciaba a reivindicarse como mujer apetecible.
Al abrir la puerta de su casa, se encontró como casi siempre a su madre y pareja discutiendo acaloradamente, con la televisión a tope y más de ocho litronas de cerveza vacías.
Ni saludó siquiera, ni nadie lo echó de menos, por lo que se dirigió a su habitación directamente para aislarse de semejante desafuero.
Se puso cómoda después de echar el pestillo de la puerta que la aislaba apeteciblemente de lo que había visto al entrar. Sacó el bocadillo y la Coca-Cola que había comprado al paso, y puso suave su música preferida.
                                                   


Tenía que romper con aquello pero no sabía cómo, ya que aunque económicamente su madre estaba bien, era ella quien pagaba las facturas de luz, agua y gas, cuando ya estaban a punto de cortarlas por impago.
Esa noche tomó la decisión, ya que no podía seguir desperdiciando los mejores años de su vida sin conseguir sus objetivos. Rompería con todo e iniciaría una nueva vida, por lo que alquiló al otro extremo de Madrid un apartamento que se podía permitir pagar, tomó todas sus cosas incluidos su ordenador y demás artilugios, y una noche en mitad de la madrugada salió de su casa para no volver, sólo dejando una escueta nota de despedida.
Precavidamente, dejó su número de teléfono a una amiga de la vecindad por si ocurría algo auténticamente grave, y empezó o imaginó que comenzaba una nueva etapa de su historia.
Acortó su etapa laboral sólo a las mañanas, y por las tardes se dedicó a intentar poner sus sueños como prioridad, creando en Internet un portal de diseño de modas en 3D, que vendía a quien le interesaba, haciendo un pase de modelos personalizados para quien pagara los 120 € del coste.
                                                    


Poco a poco y en cuentagotas, fueron llegando algunos encargos, pero el espaldarazo definitivo vino de una gran cadena de tiendas de modas, que la quería en exclusiva por sus diseños juveniles de una actualidad fuera de todo lo que existía.
Al año y medio de iniciar el nuevo proyecto, ya había dejado su antiguo trabajo y tenía a dos personas trabajando para ella, pero aún seguía disconforme con este dinero relativamente fácil que estaba consiguiendo, por el que se embarcó en crear su propia línea de ropa.
Alquiló una pequeña nave industrial y compró maquinaria de segunda mano para confesionar su ropa, lo cual pudo llevar a cabo por la herencia recibida al morir su madre prematuramente y vender el antiguo piso familiar.
                                                   


El negocio resultó un poco lento, ya que los proveedores exigían mucho y querían fijar los precios, por lo que en vez de amilanarse, se quedó con una cadena de cuatro tiendas de modas que habían fracasado y cerraban, por lo que cerró el circulo que tanto había soñado.
Este paso adelante significaba un cara o cruz de éxito o ruina, pero ella tenía una gran capacidad de trabajo, y es que ya dependían de ella treinta y dos personas.
                                                     


Después de algunos años, un día en una reunión de amigos ella me contó personalmente su historia. Ahora con cerca de cuarenta años es su marido quien la acompaña en el negocio, y pronto alguno de sus cuatro hijos.

Y sigue inventando cosas, algunas le sale bien y otras no, lo cual no quita que siga intentándolo, pues en ello le va la la alegría de la vida.

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