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sábado, 9 de mayo de 2015

Que las desgracias no te roben la alegría

Estaba de compra en una gran superficie cercana a casa, y  estando en la cola de la caja para pagar, se puso detrás de mí una estupendísima señora, que a la vez de arrastrar un pequeño carro de compras, empujaba una silla de ruedas con un hombre de aproximadamente mi edad con unas gafas negras, y al quedarme mirándolo me sorprendió que me llamara por mi nombre.
“Ya no te acuerdas de los compañeros ¿No? ¿Tan estropeado estoy?”, me dijo.
Yo lo miré un poco cortado, respondiéndole que no sabía quién era, y me dijo:
“Mi nombre es Aurelio Zapata y no sé si te acordarás que estuvimos juntos varios cursos en el Colegio que tenían los Hermanos Maristas en la calle Jesús del Gran Poder. Seguro que si te digo que me llamabais el “culo gafas”, quizás te acuerdes”.
Y entonces me acordé de aquel niño con gafas y gordísimos cristales, que vivía en los altos de unos grandes almacenes de la plaza del Duque, casi frente al número uno de la calle Alfonso XII, donde mi padre tenía la confitería “La Violeta”.
                                                              


Fui a darle un abrazo y me sorprendió levantándose: “Esto lo puedo hacer”, me dijo. Me presentó a su mujer que era bastante más joven que él, se sentó nuevamente, y salimos de allí charlando de aquel tiempo tan lejano, para a continuación irnos los tres a tomarnos un café a la cafetería de aquel centro, y ya sentados y acomodaos, me contó lo que yo veía como una triste historia, pero que él la contaba intercalando risas y bromas, cogido de la mano de su mujer, y sin darle importancia a todo lo que tenía encima.
                                                                   


Me contó que por el tiempo en que íbamos juntos a clase, con apenas unos siete años, le diagnosticaron una retinosis pigmentaria, explicándome que era una enfermedad genética, y que fue perdiendo la vista progresivamente, hasta que llegó prácticamente a ver solo bultos.
A trancas y barrancas, había logrado doctorarse en derecho, y debido a su minusvalía, entró a trabajar en la ONCE donde pasó por varios puestos, hasta hacía poco que lo habían nombrado Director en la Comunidad Andaluza.
Y yo le pregunté: “¿Qué te pasó en las piernas?”
“Bueno eso es otra historia que te cuento si tienes tiempo”, a lo que yo asentí.
Resulta que estando en Madrid haciendo un curso de la organización, iba con un perro guía que llevaba por seguridad al caminar sin apenas ver, y al cruzar la Castellana por los Nuevos Ministerios, no aclararon si fue intencionado o no, unos chavales le empujaron en un paso de peatones donde esperaba para cruzar, y gracias a que el perro tiró de la correa y se interpuso entre el coche y él, no fue mayor el porrazo. El perro murió en el atropello, y él quedó parapléjico al golpearse en la caída contra el bordillo de la acera.
                                                                       


“Lo que me quedaba”, dijo entre risas mirando a su mujer, “pero gracias a ese accidente, en el año que estuve hospitalizado, conocí a Elisa que es mi autentica vida, y ¿Sabes?, vamos a ser padres, aunque yo parezca un anciano Robokod”.
Yo no salía de mi asombro, pero Aurelio seguía hablando como si tal cosa.
                                                                   


“Bueno y a todo esto, casi me arreglaron la retina, implantándome una prótesis Argus II en Estados Unidos, y la semana que viene me ponen definitivamente unas piernas nuevas, que eso sí que me va a convertir en un auténtico robot”.
Todo lo que me contó lo intercalaba con chistes de ciegos y tullidos, ante la risa contagiosa de su acompañante, por lo que pasamos un rato muy agradable, y nos despedimos dándonos nuestros teléfonos para ponernos en contacto e irnos a cenar cuando le pusieran las envolturas robóticas de las piernas.
                                                                   


Ya en el coche, iba pensando en las miserias que nos afligen, tonterías al fin y al cabo, comparadas con lo que acababa de oír.
¡Qué ejemplo de entereza y de positivismo!

Que las desgracias no nos roben la alegría.

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