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jueves, 6 de octubre de 2016

La sirena de Villajoyosa

Pasaba unos días en el apartamento que tiene mi querida “nuera-adjunta” Viky en la playa denominada Paraís (Paraíso) en Villajoyosa, con un mirador excepcional de terraza a menos de veinte metros frente al mar.
                                                                    

Era una zona donde hace trece mil años el Mediterráneo era un manso lago, pero no se sabe bien si por el efecto de un volcán, un diluvio o vete a  saber qué, una inmensa ola, quizás un tsunami,  recorrió el mar de punta a punta  originando el estrecho de Gibraltar, vertiéndose las aguas del Mediterráneo sobre el Atlántico, y emergiendo del lecho marino lo que ahora conocemos como Paraís.
                                                                       


Antes de despuntar aquel día, ya lo esperaba yo en la terraza con mi primer café y el consabido cigarrillo, oteando el cielo que poco a poco iba difuminando su negrura ocultando estrellas y luceros, y unas rayas de claridad emergían por el horizonte luchando con una luna en cuarto creciente que se resistía a perderse.
                                                                        


Tomé mi cámara y como siempre empecé a tirar fotos de la paleta de colores que brotaban del firmamento, cuando a través del zoom del aparato, observé algo alargado y con forma de cuerpo medio tapado por las olitas que batían contra los guijarros de la playa.
                                                                      


Bajé a la playa después de ponerme el bañador y una camiseta, por supuesto armado de mi inseparable Nikon, tomando el caminito que conducía bordeando el bloque de apartamentos en dirección a la solitaria costa, dirigiendo mi curiosa mirada a la busca de lo que había observado desde mi atalaya.
                                                                         


No había ni pescadores ni paseantes bañistas en aquella primerísima hora presolar, por lo que me fui acercando hacia aquello, lo que fuese, que había escupido el Mare Nostrum hacia la playa.
                                                                      

La bajamar había dejado al descubierto lo que a todas luces era un esqueleto humano, pero al fijarme mejor y con mi acelerado corazón a punto de explotar, aquello no concordaba exactamente con una anatomía ósea normal, ya  que a partir de lo que sería el final de la columna vertebral, no existían los huesos ni de piernas ni de caderas, sino que continuaba con lo más parecido a la espina central de cualquier gran pescado.
                                                                         


Después del asombro inicial, empecé a tirar fotos de aquel espécimen que en mi imaginación conformaba lo que sería el esqueleto de un ser, ¿imaginario e inexistente? Si, parecían  despojos de una sirena.
Seguía aquello desierto, por lo que no se me ocurrió nada mejor que llamar al 112, emergencias, para comunicar el hallazgo de un esqueleto sin especificar para nada mis sospechas, apareciendo al poco cuatro guardias civiles con un teniente al mando, a los que relaté y señalé mi hallazgo.
Inmediatamente acordonaron toda una amplia zona y cubrieron la osamenta con unas mantas, ya que empezaban a llegar curiosos a los que no dejaron acercarse, pidiéndome a continuación mi número de teléfono y dirección por si tenían que hablar en algún momento conmigo.
                                                                               


De vuelta al apartamento, constaté que mi mujer se había levantado y se había ido andando al pueblo como hacía cada día desde que estábamos allí, por lo que volví a mi inmejorable mirador para seguir tirando fotos de todo lo que  ocurría, observando como llegaban más policías, lo que creía una juez y unos cuantos trajeados que de vez en cuando miraban hacia mi balconada.
Estaba tomándome mi segundo café y mirando las fotos que había sacado, cuando llamaron al telefonillo del piso. Era la policía que venía a verme y la acompañaba la misma señora que yo identifiqué con la autoridad judicial. Ya que habían entrado  sin que yo los invitara, les ofrecí sentarse aunque no quisieron, pidiéndome que les relatara nuevamente mi descubrimiento, para acto seguido confiscarme el móvil y la cámara fotográfica, con la insegura promesa de que me la devolverían en unos días.
Ya se habían marchado todos llevándose el esqueleto de la playa y las pruebas de lo que yo había visto, por lo que cuando se lo conté todo a mi esposa no me creía aunque me faltaran mis artilugios y me notara bastante acelerado.
Estuve mirando los noticieros locales, nacionales y extranjeros para ver si alguien se hacía eco de mi hallazgo, pero aquello parecía que no había sucedido, incluso cuando llamé a la comisaría del pueblo reclamando mi cámara y mi teléfono, dijeron que no tenían constancia de  lo que yo decía hubiese ocurrido.
                                                                        


La fantasía me llevó a imaginar que aquel esqueleto podía ser  de la amada de Hércules, Pirenne, asesinada por el malvado Gerión, al cual nuestro héroe había matado con una invencible flecha forjada por los íberos, y que según la leyenda, había atravesado los tres corazones del monstruo.
Pero la realidad es que no puedo demostrar nada de lo relatado, pues no tengo pruebas, aunque sí, me devolvieron el teléfono y la cámara a través de una empresa de mensajería y sin remitente, pero con la falta de la tarjeta de memoria SD que contenía y donde estaba la verdad de mi testimonio.
Espero que a pesar de la  farsa inventada por mi elucubrante y calenturienta imaginación (según todos), mi querida Viky nos vuelva a invitar a su apartamento, pues los días pasados allí fueron inolvidablemente maravillosos.


En mis sueños,  a 5 de octubre del 2016


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