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viernes, 2 de julio de 2010

El cuerpo del delito

Tenía el lunes una reunión de trabajo en Ronda, por lo que decidí aceptar la invitación de un amigo de colegio que vivía en El Gastor, sierra de Cádiz, muy cercana a la sierra de Málaga y por lo tanto a mi punto de destino. Cruzaba mi amigo Adolfo esa frontera madura y vilipendiada de los cuarenta años, por lo que se le antojó una fiesta con algunos de sus antiguos compañeros de colegio. Unos quince seríamos en total. Solo nosotros sin esposas ni novias.

El evento se iba a celebrar en un antiguo cortijo heredado de su familia, casi un castillo del Medievo.

Salí de Sevilla tempranito para ir tranquilo y sin prisas, ya que hacía mucho tiempo que no hacía esta excursión a la sierra, y además era un soleado domingo de Marzo. En el camino paré en Utrera a desayunar y comprar una caja de sus conocidos Mostachones, que seguro gustaba a mi anfitrión.

Me había mandado por correo electrónico un detallado mapa para que no me perdiera, así que a las 12,30 estaba a las puertas de su casa solariega. Me recibió un matrimonio de amables guardeses, que me quitaron el equipaje de las manos, y me indicaron un lateral de la casa donde se estaban concentrando los recién llegados con nuestro cuarentaañero amigo. Abrazos, risas, abrazos y me encajaron en la mano una Cruzcampo muy fría que agradecí en el alma.
Pasado el primer encuentro, nuestro anfitrión nos comunicó en la habitación que nos quedaríamos cada uno. A mí me llevaron a un torreón en la segunda planta, enorme y espacioso, pero era tal la cantidad de objetos de decoración antiguos y nuevos que casi no se veía mi dormitorio. Armaduras, tallas en mármol, enormes macetones, cuadros, armas, y un largo etcétera. Todo dominado por una enorme y serpenteante escalera que comunicaba con el salón principal lateralmente. Mi amigo me dijo que esta torre era la Torre del Homenaje, y por eso me la había adjudicado a mí. No sabía el homenaje que yo le daría en pocas horas.

Teníamos un inconveniente. Y es que los servicios y baños estaban en un patio trasero de la casa, ya que los antiguos moradores no lo echaron en falta hasta pasadas varias generaciones.

Una vez instalados nos concentramos en el salón principal, donde habían preparado una gran barra con todo tipo de bebidas y comidas, así como un gran asado que daba vueltas lentamente sobre las brasas.

Nos fuimos sentando en la enorme mesa, dispuesta de forma elegante, pero informal. Hablamos de todo y de todos, y conforme las frecuentes libaciones iban causando su efecto, comenzaron las antiguas canciones de colegiales y de nuestra primera juventud.

Fui de los últimos en retirarme. Serían las once de la noche cuando casi gateando llegué a mi torreón.

Caí vestido en la cama y así me dormí profundamente.

No sé qué hora sería porque no veía el interruptor de la luz ni nada que me diera claridad. Me dolía mucho la cabeza y además tenía el vientre muy revuelto, hasta que una de las ventosidades acabó en hecho.

No sabía qué hacer, pues era imposible que llegara al baño con el desconcierto y la negrura reinante.

El caso es que no podía aguantar más las ganas. En esto encontré en la pared un interruptor que encendió una pequeña lámpara en la mesilla de noche. Miré a mí alrededor para orientarme. Me levanté como pude, salí de la habitación y apoyado en la pared retorciéndome de “doloris di ventri”, accedí a la zona de escaleras.

Me fijé en un macetero que estaba casi al principio de esta. Hacia el me dirigí. Saqué la maceta que contenía y un gran tarugo que servía para que se viera la planta. Me quité los pantalones y el eslip como pude y solté la cosa más grande que imaginarse pueda. Me limpié como pude con los slip, los puse encima de aquello, más varios periódicos viejos que hicieron innecesario el madero. La maceta se acomodó perfectamente encima y viendo que no había efectos colaterales me dirigí a mi habitación donde me cambié de ropa e hice la maleta con intención de salir de allí cuanto antes. Eran las seis de la mañana. Dejé la maleta en el coche, me aseé un poco en la cocina y ya me iba, cuando creí conveniente dejarle una nota a mi amigo dándole las gracias y prometiendo llamarlo pronto.

Llegué a Ronda, y conseguí que me asignaran una habitación antes de lo estipulado. Una buena propina abre todas las puertas.

Ya duchado y limpio, me eché un sueñecito hasta la hora de la reunión. Que mal lo había pasado, pero esperaba que nadie se enterara de lo ocurrido.

Habían pasado los días y a mí ya se me había olvidado el incidente intestinal, cuando recibí una llamada de mi amigo Adolfo.

Sin mediar ningún saludo, me dijo: “Se lo que hiciste en mi casa. Te perdono, pero por favor dime donde lo hiciste, pues desde entonces no podemos entrar del olor”.

Me quedé muy cortado, pero le conté toda la verdad.

Cuando terminé el relato solo me dijo:” Aparte de miserable cagón eres un gran cabrón y no quiero volver a saber de ti”. Y colgó.

¿Quién no ha tenido algún incidente parecido a este?

“Caga el pobre, caga el rico, caga el rey, caga el Papa. Mucha caca, mucha caca”

2 comentarios:

  1. Lastimosa, una experiencia lastimosa para tu querido amigo Alfonso el no poder hacer su más urgente necesidad en el sitio adecuado (llámese, silla para defecar, taza de water ó similar )además, Jose Manuel que tiempos aquéllos en que los dueños de casi la totalidad de la zona,(condado,marquesado, señorio,etc..)se vieran obligados a recorrer tanto trecho para evacuar de sus tripas sus suculentos atracones ,aunque ellos, también podian evitarse sus mismos malos olores, para ese menester tendrian su ayuda de cámara, así a su lacayo le haría el susodicho traspaso olorífico, el mismo, que ya tendría asimilado el Bautista de turno , (esta noche han caido tres pichones,ayer una pierna de cabrito,ante- ayer el lomo del jabalí, pero lo que más detecto és la fetidez de ese vino no cristiano, que el roñoso señor toma en abundancia cada dia, és de todo lo más insoportable , donde, pero donde se ha metido el Señor Roca que aún seguiomos sin noticia directas de Él ?????? ) , jajajaja.

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  2. Amigo, Jose Manuel , una historia del todo real , como la vida misma , ánimo para que sigas con tus relatos tan originales. Saludos desde La Moncloa.

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