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lunes, 9 de enero de 2012

Después de esto, lo que venga


El encuentro que iba a tener no era trago agradable para nadie, pero Águeda lo afrontaba con deportividad, serena. Cuando empujó la puerta, llevaba casi media sonrisa  iluminando su bello rostro cercano ya de los cincuenta añitos, que ese día había maquillado ligeramente, de forma que sus ojos negros despedían una tranquila dulzura.
                                                                                
Volcó una triste mirada sobre las mesas vacías de la desangelada oficina. Había quince, con sus sillas y ordenadores apagados, y todo envuelto en una semioscuridad descuidada. “Ya ves. Tanta gente que habíamos ocupado esto y ya solo queda el despacho del jefe y su hija en recepción”. 
Tomás Hermanos e Hijos S.L., ahora no era  casi nada. Solo quedaban un par de pisos que vender y un solar, donde existía un proyecto de ochenta viviendas de VPO aplazado sine die y ahora ocupado sólo por una chirriante grúa. En los tiempos del boom inmobiliario habían llegado a ser ochenta y cinco personas entre la administración y las obras.


                                                                                  
Esta decidida mujer que denunció en su día el maltrato al que la sometía su alcohólico ex marido y que después del divorcio sacó adelante su casa con dos hijos y una hipoteca, se enfrentó una tarde en la consulta del especialista con un cáncer  en el útero de los peores .
Después de la operación de limpieza a la que la sometió el cirujano, había pasado por un largo tratamiento de radioterapia. Según los médicos, estaba totalmente curada, sin rastro de metástasis y después de un año de baja la daban de alta, con lo que el despido al incorporarse al trabajo era inminente, ya que era la última que quedaba en la empresa de construcciones.


                                                                                         
Tenía una gran tranquilidad. Lo peor, que para ella era la enfermedad, había pasado y ojalá para siempre. El trabajo para poder sacar su vida adelante, había que solucionarlo.
Alonso, su antiguo jefe, la había indemnizado con todo lo que le correspondía y un poco más. Era un empresario que había echado al personal dándoles lo que les correspondía, con lo cual se había quedado prácticamente sin patrimonio y con deudas. Jefes así por desgracia escaseaban.
Uno de sus hijos y su mujer, se habían ido  a vivir con ella cuando ambos se quedaron parados, así que había que pensar en algo y no quedarse con los brazos cruzados gimiendo por la mala suerte. Su lucha contra la enfermedad la había hecho más fuerte y muy decidida.


                                                                              
Una mañana durante el desayuno, hablaron de buscar algo por cuenta propia antes que los ahorros se acabaran. Compraron varios periódicos donde venían ofertas de traspasos de negocios y alquiler de locales, así que Águeda por un lado y la pareja por otro se echaron a la calle a ver qué encontraban.
Cada día al final de la tarde, se reunían en la cocina con notas y papeles para discutir proyectos; restaurantes, mercería, librerías-papelerías, un kiosco de prensa, una frutería, una tetería, ect.
Donde los demás veían posibles problemas y aspectos negativos, ella sólo veía oportunidades.
Después de mucho discutir los pros y los contras de todo, se decidieron por un local que había sido obrador de pastelería y panadería,  en una zona residencial de clase trabajadora.


                                                                                    
Su hijo Miguel y Sole, su nuera, habían trabajado y eran cocineros aficionados pero muy preparados, así que ellos se encargarían del obrador y ella despacharía los pasteles, tartas y bollería en general, en el pequeño local de delante, que había sido un puesto de golosinas.
Al año tenían perfectamente consolidado el negocio con una clientela que Águeda con su desparpajo y simpatía atraía. Hasta la mujer del otro hijo se había ido a trabajar con ellos, y a pesar de la cantidad de horas que echaban, se les veía rebosante de alegría y felicidad.
“Ya me tocaba”, pensó Águeda, con una discreta sonrisa mientras despachaba media docena de cruasanes.
En muchas ocasiones y si se saben ver, los grandes problemas vienen con buenas y nuevas oportunidades. Solo los males son indeseados y odiosos, aunque siempre nos asechan.

2 comentarios:

  1. Como de costumbre, muy bueno. Besos. Roberto

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  2. Gracias por seguirme, Roberto. Voy escribiendo sobre lo que se me ocurre, aunque últimamente estoy muy sensible con algunos temas. Un abrazo

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